LA OTRA TIERRA

Yalitza: fama que golpea

Nunca antes había sentido tanta aversión a escribir algo sobre un tema en particular. Siempre he sido refractario a aquello de lo que se opina tanto y tan opuesto. Sin embargo, me di el permiso de hacerlo esta vez. También es convicción mía que las opiniones son superiores a la crítica, sobre todo en estos días, dentro de este mundo que reclama inclusión y exige voz para las minorías. En la antigüedad, el gran Sócrates afirmó:

“alcanzarás buena reputación esforzándote en ser lo que quieres parecer”.

La fama siempre ha sido de los grandes anhelos del hombre de todos los tiempos y pasión imprescindible en todas las culturas. Ser famoso ha sido siempre la posibilidad más alcanzable vivir al doble, dos veces, perpetuarse en eterno. Es trascendencia pura.

La antigua y arcaica creencia del eternizarse en este mundo ha hecho a tantos y tantas actuar más allá de lo sensato y sobrepasar los límites de lo racional para conservarse en la memoria de los máximos posibles asegurándose una especie de permanencia con aires sutiles de resurrección. La ciudad de Roma –por ejemplo- está repleta de escudos papales, monumentos religiosos firmados en letras de oro y fuentes de espectaculares esculturas que siguen contando a los turistas –más allá del arte- las grandes convicciones religiosas de quien las ordenó construir y de quien las materializó en formas visibles hasta hoy en pie. Sigue vigente aun en las iglesias italianas el colocarse placas de cobre con la nomenclatura de quienes regalan o restauran una simple banca de madera. Basta recorrer a pie por la ciudad de Asís desde la gran basílica de san Francisco hasta la Porciúncula, el camino color marrón hecho de innumerables adoquines en forma de ladrillos que narran, cada uno, el nombre del bienhechor que versó su generosidad en dinero para ayudar a la ciudad a embellecerse y facilitar a los peregrinos la conexión directa de estos dos importantes lugares franciscanos. Pareciera que escribir el propio nombre o apellido y hacerlo visible para todos es una forma de tranquilizar el ansia de fama que comienza a sentirse en diminutas proporciones desde este mundo de los mortales. El paseo de la fama en Hollywood es un claro ejemplo de este caminar por el mundo quedando impreso en las piedras de su vía y su tiempo.

Es cierto, nuestros tiempos no son aquellos de la antigua Grecia clásica ni de la Europa medieval cristiana. La primera; que otorgaba el premio de la fama a los virtuosos y empeñados y la segunda, a los sacrificados y a los de vida conforme a la moral. La fama era una especie de premio o corona al mérito cultivado y sufrido. Hoy, en la era de las comunicaciones y su inmediatez parece ser suerte pura. Producto del azar.

En días pasados todo México ha tenido un nuevo tema en boga (dejando aparte el nuevo gobierno y sus “formas”, el desabasto de gasolina y los últimos acontecimientos trágicos en Tlahuelilpan). Me refiero a el más reciente trabajo cinematográfico del director Alfonso Cuarón, que a pesar de la gran crítica recibida por los expertos (y tantos aficionados o auto proclamados “cinéfilos”), al que le han reconocido aciertos en materia de cine en festivales de todo el mundo y se ha convertido en tema de no pocos sectores de la sociedad, manteniéndose hasta hoy en el interés de muchos.

El filme ha desencadenado una serie de críticas y opiniones polémicas, tanto las más profundas y precisas hasta las sobradas y tendenciosas en esta trama que habla del rol de la mujer en el Distrito Federal de los años setentas, con el particular enfoque de una colonia de clase media alta. El protagonismo de los dos personajes principales podría decirse es más bien antagonismo, esto en sentido de las diferencias que se gestan entre ambos que, al final de cuentas –como todo extremo- se encuentran en similitud idéntica.

No es mi área ni me siento en grado de ofrecer una crítica o valoración a la película, ni mucho menos creo sea este momento el indicado (ya hay tantas de estas circulando). Quiero, sin embargo, detenerme sobre eso que de la película ha hecho levantarse una tolvanera de críticas y aplausos, como de mordaces comentarios y los tan difundidos memes, tan llenos del veneno del anonimato y letalmente virales. Esto mismo que, sin duda, el reciente anuncio de las nominaciones de los prestigiosos premios Oscar ha levantado con sus diez nominaciones en las que está incluida la producción. Me refiero al golpe de fama que llegó a una de sus protagonistas, quien orgullosa de sus raíces indígenas y siendo profesora de educación preescolar incursionó en el mundo de la actuación por medio de esta película, a “invitación del mismo Cuarón”, según ha dicho ella misma. Me refiero a la ya conocida Yalitza Aparicio, a la nueva actriz, que al poco tiempo de su aparición se le ha visto en eventos importantes en materia de cine, así como en portadas de las más prestigiosas revistas en la que más de una estrella de la actualidad suspira, por lo menos, a ser mencionada. Sus claros rasgos indígenas, su actitud frente a los gajes de su oficio, además de su sincera sencillez, han desatado una ola de críticas y comentarios con sabor a racismo y “mala leche”, como solemos decir en México.

En días pasados la reconocida actriz mexicana Patricia Reyes Espíndola hizo pública su opinión donde auguraba poco futuro, sino es que ni un segundo paso, en el camino de la actuación a la protagonista de Roma. En mi opinión, la conocida actriz tiene razón, aunque su manera de expresarlo no fue del todo precisa en estos tiempos de tanta sensibilidad y distorsión de opiniones que circulan en los medios de comunicación.

En Italia, no hace tanto tiempo, ocurrió de manera muy similar cuando varios y reconocidos cantantes criticaron a Sor Cristina, vencedora en el 2014 del festival musical “The voice of Italia” por advenediza y “fuori posto” (fuera de lugar) e invitándola a “regresar a su convento y dedicarse a rezar”. Dichos comentarios de los cantantes italianos, como lo que seguro motivó a Reyes Espíndola, dejaban en evidencia aquello siempre actual del Evangelio a través de las rabiosas palabras del hermano del “hijo prodigo”: “tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos” (Lc 15,29). Lo que quiero expresar salta inmediatamente, no es el caso aquí de hacer un sermón.

El tema de la fama hoy en día es verdaderamente un asunto de reflexión. Lucha confusa entre el esfuerzo y la suerte. Una mezcla violenta entre el valor del trabajo duro con el carpe diem en su más puro imprevisto. La fama hoy en día, gracias a la inmediatez y desmedida globalización de las comunicaciones –especialmente las redes sociales- se ha convertido en un don para pedir al cielo más que trabajar en la tierra. Es, para entendernos mejor, más de “al Dios rogando” y poco o nada de “con el mazo dando”. Se trabaja en la fama, sí, pero añorando el instante preciso del salto a los reflectores, que han perdido su línea temporal que señalaba que se llega al amanecer, en la tarde o al caer del sol del camino de la dedicación. O simplemente jamás se llega.

Las nuevas modalidades testificadas por la actualidad sobre el asunto de la fama han auspiciado un verdadero desencanto en muchos ámbitos de la vida social, pero de igual modo ha alzado por los aires los sueños de tantos que desean la fama, sin saber en qué, pero la desean. Vemos a “influencers” o antiguos “vine stars” cantando en escenarios importantes con llenos totales donde cantantes con impresionantes trayectorias han llegado después de grandes y lentos pasos y que otros jamás han pisado. “youtubers” en la conducción de programas y en doblajes de voces, e “instragrammers” impartiendo conferencias sobre temas de desarrollo personal con un notable éxito taquillero y publicitario. Triste me es decir que los videoblogs han robado la atención a los libros y han formado a las nuevas generaciones a no leer aquello que tenga más de cuatro líneas escritas. En resumen, fama es todo hoy en día.

Sin minusvalorar el trabajo excepcional de Yalitza Aparicio ni mucho menos los méritos de la producción toda, Roma ha mantenido la atención del público por bastante tiempo, cosa que intuyo sea un signo fehaciente en materia de marketing. La personalidad de la protagonista y su “golpe de fama” siguen haciendo pronunciarse al público actual tan lleno de opiniones y tan falto de argumentos. Huracán que produce fama. Fama de momento, imprevista, de golpe. Es cierto que la vida tiene de suyo la sorpresa y el constante cambio de dirección, pero debo admitir que en torno al tema Yalitza yo me quedo esperando el “segundo capítulo”. Primero, porque creo que lo logrado hasta hoy –con tanto de la suerte- ella lo merece, como lo merecemos todos. Segundo, porque callarían muchas lenguas ensalivadas por la envidia. Y tercero, porque –un segundo capítulo en su camino en la actuación y su permanencia en la escena pública- nos daría más para reflexionar sobre el tema de la fama.

Tengo por cierto que cuando se desencadena la polémica sobre un asunto muy nuestro, muy nacional, se revela mucho de nuestra identidad mexicana, tanto la verdadera como la falsa, la sincera y la llena de hipocresía. Roma es una película “toda mexicana”, y digo toda porque ha logrado hacernos sentir algo desconocido a la mexicanidad: el cómo comportarnos ante la fama –reputación, diría Sócrates- a la vista del mundo. Como país la deseamos y cuando nos viene actuamos de las maneras más raras e inéditas. No quiero usar el término “malinchismo” porque lo considero trillado, mal usado y no quisiera ofender la memoria de un gran personaje del que ya nuestra historia ha hecho bastante mal con su mal recuento y nuestras ignorantes menciones al señalar el incógnito rechazo a lo nuestro: la aversión a lo propio, el desprecio a lo que describe mi identidad. Lo confieso, he leído y escuchado miles de críticas de mexicanos a la película y a la protagonista mencionada, pero ninguna me ha podido más que aquellas que vienen de los extranjeros: fuera de México, lo mexicano está más a flor de piel. Cuando hay polémica y algarabía siempre me saltan las palabras del anciano Simeón para advertir a María (las de la verdadera traducción del griego, no la que conocemos): “esto sucederá para que se revelen los corazones” (Οπως αν αποκαλυφθωσιν εκ πολλων καρδιων διαλογισµοι). Sin duda, una polémica y la disparidad de opiniones saca a flote identidades.

Que los versados en cinematografía y los cinéfilos discutan sobre lo que gusten. A mí, Roma me sugiere y fascina más en tanto figura dentro de una visión fenomenológica que impulsa a opinar, que provoca discusión, que revela identidad. Mi reconocimiento a la actriz y a la película porque nos susurró algo que a veces parece se nos olvida: México para opinar, puede pensar.

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