Le dije a Dios durante todo aquel largo viaje: “Yo no cuestiono tu proceder, precisamente porque tú jamás cuestionas el mío”. 

Ya dije antes que Dios tiene su propia forma de proceder. A nosotros nos gusta llamarle misteriosa, otros más aseguran conocerla porque la han teorizado y la gran mayoría al no comprenderla viven cuestionándola con su queja constante.

Cierta ocasión, mientras reposaba un poco, fue avisado sin más que alguien de los míos estaba en peligro. Me estremecí al instante y me bloqueé en un abismo de una confusión jamás sentida. Era una situación particularmente nueva en mi vida. Sentí la lejanía como un lazo lleno de puntas que me ataba las manos sin poder hacer siquiera el mínimo. Fueron dos días de angustia que aumentaba a cada momento ante las diversas versiones que de parte de cada uno de los míos llegaba hasta mí. Era normal, ellos también sentían la impotencia del estar lejos. Lejos de las seguridades que a veces se nos esconden en la vida, como si la vida misma se escondiera de repente para mostrarnos su valor y su poder, precisamente con la confusión que revela su fragilidad.

 Apenas tuve un poco conciencia de mí y lo que ocurría, ya me encontraba sentado dentro de alguna sala de aeropuerto esperando el primer vuelo posible, así fuera con destino al fin del mundo, a donde en ese momento quería verdaderamente ir, ydespertar de lo que ni siquiera lograba articular en mi mente. El corazón me parecía que no latía a un ritmo normal o probablemente estaba ya sin latir, amedrentado por el miedo de aquello tan desconocido para ser sentido por él, cuando hasta ese momento de la vida sólo había procesado alegrías y felicidades.

Al tomar aquel vuelo en Madrid, abrí al azar del único libro que alcancé a llevar en la maleta aún a sabiendas que nada lograría leer. La página era el cántico de los tres aleluyas que como “vara de azucenas” elevó María Zambrano después de seis meses de la muerte de su hermana Araceli en señal de una aceptación pacífica a aquella etapa de tanto dolor en su vida (Delirio y destino, 1989). Intenté ver cualquier película que ni siquiera recuerdo el nombre y tampoco me ayudó mucho.

Era terrible saberme volando a miles de pies de altura, tan lejano a todo y tan capaz de nada. Terrible pero consolador me resultaba resignarme ya que aún en tierra, aunque fuese al lado de mi hermano frágil de vida nada podía hacer. Mejor volar. Mejor lejos de la tierra donde se sufre y mejor cerca del cielo donde se es feliz. Nunca antes tuve la ingenua idea de asociar el Cielo, -premio eterno concebido por mi fe- con el cielo que se mira en alto, el que dibujan las nubes y sobre el que volamos papalotes cuando somos niños. Aquella ingenua idea traía consuelo real a todo mi ser en aquellos momentos.

Creo que es el único viaje que he hecho y haré en el que no he dormido un solo instante. La remota posibilidad de soñar cualquier cosa me atemorizaba. Mi cabeza iba y venía en un frenético vaivén que sentía haría estremecer el avión más que las grandes turbulencias de las que en aquel vuelo fui testigo. Mi mente estaba partida en dos. No podía pensar en otra cosa que en lo que su violenta división me daba. Por una parte, me asaltaba la idea de un gran periodo vivido entre los míos, en mi tierra, de verdadero trabajo y de descanso ya en ese tiempo para mí urgentemente necesario. Y de la otra parte, mi mente como máquina de escribir antigua tecleaba letra a letra, palabra a palabra, frase por frase, intervenciones habladas para llevar consuelo. Sólo recordarlo me estremece el alma.

Formaba escenarios conpersonajes posibles y para cada uno estructuraba un guion exacto, justo,necesario. Sentía un verdadero compromiso de decir lo que cada quien iba anecesitar escuchar. Les decía a todos frases de consuelo y elocuentes, a todosmenos a mí mismo. Me parecía también vestir a Dios de un luto que yo no queríatomar, como dándole una vestimenta de cierto color, de cierta forma y diciéndolecomo debía comportarse. ¿Por qué si para mi dolor yo deseo siempre el silenciode los otros, ahora para el dolor ajeno me brotaba tanta palabrería? Luchaba conmigo mismo.

Le dije a Dios durante todo aquel largo viaje: “Yo no cuestiono tu proceder, precisamente porque tú jamás cuestionas el mío”. Reconozco que sentía que la libertad que Dios me había dado desde siempre y de la cual yo había disfrutado a punto del abuso, comenzaba a hacerse valer. Lo aceptaba sin reparo, lo juro. Sin embargo, aún dentro de ese mar oscuro de dolor y confusión había algo en mi interior que me regalaba una tranquilidad que venía a consolarme. Una certeza que se me revelaba justo al percatarme que había dado siempre lo mejor de mí por aquél que se nos iba de las manos, como resbalándose de este mundo a otro.

El final de este episodio de prueba en mi vida es feliz, mucho más feliz del que alguien pudiera imaginar, no sólo para él que volvió a nosotros con toda la fuerza de un “volver”, sino para los que estuvimos ahí y fuimos avisados de cuánto es importante valorarnos y estar siempre alerta. Me parece tan revelador el hecho de haber pasado este lapso, atravesando de los días cuaresmales a las primaveras pascuales, a través de los gestos particulares de la Semana Santa que, no tengo duda, ha sido una de las más bellas de mi vida, justo porque en esa ocasión no fui ni trabajador ni sacerdote ni uno más de tantos, sino un hermano y miembro de una familia que en aquella ocasión descubrió que esos días son por excelencia días de elevar nuestro agradecimiento sincero y no sólo para Aquél en el que creemos que nos salvó, sino para nosotros mismos y para la vida por ser simplemente vida cuando se nos hace sentir, ya sea con caricias o con sacudidas.

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Escrito por Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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