El sistema filosófico de José Vasconcelos

Para José Vasconcelos, la filosofía debía ser universal, liberadora, emotiva, sintética, sistemática, poética y mística. Su rechazo del eurocentrismo y su adopción de una filosofía con perspectiva global son dos características de ésta que resultan de actualidad

El sistema filosófico de José Vasconcelos es una de las grandes construcciones del pensamiento. De Pitágoras adopta la idea del ritmo de la realidad; de Plotino, la tesis del Uno como realidad absoluta; del gnosticismo, la búsqueda de Dios como ruta de salvación; de Nietzsche, la crítica del racionalismo; de Schopenhauer el pesimismo sobre la vida humana y, de Bergson, la idea de la evolución creadora. Para comprender el sistema, hay que entender la concepción de la filosofía en el que está basado. Para Vasconcelos la filosofía debía ser universal, liberadora, emotiva, sintética, sistemática, poética y mística.

Examinemos cada una de estas características.

  • Universal. La filosofía es el conocimiento supremo que va más allá de todas las particularidades individuales, sociales, culturales o históricas. La filosofía no puede ser de una persona —como suponía Gaos— o de una lengua —como sugería Heidegger— o de una circunstancia histórica —como proponía Ortega—. La filosofía es universal o no es. Por lo mismo, no se puede aceptar el descarado nacionalismo filosófico de los ingleses, alemanes y franceses. Hay que rechazar el eurocentrismo filosófico que impera en las universidades de la mayor parte del mundo. Vasconcelos tiene una concepción de la filosofía que incluye a Oriente: Egipto, Irán, la India. Sin embargo, no incluye el pensamiento americano y africano. De todas maneras, su rechazo del eurocentrismo y su adopción de una filosofía con una perspectiva global son dos características de su filosofía que resultan de actualidad.

“La filosofía es universal o no es. Por lo mismo, no se puede aceptar el descarado nacionalismo filosófico de los ingleses, alemanes y franceses. Hay que rechazar el eurocentrismo filosófico que impera en las universidades de la mayor parte del mundo”.

El político y filósofo mexicano José Vasconcelos, en una imagen de archivo. Foto: Especial
  • Liberadora. En un entorno en el que la filosofía se disfraza de universal para que las metrópolis impongan una forma de pensamiento a sus colonias, la filosofía iberoamericana debe construir su propia filosofía como un instrumento de liberación mental y, a la larga, política. En la importante sección “Nacionalismo y universalismo filosóficos” de su Ética, dice así Vasconcelos: “A los que objetan que no debe pensarse en una filosofía hispánica, sino en una filosofía universal, contestémosles que la haremos hispánica — en tanto no llega a formularse la teoría universal absoluta — con el mismo derecho que el alemán, el francés y el inglés tienen su escuela nacional y de ella pretenden partir para elevarse a la humanidad”. No se trata sólo de que nosotros tenemos tanto derecho como ellos, sino de una necesidad de sobrevivir. En palabras del filósofo: “Es menester, con urgencia de salvamento, dar una filosofía a las razas hispánicas, aunque no fuese por otro motivo que el tener ya nuestros rivales una filosofía propia, y una filosofía que no nos conviene a nosotros repetir como loros en nuestras universidades ni poner en obra en nuestras acciones”. Y remata: “¿Será posible que nosotros, que no podemos hacer Imperio, no hagamos tampoco Metafísica?”.

“Vasconcelos hizo una crítica filosófica y política del positivismo decimonónico. Encontramos un franco rechazo del cientificismo y, por lo mismo, de la tendencia hacia la fragmentación del conocimiento. Según Vasconcelos, la filosofía debe aspirar a la integración de todos los saberes”.

  • Sintética. Antes de la Segunda Guerra Mundial el término “filosofía analítica” todavía no tenía su sentido actual. Se hablaba del positivismo o del atomismo lógico pero no de la filosofía analítica, como hoy en día, en que se la considera como una de las corrientes más fuertes de la filosofía desde el siglo XX. Como el resto de los miembros del Ateneo de la Juventud, Vasconcelos hizo una crítica filosófica y política del positivismo decimonónico. Encontramos, desde entonces, un franco rechazo del cientificismo y, por lo mismo, de la tendencia hacia la fragmentación del conocimiento, que es resultado de la especialización. Según Vasconcelos, la filosofía debe aspirar a la integración de todos los saberes para poder ir más allá de la ciencia y dar una visión de conjunto de la realidad. El análisis no nos permite entender la totalidad. Mientras que la ciencia busca conocer las causas de las distintas esferas de lo real, la filosofía busca conocer el sentido en la realidad en su conjunto. El científico ofrece explicaciones, el filósofo revela la finalidad. No obstante, la filosofía de Vasconcelos no es anticientífica, ya que se basa en las teorías más recientes de la física y la biología. La filosofía de Vasconcelos es anticienficista, es decir, niega que la ciencia resuma todo lo que podemos saber de la realidad. Las leyes fundamentales del universo no son lógicas, como piensan los atomistas lógicos, ni matemáticas o físicas, como piensan los científicos, ni morales, como piensan algunos filósofos; son estéticas, es decir, son leyes que responden a principios rítmicos que propician que la totalidad adquiera una belleza que engloba todo bajo su manto. Esa música del universo lleva un mensaje: la búsqueda de Dios.
  • Emotiva. La filosofía de Kant negó que el sujeto pueda aprehender el mundo tal como es. Se abre así una brecha entre la representación y la realidad. En respuesta, Maine de Biran, sostuvo que el esfuerzo nos hace toparnos con el mundo objetivo. Schopenhauer dijo que la voluntad le da la vuelta al fenómeno kantiano para entrar en contacto directo con las cosas. Y Bergson afirmó que la intuición abre una ventana para conocer la realidad sin más rodeos. En la ruta de Maine de Biran, Schopenhauer y Bergson, Vasconcelos propuso que la emoción es la facultad que nos permite sintonizarnos con la vibración más íntima de las cosas. Mientras que la percepción pone a los objetos en el plano del espacio y el tiempo, la emoción los pone en el del placer y el dolor, que no son menos reales ni importantes para la metafísica que los primeros. La esencia de la realidad es esa vibración que produce, en nosotros, la emoción. Por ello, la razón no puede ser el único instrumento de la filosofía y tiene que complementarse con la emoción. Una razón emocional puede ir por encima de las limitaciones de las categorías y los conceptos. La filosofía de Vasconcelos es una obra de esa razón emocional. La filosofía contemporánea ha vuelto a concederle a las emociones un papel central en la vida humana, por ejemplo, en la vida moral. La razón sin emoción nos parece inhumana. La apuesta de Vasconcelos fue sostener que, sin la emoción, el sentido último de la realidad nos resultaría inaccesible.

“A diferencia de otros filósofos que conciben la realidad como un libro eterno de estampas fijas, Vasconcelos la concibe como una gigantesca sinfonía. Su filosofía no puede ser una escueta lista de principios ordenados lógicamente, como el Tractatus Logico-Philosophicus”.

  • Sinfónica. Desde Platón, la filosofía occidental exilió a la poesía a las antípodas de la filosofía. Sin embargo, dentro de la misma tradición occidental se ha buscado acabar con ese divorcio de diversas maneras. Vasconcelos pertenece al reducido grupo de filósofos —como María Zambrano o Ramón Xirau— que han intentado reconciliar filosofía y poesía. El método de Vasconcelos ha de estudiarse como una poética. No confunde filosofía con la poesía, sin embargo, insiste en que la filosofía debe asemejarse a la poesía. La poesía se apoya en metáforas e imágenes. En la filosofía de Vasconcelos ambas juegan un papel importante para construir los razonamientos que le permiten llegar a sus conclusiones. Otra herramienta de su razonamiento es la analogía. La razón de Vasconcelos es analógica pero, sobre todo, emocional; más aún: apasionada. No es una poética del Haikú —minúscula, modesta— sino del poema sinfónico —grandioso, apabullante—. En la obra de Vasconcelos no valen las estiradas reglas académicas de la economía verbal, la claridad conceptual o la argumentación precisa. Las metáforas y analogías de su filosofía se entienden mejor cuando se basan en ejemplos tomados de la música. A diferencia de otros filósofos que conciben a la realidad como un libro eterno de estampas fijas, por ejemplo, el primer Wittgenstein, Vasconcelos la concibe como una gigantesca sinfonía. Por eso, su filosofía no puede ser una escueta lista de principios ordenados lógicamente, como el Tractatus Logico-Philosophicus, sino una obra en la que se intente reproducir, sin la ayuda de un pentagrama metafísico, la melodía inabarcable del universo.

“Si el análisis de lo simple es el punto de partida, el final del camino, la mística, termina en silencio reverencial. La filosofía de Vasconcelos es religiosa pero no dogmática. Vasconcelos no basa su filosofía en la autoridad de alguna institución religiosa”.

  • Mística. La aspiración de toda la realidad, no sólo de las conciencias, es religarse con Dios. El universo es un devenir que se mueve hacia Dios pero que antes, mucho antes, también surgió de Dios. El universo es multiplicidad que aspira a la unidad, partes sueltas que buscan reintegrarse en el todo. Dice Vasconcelos: “Una verdadera filosofía tiene que comenzar con la definición de Dios; pero dado que el saber está hoy desintegrado, es menester comenzar por recoger las cuentas del rosario disperso y revisarlas cuidadosamente, antes de proceder al engarce; por eso y sólo por eso, aceptamos el método usual de análisis de lo simple para llegar a lo complejo”. Sin embargo, la filosofía no puede quedarse en el cientificismo, debe ir más allá, “con un no saber sabiendo, toda ciencia trascendiendo”, como dijo San Juan de la Cruz. Si el análisis de lo simple es el punto de partida, el final del camino, la mística, termina en silencio reverencial. La filosofía de Vasconcelos es religiosa pero no dogmática. Vasconcelos no basa su filosofía en la autoridad de alguna institución religiosa —como la Iglesia Católica— o un líder religioso —como el Papa— o un maestro de la Iglesia —como Santo Tomás de Aquino.
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