El proselitismo es una solemne tontería, no tiene sentido. Hay que conocerse, escucharse y hacer crecer el conocimiento del mundo que nos rodea. A mí me sucede que después de un encuentro tengo ganas de tener otro, porque nacen nuevas ideas y se descubren nuevas necesidades. Esto es importante: conocerse, escucharse, ampliar el círculo de los pensamientos. El mundo está recorrido por caminos que acercan y alejan, pero lo importante es que lleven hacia el Bien”.

Papa Francisco

(Entrevista con Eugenio Scalfari, 1 de octubre de 2013).

Octubre ha sido un mes intenso en la vida de la Iglesia: se celebra un sínodo que reflexiona sobre el anuncio cristiano en la vida de los jóvenes, recordamos a Santa Teresita, patrona de las misiones, el pasado domingo celebramos el DOMUND y se elevó a los altares al Papa Pablo VI, que escribió un gran texto llamado Evangelii nuntiandi, donde hace un fuerte llamado a la comprensión de que la labor de evangelizar corresponde a todos los bautizados, no sólo a los consagrados y religiosos.

¿Qué significa “evangelizar”? ¿Qué es hacer “misión”? ¿La labor de llevar la fe “se mide” en el número de bautizados y en la influencia que tengan los cristianos en la vida de los pueblos? Hay una interpretación del cristianismo (yo considero que errónea) que reduce en términos sociológicos la presencia de la Iglesia. Las misiones no es sólo para que “seamos más”, sino para expandir el testimonio de amor que irradia de quienes han tenido un encuentro personal.

Comparto una experiencia personal, de la cual hoy me arrepiento. Cuando era muy joven estuve de misiones en una comunidad en la frontera norte de México, en un pueblito muy pobre de Chihuahua. En este lugar tenían una fuerte presencia de algunas sectas evangélicas y muchas familias participaban más en los eventos de ellos que en los católicos. Los protestantes tenían un templo bien construido, con aire acondicionado y nuestro templo era un tejado muy pobre que se cayó en un día de mucho viento. Platicando con los señores del lugar, un día yo reflexionaba sobre la frase aquella de que “fuera de la Iglesia no hay salvación” y les advertía que si querían que sus familiares no se condenaran, evitaran a toda costa que se pasaran al “bando de las sectas”.

Ciertamente el tema es muy complejo, pero estaba muy equivocado en suponer que la presencia de Cristo, de su Iglesia, dependía de nuestra actividad, de nuestra iniciativa. Y ahí está el error. En un Ángelus de octubre 2013 el Papa Francisco explicó que “el método de la misión cristiana no es el hacer proselitismo, sino el compartir la llama que calienta el alma… difundir en todo el mundo la llama de la fe, que Jesús ha encendido en el mundo, la fe en Dios que es Padre, Amor, Misericordia”.

Las misiones no son, como muchos suelen pensar, una imposición cultural. No es prioridad de la Iglesia llenar un reporte que cumpla lo que en una reunión de “planeación estratégica” se haya planteado de una meta de crecimiento numérico, como lo hiciera una empresa o una organización política. La presencia cristiana en el mundo no puede seguir esos parámetros, como decía José Luis Restán: “la humanidad tiene necesidad de ser salvada, y no serán sus propias fuerzas, sus intelectuales, las ideologías o los sistemas políticos los que la salven. Sólo Jesús tiene palabras de vida eterna, y sólo nosotros, pobre gente que lo hemos encontrado, podemos portarlo hasta el último rincón”.

Misión y proselitismo son términos que se contraponen. La misión implica apelar a la libertad de los hombres por la que Dios ha querido llamarnos a la participación de su reino, atiende al drama de la vida y respeta la cultura y la tradición de los pueblos. Quien hace misión entiende que las personas no pueden ser nunca medios, sino fin en sí mismos. Quien sigue la lógica del proselitismo sólo le importa el número de adeptos, cumplir con cierta metas arbitrarias y juzga con criterios mundanos, le importa el éxito o fracaso propio, es miope a ver la Providencia y la voluntad de Dios y no le importa el destino del otro. El que hace proselitismo si se dice cristiano, tiene seguramente una fe descarnada, como esos fariseos y rigoristas que tanto denuncia el Papa Francisco.

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Escrito por Gabriel Leal

Aprendiz de filósofo por accidente, docente por vocación y tapatío por nacimiento. Gusto por la literatura, la historia, la política y las tortas ahogadas.

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