Un país que invierte en educación es un país que sabe hacia dónde quiere ir. Educar a los más jóvenes es la señal más clara de que una sociedad sensible e inteligente apuesta por un futuro mejor para todos; se trata, además, de una apuesta segura: todos ganaremos siempre cuando la educación sea auténticamente humana y no un mero instrumento de manipulación. No es posible la libertad ahí donde no hay profesores encargados de despertar entre los muchachos el afán de independencia crítica que todos llevamos arraigado en el corazón por el hecho simple y milagroso de ser personas. La pedagogía es de carácter existencial o es basura.

Se sabe que es mi oficio el de educar y que no espero hacer nada más hasta el día que me muera; tal vez por ello es por lo que el asunto me entusiasma siempre. Por eso veo con desazón cómo en México la educación es una deuda pendiente: los niveles de formación de muchos maestros son pobrísimos, así como las condiciones materiales en las que deben trabajar. Mucho se ha avanzado desde que yo mismo tuve que cursar mis estudios básicos hace casi cuarenta años, es verdad, pero nos encontramos aún muy lejos de los estándares deseados en este momento de la historia. Las consecuencias nefastas de este atraso nos perseguirán por generaciones y generaciones. El ideal ha de ser siempre el de aspirar a la excelencia educativa.

Este es un asunto tan fundamental que debe interpelarnos a todos. No podemos dejar en manos de los políticos la facultad de decidir, como en los totalitarismos, la forma y manera en que la educación ha de conducirse. Es un altísimo deber de los padres defender a sus hijos de las tenebrosas intervenciones de los ideólogos y su propaganda, siempre dispuestos a adoctrinar a las criaturas en nombre de unos supuestos ideales que nunca son lo que dicen ser. Los demagogos son un peligro y deben ser acotados, como digo, por el cortafuegos de la crítica y el sentido común que deben fomentarse en casa: el hogar es en última instancia la última línea de defensa de la persona.

La educación debe ser personalista. Sin una concepción clara del ser humano, una concepción digna y prudente, es posible transmitir conocimientos, entrenar a alguien, es verdad, pero es imposible hacerlo consciente de su unicidad y su natural apetito de libertad. Un hombre no es una pieza más en el engranaje de la sociedad, como bien nos lo recordara hace ya muchos años el inmortal Ernesto Sabato, sino un agente radicalmente independiente, irrepetible e irremplazable: si acaso hay algo que la educación debe inculcarnos ha de ser esto último.

En un mundo como el actual, tan dolorosamente proclive a renovar las ansias autocráticas que algunos tontamente creíamos sepultadas para siempre, la defensa de la educación es la defensa de la democracia. Esta es la más urgente batalla y parece que no nos damos cuenta.

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Escrito por Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Poeta y escritor. En el mundo académico imparte cursos de lengua y literatura latinoamericana, así como un taller de composición para hablantes nativos durante las primaveras. A la fecha ha publicado cinco libros de poesía, uno de crónicas y un libro de ensayos: Las comuniones insólitas (ed. UNISON 1998); El vértigo de la canción dormida (Ed. UNAM 2000); Pantomimas (Ed. ISC 2001); Oros siempre lejanos (Ed. ISC 2008); Las sanciones del aura (Ed. ISC 2010); en crónica: Como si fuera verdad (Ed. ISC 2016). Su libro de ensayos se titula: Buenos salvajes –seis poetas sonorenses en su poesía. Ha sido ganador de premios de poesía a nivel local (Sonora) y nacional, como el premio Clemencia Isaura (1999), los Juegos Trigales del Valle del Yaqui (2001), mención honorifica en el premio Efraín Huerta de poesía (2001), así como los premios binacionales Antonio G. Rivero (1998) y Anita Pompa de Trujillo (2006). Sobre su obra poética, el Diccionario de escritores mexicanos dice: “La poesía de Álex Ramírez-Arballo se proyecta como una exploración dentro de los territorios del pasado, la oscuridad y la ausencia. Esta sensación de vacío surge porque los elementos verbalizados son definidos no por lo que son, sino por lo que un día fueron: la infancia, el amor, el lenguaje, etcétera. En sus poemas proliferan las imágenes relativas al fenómeno de la mirada, la enunciación poética, el inconsciente y los procesos del sueño”.

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