No hacerse bolas, los migrantes centroamericanos no son invasores y ni siquiera extranjeros. Son literalmente hermanos nuestros. Compatriotas de la Patria Grande. Durante los más de tres siglos en que se construyó la nueva nación indo-española en el Nuevo Mundo, gran parte de Centroamérica –Guatemala, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Costa Rica–, formaron parte de la Nueva España, pertenencia que se prolongó durante el primer período del México independiente, el llamado Imperio Mexicano, hasta 1823.

Desde entonces mal que bien México ha sido el hermano mayor de la gran familia centroamericana, siempre presente y solidario en las crisis políticas y sociales de las décadas recientes en esos países.

Fueron las intrigas divisionistas del Imperio Británico y su cachorro americano para fragmentar y dominar a la gran nación hispanoamericana en el momento de su independencia de España, basadas en hacernos renegar de nuestro origen y tradición indo-española, lo que nos llevó a la división y a la ruina, incapaces de reconocernos en una historia y un destino común.

Pero los tres siglos de intensa actividad constructiva y fecunda, que dieron a luz a una verdadera potencia civilizadora que maravilló al mundo con sus cientos de bellas y prósperas ciudades renacentistas en todo el continente forjaron lazos profundos e indisolubles entre los pueblos de Hispanoamérica. Una misma lengua, una misma “raza” universal y mestiza y una misma cultura en un rico mosaico multicolor de pueblos hermanos, que sin embargo quedaron separados por sus divisiones políticas y su incapacidad para valorar esas raíces comunes.

Vemos con tristeza que hoy mismo, ante la llegada de las caravanas de migrantes centroamericanos a México, se dan reacciones copiadas más bien de la tradición anglosajona, excluyente y racista. Así como del clasismo extremo de la cultura española. En una cena reciente me sorprendió escuchar a personas que yo estimo diciendo que la única solución es “regresarlos a su país por la buenas o por las malas” y afirmar que tales migrantes, además de ser un peligro y una fuente de conflictos y de atraso están muy por debajo de nosotros, en particular de los “norteños”, por razones de raza y de cultura.

No cabe duda que la influencia cultural estadounidense en algunos de sus aspectos más negativos ha penetrado profundamente en ciertos sectores sociales de nuestro país, en especial ahora que la gran nación estadounidense está gobernada por un personaje rupestre, grosero y cargado de odios raciales ancestrales.

Es cierto que algunos componentes de la Caravana, en particular los más jóvenes, han adoptado actitudes provocativas y de agresión física contra autoridades mexicanas, lo cual no es admisible. Y lo cual solo beneficia a la estrategia política racista y agresiva del demagogo de la Casa Blanca.

Es cierto también que los países centroamericanos se han quedado un poco rezagados del desarrollo económico y social, pero lo mismo ha sucedido con muchas regiones de nuestro país, que han quedado marginadas por la lógica excluyente del neoliberalismo extremo que ha regido hasta ahora los procesos de globalización mundial. Lo mismo que ha sucedido en Africa y gran parte de Asia respecto a Europa.

Por el contrario, debemos brindarles toda la solidaridad que podamos a estos hermanos centroamericanos, ya sea para que logren su anhelo de emigrar a nuestros antiguos territorios del sudoeste estadounidense, o para que se queden a trabajar entre nosotros. Debemos aprovechar esta gran oportunidad de tenerlos físicamente entre nosotros para reconstruir esa vieja hermandad y los lazos históricos que nos unen.

Es la oportunidad que nos brinda el destino para construir lo que las intrigas divisionistas de la ambición anglosajona destruyeron en el momento de nuestra independencia de España: la unidad política de América Latina, sin la cual nunca seremos capaces de sacudirnos el dominio político y económico de la potencia del Norte.

Ahí, en las labores de ayuda y solidaridad con los migrantes centroamericanos que muchos ciudadanos y organizaciones sociales de Tijuana y otras ciudades de México están realizando, es donde se está construyendo realmente la unidad política latinoamericana, tan decisiva para nuestro futuro.

Que viva la reunificación de los pueblos hispanoamericanos en la solidaridad a los migrantes de las caravanas de Centroamérica.

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Escrito por Ricardo Olvera

Periodismo de opinión y análisis desde 1985 en revistas como Resúmen Ejecutivo-EIR, Benengueli y Solidaridad Iberoamericana. Editor de Presencia, semanario de la Diócesis de Tijuana (1994-1997), y de El Heraldo Católico, Diócesis de Sacramento, Oakland y San Francisco, California (1997-2005).

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