La definitividad de Cristo

Homilía correspondiente al IV domingo de Pascua, ciclo C

“El Padre y yo somos uno”. Hermosísima revelación de Jesús. El misterio de Dios es comunión de amor. Comunión eterna, sin un antes ni un después, donde, sin embargo, no hay vacío, sino plena vitalidad. Revelación que tiene lugar en la fiesta de la dedicación del templo, mientras Jesús se pasea por la parte externa, el llamado pórtico de Salomón. El verdadero templo es Cristo. Amenazado él mismo por una profanación parecida a la que dio origen a la fiesta invernal, se confirma como puerta del aprisco y buen pastor. Como en el Cantar de los Cantares, el amoroso Salomón deja oír su voz, que emociona a la esposa, a las ovejas, e introduce su mano en el postigo para alcanzar la intimidad. Sus manos son cofres de oro, llenos de gemas, mientras las manos de la amada, emocionada, están ungidas de mirra cuando se acercan a la cerradura. Poco después, ante el escándalo por la proclamación de su identidad, manos violentas tomarán piedras contra él, como poco antes en el Evangelio lo habían hecho dispuestas a lapidar a la mujer adúltera. Mientras las piedras amenazan al portador del amor divino y a la humanidad necesitada de redención, la mano de Dios se aproxima delicada para colmar de dicha nupcial a su amada. Es verdad que el esposo desaparecería después, inesperadamente, pero volvería al fin portando el don del Espíritu, para entregar reconciliación y paz a las ovejas. El regalo pascual de bodas permitirá que el Esposo y la Iglesia sean una sola carne, como el Padre y Él son uno, para consumar la nueva y definitiva alianza.

Desde entonces, la alegría se extiende como fruto del Espíritu Santo en el corazón de los discípulos. Grupos aguerridos, dispuestos a destruir el designio de Dios, nunca han dejado de surgir. Nos muestran un ejemplo las persecuciones sufridas por Pablo y Bernabé. La maledicencia, la envidia y la mala voluntad no se cansan ante el avance de la palabra de Dios. Sin embargo, el bienaventurado anuncio persevera, alcanzando a tantos corazones sedientos de verdad, y, cuando es acogido, invariablemente despierta el gozo pascual. Incluso ante aparentes victorias de los contestatarios, como cuando los misioneros fueron desterrados, una vez que la semilla ha sido sembrada no puede detenerse su vitalidad, y se va desarrollando, aunque lentamente, con su propia virtud.

El Apocalipsis nos muestra esta misma visión, como un estado continuo en la historia que tiene garantizada, sin embargo, la victoria del Cordero que es también Pastor. El hambre, la sed, el asedio del sol y el agobio del calor, habrán de ser atravesadas en la peregrinación del tiempo. Pero el Señor, desde su trono, no deja de conducir a quienes son lavados por su propia sangre hacia las fuentes del agua de la vida, ofreciéndonos de Dios que toda lágrima de los ojos sea enjugada. La esperanza evita que los tropiezos del camino o las derrotas nos parezcan lo definitivo. Lo único definitivo es Cristo, que ha vencido a la muerte y nos ha abierto la puerta de la vida eterna, de la comunión con Él. Lo único definitivo es su amor, que ha sido declarado y ejecutado claramente. Lo único definitivo es el don nupcial de su Espíritu, que nos ha hecho nacer de nuevo y nos eleva para ser verdaderos adoradores del Padre.

El oído pascual nos sintoniza para escucharlo. Para escuchar su voz. Para seguirlo. Para sentirnos conocidos por Él y seguirlo. Para que nada nos arrebate de su mano. En el escucharlo, en el seguirlo, en el dejarnos aferrar por su amor se cumple la voluntad divina de no perdernos. Como Iglesia, no dejamos de vibrar con emoción cuando nos sentimos litúrgicamente provocados a responderle. Nos habla. Nos llama. Nos toca. Su voz es presencia y promesa, dicha actual y oferta eterna. Los más espantosos vaticinios no son suficientes para angustiarnos. Las más duras condiciones no bastan para desanimarnos. Creemos en Él. Creemos en Él y lo amamos. Ni siquiera nuestra propia pobreza nos inquieta, porque es siempre superior su generosidad y su fuerza transformadora. Aquí mismo su mano se aproxima eucarísticamente a nuestro espacio para nutrirnos con su caricia. Y con voz muy queda, voz de pan y de vino, nos susurra su amor y nos unge de vida.

Gracias, Jesús, por hacernos uno contigo. Gracias, Jesús, por adherirnos en el Espíritu al Padre. Gracias, Jesús, por guiar nuestro camino hacia la vida. Gracias, Jesús, por introducirnos jubilosos en el templo de tu cuerpo, y por introducirte sigiloso en el templo de nuestro corazón. Gracias por acercarnos a través de la Iglesia el tesoro de tu amor. Gracias por concedernos estar ante tu trono y servirte día y noche. Gracias por la túnica blanca de tu gracia y la palma cotidiana de tu cruz. Gracias por el gozo espiritual de tu pascua. Gracias por tu voz y por tu mano. Amén.

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