He observado que en el confuso escenario político de nuestros días se tiende a cometer un error que empobrece nuestro, ya de por sí, exiguo diálogo democrático. Esta equivocación consiste en identificar el lopezobradorismo –el movimiento encabezado por el Presidente López Obrador– con la Cuarta Transformación de México –llamada así por costumbre, ya que, como se ha mostrado, igual podría considerarse como la tercera o la quinta–.

De acuerdo con esta concepción o se está con el Presidente y con Morena o se está en contra de la transformación. Dicho de otro modo: o sé es lopezobradorista o sé es reaccionario. 

En su discurso de toma de posesión el licenciado López Obrador se refirió a sus oponentes como conservadores y corruptos. No me cabe duda de que entre quienes se oponen al Presidente hay algunos conservadores y algunos corruptos, pero sería descabellado afirmar que todos y cada uno de sus oponentes caen en alguna de esas dos categorías o, peor aún, en las dos a la vez.

Lo que quiero señalar aquí va más allá de la observación anterior. 

Dentro del escenario político actual hay quienes sin ser reaccionarios, es decir, sin opinar que deberíamos volver al estatu quo previo a la elección del 1 de julio, no pueden calificarse, sin más, como incondicionales del licenciado López Obrador y de Morena. 

Quienes pensamos así –me incluyo en este grupo– estamos a favor de la transformación democrática de México, a favor de un cambio para defender la justicia, promover el bien común y vivir de acuerdo con la verdad. 

En la medida en la que el lopezobradorismo se entregue a este fin supremo, coincidiremos e incluso apoyaremos al Presidente y su movimiento. Pero en la medida contraria, en la que el Presidente y su movimiento se alejen, en las ideas y en los hechos, del sentido primario de la transformación de México, seremos críticos del lopezobradorismo e incluso nos le opondremos. 

No se puede escatimar el esfuerzo y la determinación con los que el licenciado López Obrador ha luchado por renovar a México. Pero ni él ni nadie es el dueño de la transformación que ahora germina. Sólo la sociedad organizada de manera libre y plural puede asumir la responsabilidad definitiva del cambio anhelado. 

Quiero insistir en que la transformación que se busca es una transformación democrática. Un cambio así no lo hace un líder, tampoco un movimiento, la hacemos todos desde lo más hondo. 

Es probable que en el futuro no muy lejano el lopezobradorismo se vea como una etapa de la transformación de México, etapa pasajera –como todas las de la historia– que evolucionará en otras formas. 

Nuestra mirada tiene que estar puesta en la línea del horizonte. Desde el primer día de la cuarta transformación tenemos que comenzar a imaginar cómo será la quinta.

Agradecemos al autor su autorización para la publicación de esta columna.

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Escrito por Guillermo Hurtado

Filósofo, historiador, columnista y activista mexicano.

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