Domingo XXX del Tiempo Ordinario

Ciclo B

28 de octubre de 2018

Hombre. Escogido entre los hombres y constituido para intervenir en favor de los hombres ante Dios. Así describe el autor de la carta a los hebreos al Sumo Sacerdote. Figura prominente en el Antiguo Testamento, cumplía el servicio público de implorar el perdón de los pecados. Como él mismo estaba manchado por los pecados, debía hacerlo pidiendo perdón primero por los propios, y después por los de todo el pueblo. Sobre esta figura se construye una relectura de la obra de Jesucristo. Él puede ser llamado también Sumo Sacerdote, más aún, el único y definitivo Sumo Sacerdote. La imagen misteriosa de Melquisedec, aquel rey y sacerdote que ofreció pan y vino al recibir el diezmo de Abraham, es oportuna para mostrar la eternidad desu servicio, pues surge puntualmente, sin genealogía ni descendencia. Pero el acento se coloca sobre dos de sus características. Ante todo, en su humanidad. Jesucristo no tiene pecado. Él no tiene que pedir perdón por sus propias faltas, pues no las tiene. No obstante, es verdaderamente hombre, como nosotros. Es quien nos hace entender que el pecado no es humano, sino una fractura a nuestra humanidad. Y justamente por ello, su ofrenda, la que realiza en la Cruz, es eficaz. Rinde el verdadero culto debido al Padre, en una naturaleza humana perfecta, íntegra y hermosa. En cuanto humano, precisamente, es escogido como víctima sin mancha ni defecto, y puede entender la fragilidad humana y compadecerse, pero también redimirla y elevarla. Toda su encarnación puede ser descrita como la preparación de la oblación perfecta. Solidarizado con todos los seres humanos, a quienes puede llamar hermanos, ejecuta el sacrificio perfecto derramando su propia sangre. Con él hay alguien verdaderamente humano digno de merecer para todos el perdón. En segundo lugar, para confirmar la excelencia de la obra realizada, se le atribuye la cita del salmo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy, no sólo para referirse a la encarnación, sino también para sellarla. La humanidad nace de nuevo en la resurrección del Señor. No es que Jesús empiece a ser Hijo de Dios. Lo es eternamente. Pero al hacerse hombre empieza también a desarrollarse la historia del hombre que es el Hijo de Dios, y esta misma alcanza su plenitud al ser glorificado. El mismo que puede comprender a los ignorantes y extraviados es el que está en condiciones de salvarlos. La resurrección de Jesús es la confirmación definitiva de la bondad querida por Dios en la humanidad, capaz de vivir la comunión de amor con Él para siempre.

“¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Así clamó con insistencia Bartimeo, un ciego que pedía limosna sentado al borde del camino. El mismo que, una vez curado, se puso a seguir a Jesús por el camino. El Sumo Sacerdote se compadeció de él. Como en el notable retorno del país del norte que describe Jeremías de los sobrevivientes de Israel, Bartimeo es uno de los que ha conocido el destierro de la impotencia, es el ciego que camina con el cojo, como en medio de la multitud se incluía también a la mujer encinta y a la que acaba de dar a luz. La salvación es un grito de alegría y regocijo, un parto esperanzado que conoce la vida. Los que han experimentado la bondad de Dios constituyen, en efecto, el mejor de los pueblos, y pueden proclamar las obras del Señor y alabarlo. Esta es hoy la Iglesia de Cristo. La que en sus asambleas litúrgicas no se cansa de implorar compasión, consciente de sus limitaciones, pero también llena de confianza en su Señor. Kyrie eleyson! ¡Señor, piedad! Y como tenemos un Sumo Sacerdote compasivo y eficaz, sabemos que nuestra oración lo toca, y él mismo nos alcanza en la orilla de nuestros caminos. “¿Qué quieres que haga por ti?”, nos pregunta. Nos lo pregunta aquí hoy mismo, en la acción sacerdotal de la Iglesia, desafiándonos a poner palabras a nuestra necesidad y dirigir la confianza de nuestro corazón hacia él. Es evidente que lo que el ciego más necesita es ver. Si la ceguera se vuelve definición de su ser, a veces más que su nombre o apellido, es porque la propia identidad humana se pone en juego en las carencias. También por ello es tan importante su respuesta: “Maestro, que pueda ver”. Cada uno de nosotros sabe cuál es la súplica que debe formular. “¡Señor, que perdone!” “¡Señor, que ame!” “¡Señor, que te conozca!” “¡Señor, que sirva!” La pertinencia de nuestra oración dependerá siempre de lo conveniente para nuestra salvación. Podemos estar ciertos de que ninguna oración deja de ser escuchada, porque nos adherimos al Sumo y Eterno Sacerdote que siempre, inefable e infaliblemente, intercede por nosotros. La fe y el amor determinarán la calidad de nuestra súplica. Pero sabemos, sin lugar a dudas, que alcanza al cielo por Él, porque nada nuestro deja de hacer eco en su corazón sacerdotal, y todo el gemir de la humanidad se dirige al Padre por su medio, implorando redención. Como Iglesia, la súplica no es una realidad individual, sino la que nos articula como pueblo, integrándonos a todos en el sacerdocio de nuestro Señor. Lejos de caprichos o fantasías, la ofrenda razonable se eleva al cielo y, en Cristo, obtiene como respuesta el don del Espíritu Santo, la alegría de Dios que se expresa también en nosotros como alabanza. Con él cambia nuestra suerte, y entre gritos de júbilo cosechamos los que sembramos con dolor. Honestos y humildes en nuestra oración, hombres en el Hombre, hijos en el Hijo, como Iglesia peregrina nuestra oración es liturgia, y la humanidad entera recibe su influjo. El Señor ha salvado a su pueblo, ha hecho ver a Bartimeo, y juntos, tras de él, proseguimos el camino hacia la vida definitiva, mientras no nos cansamos de proclamar: Grandes cosas ha hecho por nosotros el Señor.

Lecturas

Del libro del profeta Jeremías (31,7-9)

Esto dice el Señor: “Griten de alegría por Jacob, regocíjense por el mejor de los pueblos; proclamen, alaben y digan: ‘El Señor ha salvado a su pueblo, al grupo de los sobrevivientes de Israel’. He aquí que yo los hago volver del país del norte y los congrego desde los confines de la tierra. Entre ellos vienen el ciego y el cojo, la mujer encinta y la que acaba de dar a luz. Retorna una gran multitud; vienen llorando, pero yo los consolaré y los guiaré; los llevare a torrentes de agua por un camino llano en el que no tropezarán. Porque yo soy para Israel un padre y Efraín es mi primogénito”.

Salmo Responsorial (Sal 125)

R/. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.

Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio,
creíamos soñar;
entonces no cesaba de reír nuestra boca
ni se cansaba entonces la lengua de cantar. R/.

Aún los mismos paganos con asombro decían:
“¡Grandes cosas ha hecho por ellos el Señor!”
Y estábamos alegres,
pues ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor. R/.

Como cambian los ríos la suerte del desierto,
cambia también ahora nuestra suerte, Señor,
y entre gritos de júbilo
cosecharán aquellos que siembran con dolor. R/.

Al ir, iban llorando,
cargando la semilla;
al regresar, cantando vendrán con sus gavillas. R/.

De la Carta a los Hebreos (5,1-6)

Hermanos: Todo sumo sacerdote es un hombre escogido entre los hombres y está constituido para intervenir a favor de ellos ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. Por eso, así como debe ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo, debe ofrecerlos también por los suyos propios. Nadie puede apropiarse ese honor, sino sólo aquel que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. De igual manera, Cristo no se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote; se la otorgó quien le había dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. O como dice otro pasaje de la Escritura: Tú eres sacerdote eterno, como Melquisedec.

R/. Aleluya, aleluya. Jesucristo, nuestro salvador, ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio. R/.

Del santo Evangelio según san Marcos (10,46-52)

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”. Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.

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Escrito por P. Julián López Amozurrutia

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico.

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