maquina de escribir
La máquina de escribir de María Zambrano.

Se escribe para que la vida se exprese

Cuando en 1940, año memorable de su permanencia en La Habana, Cuba, uno de los tantos lugares de paso en su experiencia del exilio por más de 45 años, María Zambrano[1], filósofa española, leyó aquello escrito por José Ortega y Gasset, su maestro, que exiliado después que ella en Francia, escribió: “estos meses pasados, empujando mi soledad por las calles de París, caí en la cuenta de que yo no conocía, en verdad, a nadie de la gran ciudad, salvo a las estatuas”[2], y decía incluso que hablaba con ellas.

Si bien es cierto que el reporte dado por Zambrano se lee en un tono de reclamo irónico pues, pues sabemos que su maestro no corrió en su momento la misma suerte de ella al “hacer silencio” ante las posturas franquistas de la España de su tiempo, que causaron la expulsión nacional de tantos intelectuales. Digamos que también es cierto que deja entrever algo que durante toda su trayectoria intelectual –nutrida y diseminada por el mundo-, destaca en su obra filosófica. Sabemos que, aunque amante e intensa defensora de la oralidad de la palabra, fue mediante la palabra escrita que tenemos acceso a su pensamiento y a la voz de su alma, porque “las grandes verdades no suelen decirse hablando”[3], escribió en 1934.

Esto que nos deja ver la filósofa española es una de sus más grandes convicciones: “escribir es defender la soledad en que se está”[4]. Soledad bien entendida, no como el uso actual que a esta palabra se ha venido dando al punto de hacerla más temida que reflexionada y como consecuencia, repudiada.  La soledad en Zambrano es este espacio interior que cada hombre y mujer posee. Es un ahí, un adentro de sí mismo, donde no hay ya reglas ni leyes del exterior, donde la mente piensa libre y el corazón se expresa sin temores. Soledad es donde nos pensamos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, y decir ‘pensar’ –en clave zambraniana- es entender: razonar y sentir. Por eso, María piensa a su maestro divagando sin rumbo en la capital francesa, como sumergido en su soledad. Lo sabe nadando a la deriva en sus recuerdos golpeados por sus culpas y buscando un ‘otro’ a quién contárselo, a quien hacer reír, un quién se compadezca de su andar. Cerraba Zambrano su comentario: “incluso hablaba con ellas”[5] (con las estatuas), como reafirmando esta necesidad humana de la cual nadie puede ni debe escapar.

De esa capacidad del hombre de entrar en sí mismo y desde el sabor de su soledad surge la capacidad de escribir, precisamente como una alternativa al ejercicio también humano del hablar. Se escribe porque “lo inmediato que brota de nuestra espontaneidad, es algo de lo que íntegramente no nos hacemos responsables”[6]. Hablar es expresión inmediata, tristemente poco atendida por el ejercicio verdadero del pensar, sobre todo en la actualidad en la que estamos rodeados de información de todo tipo y sin censura, sin recato alguno. Hoy en día cualquiera habla, y su hablar se hace público. Nada extraño para el hombre pues es de su naturaleza y su derecho, basta que quiera –o que ni siquiera lo quiera- para hacerlo y con la facilidad de un aparato tecnológico hacerlo llegar a millones de personas en cualquier parte del planeta. De modo que, hablar no brota de la totalidad íntegra de una persona, el escribir, por su parte, con su obligada invitación al pensar, al sentir, al sistematizar y al proyectar, en cambio sí. Por eso se escribe: “para mostrar la soledad que (–el que escribe-) solo conoce, mostrando lo que en ella, y únicamente en ella encuentra”[7]. El que escribe, vierte su ser a través de sus letras, su ser pensado y sentido, su vida toda sin tapujos.

Hoy en día, debiéramos rescatar mediante su promoción, el ejercicio del escribir, ¡arrancárselo a unos cuantos! Ahora decir: “escritor” implica un título de prestigio y la mención limitada a cierta elite. Se nos ha escapado la conciencia de ser palabras vivas mientras respiremos el aire de este mundo. Este “ser palabra” es este de poder pensar y decir lo pensado, y este decir lo pensado con voz y con letras. Se dice con letras después de pensar, de proyectar, de colorear lo que se vive y todo esto mezclado con la bella ilusión de que algunos cuantos lo leerán. Se debe escribir así: para todo “el género humano, por pequeña que sea la parte de él que pueda leer estas páginas”[8], como resalta Zambrano con las mismas palabras de San Agustín de Hipona, al revelar el porqué del escribir de este gran pensador cristiano tan leído en todas las épocas.

Se escribe para expresarse, para darse. Jamás como un derrotero de pasiones cargadas y sumergidas en algún pozo perforado por el anonimato y el silencio. Hoy en día no cabría la posibilidad del anonimato en la escritura. Las redes sociales han traído también cosas buenas al mundo que nuestros antepasados probablemente ni en sus mejores momentos de inspiración y delirios llegaron a imaginar, es decir: el alcance, la inmediatez y la facilidad de promoción y acceso a lo que se escribe. ¿Por qué no aprovecharlo? El mundo necesita más palabra, es decir, palabras verdaderas, de aquellas que nutren el alma, que alientan el caminar y que favorecen el ser cada día mejor persona en este mundo. Este tipo de palabra sólo surge desde un ejercicio del pensar y del sentir, mismo que se gesta en la soledad, ahí y únicamente ahí.

Probablemente abrir más los ojos y los oídos a las verdaderas necesidades de los hombres de hoy sea una de las motivaciones para escribir, porque yo me adhiero a la convicción de la filósofa de la razón poética: “escribir no depende de mi inspiración, sino de algo necesario”[9]. Por ello no es un privilegio, sino un servicio… urgente.


[1] María Zambrano, Filosofa y literata española nacida en Vélez-Málaga en 1904. Discípula de José Ortega y Gasset, Xabier Zubiri y Antonio Machado. Seguidora de la corriente filosófico-poética de Miguel de Unamuno. Creadora de un sistema nuevo de hacer filosofía apostando por la reconciliación de la razón y el corazón, de la poesía con la filosofía. Exiliada de su patria por más de 45 años, mismos que vivió en distintos países que le permitieron una gran apertura a las formas de pensar la cultura y al hombre en sí mismo y su relación con el entorno. Murió en Madrid en 1991.

[2] Escrito de nombre: “Prólogo de los franceses”, en La rebelión de las masas,  de Ortega en 1937, Austral, de Buenos Aires. M. Zambrano, Delirio y destino. Los veinte años de una española, Obras Completas, Vol. VI,  p.1153.

[3] Del ensayo: “Por qué se escribe”, M. Zambrano, Hacia un saber sobre el alma, en: M. Zambrano, Obras Completas, Vol. II, Gutenberg, Barcelona 2016, p. 446.

[4] Zambrano, Hacia un saber sobre el alma, en: M. Zambrano, Obras Completas, 444.

[5] Cfr. M. Zambrano, Delirio y destino. Los veinte años de una española, 1153.

[6] Zambrano, Hacia un saber sobre el alma, en: M. Zambrano, Obras Completas, 444.

[7] Zambrano, Hacia un saber sobre el alma, en: M. Zambrano, Obras Completas, 444.

[8] M. Zambrano, La Confesión: género literario y método, en: M. Zambrano, Obras Completas, Vol. II, Gutenberg, Madrid, 2016, p. 92.

[9] M. Zambrano, Escritos autobiográficos. Delirios. Poemas, en: M. Zambrano, Obras Completas, Vol. VI, Gutenberg, Madrid, 2016, p. 376.

Octubre 2018. Tívoli. Italia.

José Daniel Ramos Rocha
Universidad Pontificia Antonianum
danyofm28@live.com.mx

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Escrito por Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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