Ayer por la tarde estaba trabajando en mi oficina cuando me di cuenta de una cosa: la única actividad que he realizado con constancia desde que era niño ha sido leer y escribir. Puede decirse que esto es lo que los sicólogos en mis tiempos llamaban vocación, es decir, el llamado que algunos recibimos para recorrer ciertos caminos de la vida y no otros.

Creo en el poder de los libros como en nada. En mis clases nunca me canso de repetirlo: los libros abren puertas ahí donde aparentemente solo hay muros. El conocimiento que se distribuye a través de la palabra escrita tiene el poder de transformar vidas, abriendo avenidas hacia un futuro más sofisticado y pleno para quienes se avocan a leer con disciplina, lo que por supuesto no excluye en modo alguno el placer.

Recuerdo con cariño a quienes me enseñaron las primeras letras, pero sobre todo esa sensación de exaltación profunda que experimenté cuando leí aquellas historias de infancia y pude percatarme de que la imaginación se alimenta de palabras y nos da alas para recorrer geografías inagotables. Esta experiencia del disfrute de la fantasía me enseñó que la vida está llena de tesoros despreciados por las mayorías. Incluso más, esas primeras lecturas, desprejuiciadas y luminosas, me enseñaron que yo podía con mi propio esfuerzo sumarme a una tradición intelectual y literaria sin que tuviera la menor importancia el lugar en el que yo había nacido, ni las condiciones de vida que me rodeaban. Gracias a esto pude comprender que leer es el primero y más profundo ejercicio de libertad. Tengo tantas ganas de decirlo hoy: leer nos vuelve más libres, como el logos de San Juan.

Quienes leen viven más y más hondo. La palabra nos provee de herramientas para pensar de manera compleja, “cortando” la realidad en trozos pequeños que podemos digerir mejor. Es un ejercicio que no termina nunca porque la vida cambia y nosotros con ella, por eso debemos entender estas tareas desde la humildad más absoluta. No hay nadie que lo haya leído todo, ni nadie que haya comprendido todo lo que ha leído. Se trata de un proceso de maduración personal a través del cual vamos descubriendo nuestro verdadero rostro en el fondo del espejo de las literaturas y las filosofías. Solo la lectura es capaz de forjar espíritus sutiles.

Hoy vivimos tiempos en los que la imagen se ha impuesto a machamartillo. Es el tiempo de los ojos y la premura; leer, en cambio, nos interpela a través del oído y el corazón. La naturaleza sucesiva de la lengua nos obliga a un andar pausado y cauteloso, lo que permite que nuestro entendimiento se acople a aquello que la página nos cuenta con ese bisbiseo sacramental de los confesionarios. Leer nos humaniza porque nos separa del mundo alienado de la vida contemporánea, tan llena de ruido y nadería.

Termino con lo más importante: leer nos prepara para defendernos de dos enemigos mortales, la superstición y la ideología. Hoy que las pasiones demagógicas son capaces de sacudir los cimientos de la democracia y la libertad, la literatura y la crítica se vuelven más necesarias que nunca. El lector frecuente es un sujeto autónomo porque posee referentes culturales e intelectuales que le permiten el distanciamiento crítico; sin estas armas solo es un pobre diablo esclavizado por las creencias de su tribu.

La palabra ha sido mi apuesta en la vida y el libro ha sido para mí la ermita donde una llama verbal oficia a perpetuidad su liturgia de luz y de esperanza.

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Escrito por Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Poeta y escritor. En el mundo académico imparte cursos de lengua y literatura latinoamericana, así como un taller de composición para hablantes nativos durante las primaveras. A la fecha ha publicado cinco libros de poesía, uno de crónicas y un libro de ensayos: Las comuniones insólitas (ed. UNISON 1998); El vértigo de la canción dormida (Ed. UNAM 2000); Pantomimas (Ed. ISC 2001); Oros siempre lejanos (Ed. ISC 2008); Las sanciones del aura (Ed. ISC 2010); en crónica: Como si fuera verdad (Ed. ISC 2016). Su libro de ensayos se titula: Buenos salvajes –seis poetas sonorenses en su poesía. Ha sido ganador de premios de poesía a nivel local (Sonora) y nacional, como el premio Clemencia Isaura (1999), los Juegos Trigales del Valle del Yaqui (2001), mención honorifica en el premio Efraín Huerta de poesía (2001), así como los premios binacionales Antonio G. Rivero (1998) y Anita Pompa de Trujillo (2006). Sobre su obra poética, el Diccionario de escritores mexicanos dice: “La poesía de Álex Ramírez-Arballo se proyecta como una exploración dentro de los territorios del pasado, la oscuridad y la ausencia. Esta sensación de vacío surge porque los elementos verbalizados son definidos no por lo que son, sino por lo que un día fueron: la infancia, el amor, el lenguaje, etcétera. En sus poemas proliferan las imágenes relativas al fenómeno de la mirada, la enunciación poética, el inconsciente y los procesos del sueño”.

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