cuento Literatura Microcuentos

Caminar en la oscuridad (microcuento)

Caía la tarde y en pocos minutos estaría todo a oscuras. Habíamos caminado todo el día y esa ruta de ascenso hacia Paso de Cortés había sido muy cansada, o al menos así lo sentí yo. Había previsto una mochila cómoda, una bolsa de dormir y una chamarra lo suficientemente gruesa para no pasar frío durante esa noche de invierno que íbamos a acampar entre el Popo y el Izta, pero no se me ocurrió que sería necesario cargar con una lámpara. Iba con mis amigos, ¿qué podría pasar? 

Por la tarde, de entre todos el más gordito se atrasó y subimos al mismo paso. Pero después de cierto rato se adelantó y me quedé solo. Yo caminaba más lento que todo el grupo y en un momento me percaté que ya nadie me acompañaba. 

– Seguro no irán muy lejos – pensé. 

Llegó la oscuridad de la noche y no conocía el camino, era la primera vez en mi vida que hacía ese recorrido. Para colmo, esa noche se había nublado el cielo y ni siquiera la luna podía ayudarme a darme una idea de dónde estaba parado.

-¿Sigo caminando?¿Y si tomo un camino equivocado? ¿Espero a que vengan por mí? ¿Se habrán ya percatado de que falto? ¿Y si llueve?. 

Tuve la certeza de que estaba solo y tenía que resolver por mí mismo el camino en medio de la noche oscura y seguí caminando, con el miedo de que podía caerme en algún barranco o que podría salirme algún animal y atacarme. 

Tuve que estar mucho más atento de los sonidos y esperaba en algún momento ver a lo lejos alguna fogata que me indicara el lugar del campamento. Seguro habré tenido la pupila muy dilatada y después de una hora de caminata en esa circunstancia, tenía miedo. No quería detenerme y cada minuto me parecía cada vez más largo. 

No, no era nada grato caminar en medio de la oscuridad. Me sentía molesto al pensar que nadie me había esperado para caminar junto conmigo. Sentía las piedras del camino por donde pisaba, me percataba de todos los sonidos y estaba atento con las manos por si tropezaba y no lastimarme. 

Recordé que en la chamarra traía un Rosario. Lo saqué y comencé a rezarlo en voz alta mientras seguía caminando. Así me sentía acompañado y podía pedir a alguien que me escuchara, me cuidara y que condujera mi caminar. 

Habiendo terminado el Rosario, habrían pasado otros diez minutos cuando a lo lejos escuché una grabadora con música fuerte. Vi a lo lejos una fogata y un grupo de muchachos alrededor. Me acerqué a calentarme junto al fuego y nadie se había dado cuenta de todo el tiempo que me atrasé. 

Agradecí el calor, la seguridad y esperaba pronto descansar. Fueron dos horas de desolación, oscuridad y caminar a ciegas, pero al mismo tiempo de una certeza que no nacía de mí y estoy seguro que cuidaba mis pasos para no perderme.

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