LA PERINOLA

El camino del esfuerzo

Emmanuel Mounier, filósofo francés precursor del personalismo comunitario, afirma algo que a mi juicio es muy sabio: “Es necesario tener sufrimiento para que la verdad no cristalice en doctrina”. Hace muchos años que no leo a este señor, pero recuerdo con emoción las lecturas de juventud en las que me enfrentaba a una filosofía práctica, de acción y definición, de soledad reflexiva y encuentro jubiloso con los demás. Ahora me viene una pregunta: ¿qué entendemos por sufrimiento? Esto da para toda una vida de reflexiones, pero yo quiero quedarme con una idea básica: el sufrimiento es la distancia entre la realidad y nuestros deseos; se trata de una distancia a la que estamos condenados los seres humanos. No tiene remedio. El mundo está separado de su apariencia por un abismo insuperable; los seres humanos aspiramos a una comunión que nunca se consigue del todo.

Ante la realidad del sufrimiento tenemos dos opciones: el nihilismo o el esfuerzo; mientras que el primero nos vacía, el segundo nos llena y, algo muy importante, nos va descubriendo el sentido último de la vida. Si miramos a nuestro alrededor, lo que observamos es un mundo que claramente ha optado por la primera opción. La vida no significa nada salvo la exacerbación de los placeres y la inmediatez. Se vive y se muere, es todo. Somos una civilización enamorada de la intrascendencia.

Pero los que optamos por la segunda vía hemos comprendido que el esfuerzo es preciso para colaborar en la creación de un mundo mejor, es decir, menos absurdo. Nunca lo conseguiremos, porque la realidad es mucho más grande y aplastante que nuestras aspiraciones más profundas, pero eso poco importa; en el camino descubriremos las dimensiones de nuestra resistencia. Hemos optado por la ruta más ardua, pero también la única que nos muestra lo que es un milagro: soy una bestia del desierto y sé como nadie lo que vale un poco de agua o una flor.

Me siento bien con mi apuesta, me gusta nadar a contracorriente. No he tenido más privilegio que el de la vida y me he hecho a pedazos, con angustias infinitas y con la ayuda de unos pocos ángeles que han caminado algunas jornadas conmigo por el mundo. No hay misterio: todo está sobre la mesa. Amanece y es hora de seguir vivos, de andar otra vez, de proponer y decir, de actuar y participar de este hermoso disparate de colores que es la existencia.

Si la verdad, como dice Mounier, no es doctrina, entonces qué es, podríamos preguntarnos legítimamente. Tengo siempre una respuesta de bolsillo: la verdad es no rendirse nunca.

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