“…tan ignorante que ignorase su ignorancia”

José Daniel Ramos Rocha  Pontificia Universitá Antonianum danyofm28@live.com.mx

Agustín de Hipona en sus Confessiones abre la narración del libro V con la expresión sincera de su deseo por conocer en persona a un tal Fausto (Fausto de Mileva (Mila 353 – Argelia 400), obispo maniqueo en Roma), un distinguido personaje entre los maniqueos que era tenido por aquella comunidad como un sabio conocedor de la doctrina maniquea y de las ciencias de la época, situación que alentó mucho al joven Agustín que, inquieto y lleno de dudas, puso gran esperanza en aquella visita. Lo expresa efusivo:
En estos nueve años escasos en que les oí con ánimo vagabundo, esperé con muy prolongado deseo la llegada de aquel anunciado Fausto. Porque los maniqueos con quienes yo por casualidad topaba, no sabiendo responder a las cuestiones que les proponía, me remitían a él, quien a su llegada y una sencilla entrevista resolvería facilísimamente todas aquellas mis dificultades y aun otras mayores que se me ocurrieran de modo clarísimo (Confessiones, 194).
A su llegada, contra toda expectativa, pronto se dio cuenta de la falta de consistencia en sus argumentos, fruto de la debilidad de sus saberes. No se explicaba por qué no se le permitía interrogarlo ni se le daba espacio para la expresión de sus dudas. Le incomodaba el aplauso y la veneración que se le rendía. Cuando logró su objetivo de abordarlo, con tono apesadumbrado escribe: Cuando al fin lo pude, acompañado de mis amigos comencé a hablarle en la ocasión y el lugar más oportunos para tales discusiones, presentándole algunas objeciones de las que me hacía más fuerza, mas conocí al punto que era un hombre totalmente ayuno de las arte liberales, a excepción de la gramática que conocía de un modo vulgar. Y agrega que si tenía elocuencia y formas en el hablar era por la lectura de sólo algunas obras de los clásicos griegos y sólo por eso. Agustín, después de confrontarlo encuentra que había depositado demasiado anhelo en aquel personaje que aunque ignorante por no haber respondido a sus dudas, reconoce como modesto por el hecho que supo callar y admitir su deficiencias al punto de no ser “tan ignorante que ignorase su ignorancia”. El filósofo de Hipona, se confiesa decepcionado y se ve tentado a dejar aquel grupo religioso. Agustín se confiesa defraudado, detenido en su camino de búsqueda de la verdad. Sacudido violentamente más que por el peso de sus dudas, por la incapacidad de ser resueltas e incluso atendidas. La situación psicológica descrita por él mismo se nos muestra como un terreno de inseguridad e inestabilidad, lejano a la solidez necesaria para seguir la búsqueda de los ideales e incapaz de rendir frutos inmediatos. Dice: “pues no hallando de momento cosa mejor determiné permanecer en ella, en la que había venido a dar (a la comunidad maniquea), hasta tanto que apareciera por fortuna algo mejor, preferible”. El estado descrito viene sugerido como un movimiento interno que reclama un otro externo. Agustín siente la necesidad de cambiar de lugar porque ya no siente más el que había sido hasta ese momento su “lugar primero”, que debe entenderse no sólo en clave psicológica y espiritual, sino también geográfico y cultural. Es entonces que viene la posibilidad de emigrar a Europa, a Italia que desde siempre ha sido sugerencia de aprendizaje y aporte cultural. Las motivaciones para viajar a Italia según Agustín fueron muchas, todas confesadas por él, pero la verdadera; escondida y reservada, sólo se la atribuye a Dios (Sed quare hinc abirem et illuc irem, tu sciebas, Deus) y a nadie más. Ya estando en Roma, instalado en la ciudad eterna movido por la creencia de la buena educación y seriedad de los jóvenes estudiantes, se dio cuenta de que no poseían ni una ni otra de esas cualidades por él deseadas en aquel momento de su vida y trayecto de búsqueda de la verdad. Los jóvenes que escucharon sus lecciones eran lo contrario a aquello que él pensaba encontrar. Una decepción más. San Agustín narra además que su arribo a Roma vino acompañado de una enfermedad que casi lo llevaba al sepulcro, evento que lo desarmó al verse en soledad, sobre todo de la lejanía de su madre, a quien con mentiras abandonó en el puerto aquel donde se embarcó para salir de África, situación que al ser narrada deja entrever que le causó por un buen tiempo un gran remordimiento. Otra de las grandes crisis confesas de su parte es aquella de la certeza heredada de la doctrina de Manes (siglo III d.C.) sobre la corporeidad del bien y el mal. Se lamenta de creer aferradamente en este periodo que el mal era una sustancia corpórea con características monstruosas (Molem tetram et deformen) que era origen del mal en el mundo, sobre todo porque admite que de tal creencia equivocada brotaban de él mismo “otros sacrilegios” (me cetera sacrilegia sequebantur) dándose cuenta del mal moral en el que se veía atrapado. Con todo, vemos aquí a un Agustín que comienza a considerar y a tener por serias algunas de las verdades cristianas a las que anteriormente tenía por fábulas o falsedades propiamente. La conmoción se le presenta como una invitación a la apertura, a la reconsideración de lo que antes era nada para él. Podemos ver ya un Agustín fuera y lejano de su lugar físico, y ya no más en su lugar intelectual y emocional. “Sin duda que tus espirituales se reirán ahora blanda y amorosamente al leer estas mis Confesiones; pero, realmente, así era yo”, le dice a Dios con vergüenza aceptada admitiendo un verdadero cambio en su persona total; cuerpo y espíritu. Sin duda lo más sobresaliente de la experiencia de Agustín después en Milán es la figura de Ambrosio, “lugar” de reposo para el Agustín que agonizaba y punto de partida para el Agustín que nacía. Ambrosio, obispo de la iglesia milanesa, viene narrado por san Agustín con verdadera efusividad. Describe sus primeras impresiones: “Sus discursos suministraban celosamente a tu pueblo ‘la flor de tu trigo’”, de igual modo las características de los sentimientos que lo unían a él: “Me recibió paternalmente y se interesó mucho por mi viaje. (…) Yo comencé a amarle”. También el desafío que implicó para él su figura destacada y su desbordante inteligencia, es decir, aquello que buscaba desde hacía tiempo: “Deleitabáme con la suavidad de sus sermones, los cuales, aunque más eruditos que los de Fausto, eran, sin embargo, menos festivos y dulces los de éste”. Para Agustín, que era hombre de bien desarrollada sensibilidad, esto implicó un reto a su tendencia al deleite y su gusto por las formas refinadas, ya que él mismo admite que en materia de sermones y discursos retóricos por lo general se fijaba más sobre las formas que en los argumentos. La prédica de Ambrosio era entonces una invitación a cambiar sus intereses y a perseguir el verdadero sentido del porqué de las cosas. Uno de los momentos clave del cambio de lugar vital de Agustín en Milán es cuando comienza ya a considerar algunos argumentos de la fe católica. Más aún, ya fuera de su “antiguo lugar” intelectual y de fe, reconoce:  “Entonces dirigí todas las fuerzas de mi espíritu para ver si podía de algún modo, con algunos argumentos ciertos, convencer de falsedad a los maniqueos” (Confessiones, 210). Después vino el abandono definitivo de la comunidad maniquea. Entonces vino su incorporación al catecumenado católico, periodo que bien podríamos considerarlo “lugar intermedio” o “de paso” debido a su nuevo objetivo: “(permanecer) hasta tanto que brillase algo cierto (certi eluceret) a dónde dirigir mis pasos” (Confessiones, 211). La experiencia de san Agustín en Milán es verdaderamente un cambio de lugar integral. Si bien es cierto que gran parte de este cambio Agustín lo atribuye a Ambrosio, quien después será el que consumará su adhesión a la Iglesia católica mediante el bautismo dado de sus propias manos (narrado en el libro IX), es de notar que este cambio de lugar  integral venía ya dándose en diversas circunstancias de la vida del filósofo como ya hemos esclarecido. Siendo las Confessiones un libro espiritual y alentador de la fe, lleva también entre sus contenidos la firme certeza de lograr esta estabilidad o reposo, este cesar del movimiento añorado que Agustín desde el principio hasta el final de su escribir confesando refiere y supone. Dicha realización de la que la filósofa española María Zambrano afirma que no es otra cosa que el añorado reposo (requiescat) en quietud que tanto subraya Agustín, el lugar deseado del descanso del corazón del hombre condenado al movimiento de la vida y a la urgencia del cambio de lugar en virtud de su andar por el mundo buscando su ser. Porque, sentencia Zambrano:
La mayor necesidad de todas las biológicas y psicológicas es sentir que alguna vez coincidamos con nosotros mismos; sentir, aunque sea de momento, que el personaje que camina delante de nosotros se ha hecho visible y se ha dejado alcanzar por este otro que nos hemos encontrado siendo, sin haberlo buscado  (María Zambrano, la agonía de Europa, 371).
Es por eso que para María Zambrano, san Agustín es modelo y proyecto de vida humana. Mediante el ejercicio de la Confesión el filósofo de Hipona muestra distintas vías de posibilidad para re-conciliar el “ser que se busca y el ser que ya se es”. Para Zambrano el hombre debe vagar. Es su destino. Está condenado al movimiento. Mas su visión no es pesimista y se aparta de los existencialistas que no ofrecen vías logradas o por lo menos posibles para enfrentar las condenas por ellos expuestas, sino más bien la realidad del movimiento viene a ser desde su perspectiva la condición de las posibilidades del ser y su develación, el escenario de su búsqueda y el terreno de su plenitud. Es el movimiento el que obligará al hombre invitándolo a renacer constantemente.
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Escrito por Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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