Homilía del 25 de noviembre de 2018 correspondiente al 25 de noviembre de 2018. Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.

Nos amó. Nos amó y nos purificó. Y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. Es nuestro rey. Lo vemos venir entre las nubes del cielo. Introdujo nuestra humanidad en la presencia del Padre, el anciano de muchos siglos, y su poder nunca se acabará. Su reino jamás será destruido. Lo reconocemos con las mismas palabras que él revela de sí mismo: el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el todopoderoso. Pero su grandeza nos alcanza las fibras más íntimas y nos hace vibrar cuando nos descubrimos involucrados inmerecidamente en su designio. Nos amó. Y, porque nos amó, nos purificó de nuestros pecados con su sangre. Su reinado no es de este mundo. Pero en este mundo se ha instaurado, tocando discretamente la puerta de nuestros corazones, pidiéndonos humildemente entrar. Alabamos su grandeza y proclamamos su majestad. Mas sabemos, al mismo tiempo, que nos ha visitado, y una vez que nos ha conquistado con su hazaña inconmensurable, ha hecho de nuestro hogar su trono y ha convertido su trono en nuestro hogar. Nuestra solemnidad es, por ello, íntima y conmovedora, nos sobrecoge y nos exalta, nos conmueve y nos alegra.

La Iglesia cierra su ciclo anual con el Domingo de Jesucristo, Rey del Universo. Confluyen así los tiempos y las historias, las búsquedas y los afanes, las esperanzas y los proyectos, en la última certeza del creyente: el Resucitado, que reina, el mismo que volverá como juez, es el eje de la humanidad, la expresión más sublime del amor de Dios, su asociación más generosa, nuestra mayor aspiración sobrepasada de un modo insospechado. Y todo por amor. Un amor indebido. Un amor gratuito. Un amor indulgente, que realmente nos perdona y nos transforma. Un amor sellado con sangre, su propia sangre, la que quiso que corriera en sus arterias para limpiar con su divinidad nuestros flujos y nuestras agonías. Es esa sangre, del Rey, la que nos limpia. La que nos hace nuevos. La nobleza de nuestra sangre es hoy, por él, lejos de inescrutable leyenda, parentesco purísimo que nos establece en su propia soberanía y gloria.

Su Reino de amor, de sangre amorosa, nos configura también como pueblo que es ofrenda de amor. Cuando las suspicacias de una mirada agnóstica descartan la estabilidad que nos redime, cuando vuelven a formularse las preguntas escépticas: “¿Con que tú eres rey?”, la respuesta verdadera nos abre en Cristo a su novedad perenne: “Tú lo has dicho: soy rey”. No le esconde su identidad a los potentados, ni se avergüenza de su majestad ejercida como entrega. Nos ama, nos ama en verdad, y esa es la verdad de la que da testimonio. Escuchar su palabra, ser de la verdad, es escuchar su promesa de vida. ¡Qué dulce voz la que nos concede escuchar! Nos concedió oídos desde el principio para que su timbre pudiera resonar en el corazón y movernos con su calor. Nos alcanza sentirnos amados, sabernos amados, de modo que el amor rija en el alma como la única ley y el último culto. Pero amar como él, en verdad, sin límite ni pretensión, no es vano sentimentalismo ni espontánea combustión. Es perseverancia en el don. El que es, que era y que viene es amor, era amor y viene como amor a consagrar nuestros amores. A hacernos pueblo del amor elevado a la dignidad del amor de Dios. Es el amor que nunca se acabará, porque es un amor eterno, que no será destruido.

Pertenecer a este Reino, tal como se nos ha concedido, sigue siendo vocación y tarea. Aclamar a Jesús es suplicarle, también, que levante nuestro amor caído. Un mundo que de tantas maneras ha renunciado al amor, ha diluido el amor grande o ha mercadeado con amores ilusorios, necesita escuchar de nuevo la palabra estable del amor divino, para ser rescatado del engaño. La aspiración late ahí, en cada palpitar. Y su ofrecimiento también, desde la Cruz, donde sigue reinando y derramando su Espíritu para concedernos vivir. Reina, Jesús, haciéndonos nobles de corazón y fuertes en el amor. Reina, Señor, liberándonos de esclavitudes torpes y maledicentes. Reina, amor nuestro, dignificando al peregrino, compactando hacia el grupo al disperso, animando al abatido, curando al herido, consolando al agobiado. Reina, maestro, iluminando al necio, corrigiendo al errado, asombrando al niño, entusiasmando al que investiga. Reina, cordero, y aglutina en torno a tu cuerpo bendito a hombres de toda raza y condición, articulando un pueblo amistoso y solidario, en el que todos aprendan, como hermanos, a glorificar al Padre en tu nombre. Y por nuestro medio, con el don de tu Espíritu, haz que arda en el mundo el amor hermoso y el sueño posible. Que nuestro humilde servicio, habiendo escuchado tu voz y acogido tu llamado, sea el testimonio en la carne del Reino que, sin ser de este mundo, transforma este mundo hasta convertirlo en tu gloria. A ti la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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Escrito por P. Julián López Amozurrutia

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico.

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