LA CIUDAD DE LA FURIA

Desencuentro

A la memoria de Javier Valdez

Cuando se mudó con su familia a la Ciudad de México, porque su papá allá tenía su trabajo, ignoraba que la droga la venden a montones en la calles y dentro de la escuela, que el barrio corrompe, porque allí se impone la ley de la mafia, y que los amigos pueden convertirse en los propios verdugos con el paso del tiempo.

Él y El J se hicieron amigos en la secundaria. Allá, en su pueblo natal, nunca había tenido un valedor igual. Se la pasaban en su casa por las mañanas: jugaban futbol en un campo terroso y luego Fortnite en el playstation; por la tarde, convivían en la escuela, se hacían bromas, se llevaban pesado, como estilan los adolescentes.

Un día decidió gastarle una broma a El J: lo siguió con otro ‘amigo’ y le bajó los pantalones. Todo quedó grabado en un teléfono celular y se viralizó. El J no se enteró del video sino hasta que su hermana se lo enseñó a su mamá y ésta, a su vez, se lo mostró a él:

–¿Estos son tus amigos? –lo cuestionó.

Allí comenzó el desencuentro. A partir de ese momento, las bromas pesadas se convirtieron en ‘tiros’, una expresión común en el barrio para designar a las golpizas callejeras, breves pero intensas, que se disuelven antes de que lleguen los papás o alguno de los policías que reciben sobornos del cártel.

Al cabo de unos meses, El J abandonó la escuela, empezó a consumir drogas y a meterse en las casas a robar. La amistad, que había comenzado inocente, también se marchitó. Ambos dejaron de hablarse y, si se llegaban a ver, terminaban en pleito o en mentadas de madre.

Un día, su hermano mayor encontró a El J en la calle, drogado y con malandros, se echaron un tiro y El J quedó magullado, en la piel y en el honor. Pero El J al día siguiente lo fue a buscar con su banda a la escuela para sacarse la espina, y lo señaló. El J ni siquiera tuvo que meter las manos. Al ver a un sujeto armado, lo metieron dentro de la secundaria y lo pusieron bajo resguardo en la coordinación, hasta que llegara algún familiar por él.

Sus padres acudieron a la casa de El J y hablaron con su papá, un mototaxista, quien admitió que el entorno está viciado y que su hijo el mayor estaba en La Grande, en la sección diamante, por secuestro. Reconoció que sabe que desde allí se coordina a los delincuentes que operan afuera del penal, en el barrio.

–Estando allí dentro, hasta viste mejor que yo –se lamentó.

Aunque dijo que él no era mafioso, dejó entrever que bastaba un chiflido para llamar a su banda. Justificó a su hijo diciendo que él y su esposa estaban muy mal y que pensaba dejarla con sus “diablos”, atribuyó la mala influencia al hermano preso, al barrio, al cártel…

Tras una larga conversación en la puerta de la casa, los padres se despidieron con la promesa de que no querían más agresiones entre sus hijos. Era media noche y varios vehículos polarizados y mototaxis rondaban. Además, tocaba irse a descansar, aunque El J no hubiera llegado todavía a su casa.

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