De Dios diré solo una cosa: me gusta su proceder. No es presunción, es un proceso personal. Dios nos va hablando en su silencio y “envuelto en su mudez” como escribió Unamuno. Es su método. Ha de respetarse y aceptarse.

Cuando llegué a esta tierra extranjera para mí, sentí que Dios era otro. Era todo tan diverso que me parecía haber cambiado de escenario donde uno de los personajes –aunque importante- era Dios, y por lo tanto debía también cambiar de formas. Pronto me di cuenta que no había cambiado de escenario sino que esa idea era sólo la manifestación de mis ansias de sentirme el protagonista al que le están preparados todos los escenarios posibles y atendidos cuidadosamente para que no se opaque jamás su figura. Las ansias de encontrar el propio ser perdido pueden levantar inmensos escenarios tan falsos, como falso es aquel que no se busca a sí mismo para ser íntegro. Que equivocado estaba.

Sin el sentido de la obligación de mi religiosidad acá, vino un sereno status de libertad que me sugería más vivo y sentido el “Dios ha muerto” nietzscheano. Así, a la manera ingenua como todo mundo lo interpreta. Un Dios muerto en sus preceptos y obligaciones que tantas veces lo hacen estar muy vivo y presente por todos lados. Un Dios al que le hemos dado vida con el temor a ser criticados de irreligiosos o heterodoxos. El mismo Dios que hemos engrandecido con nuestras pequeñeces manifestadas en medir el valor de nuestra fe en base a las formas adoptadas, promovidas y respetadas más que el verdadero intento de configurarnos con él. Y es que, ¿cómo podría configurarme con él si ni siquiera conozco su figura?. Me preguntaba todos los días entre los argumentos filosóficos de las aulas, las frases silogísticas de los libros y el andar de mi vida en una casa donde siempre me sentí huésped.

Para ser más sincero aún, admito que ninguna iglesia la sentí mía. Lejos del sentimiento aquel que abarca el saberte empleado que trabaja y gana por lo trabajado, no es fácil interactuar con asambleas que están habituadas a escuchar sin poner atención y a cumplir satisfactoriamente con el dios que han heredado de una cultura milenaria.

No sé qué estrujaba más mi alma; si alguna señora que movía irreverentemente la cabeza después de una homilía que ella consideraba “demasiado extensa”, o una religiosa que te cierra la ventana en venganza a no acatar su norma de usar cierta indumentaria para la celebración. O las cortinas desgastadas de colores oscuros que se encuentran en las puertas de los templos como tapando con vergüenza lo que se encuentra dentro, tristemente en la mayoría, oscuridad, soledad y silencio. Roma también tiene la capacidad de hablarte de un Dios viejo y olvidado, relegado sólo a vivir entre los monumentos y prisionero de los límites de la cárcel de sus iglesias donde fue depuesto desde hace muchos siglos.

Una de las verdaderas tristezas sentidas es el recordar aquel invierno en Venecia, cuando entrando a aquella iglesia tan antigua como bella, vi con pena que se celebraba en su interior una misa dirigida por un sacerdote anciano y dos personas que apenas se alcanzaban a ver en medio de una oscuridad más agobiante que el frío que hacía. Creo que lo que verdaderamente celebró aquella iglesia en ese momento fue que la tuvimos en cuenta, pues éramos dos entre millones que pasan sin siquiera percatarse que existe.

Con todo, Dios también fue revelando nuevas formas que yo jamás había conocido, o al menos no me había percatado. Libre ya como estaba, de ruidos y de cosas externas, encontraba verdaderos diálogos con él en cada párrafo que leía con atención de algún autor que me fascinaba. Para mí siempre ha sido igual de placentero un texto de la vida u obra de un santo, que un fragmento literario o argumento filosófico. La palabra y sus efectos es una de mis grandes pasiones en este mundo.

Comenzó a hacérseme costumbre leer por las noches y agradecer a Dios por cada frase que me golpeaba el alma. Sentí por primera vez en mi vida esa espontaneidad de la oración que no pide, que no exige, que no reclama, sino que agradece o solamente se recrea en lo que se acaba de descubrir. Veía poco a poco a Dios como dejándose encontrar cuando lo buscaba sin tanto empeño, como hacen los padres primerizos que se esconden detrás de los árboles en el parque para hacerse buscar por sus pequeños sin darles tiempo si quiera de encontrarlos y arrancándoles una sonrisa más de sorpresa y alegría, que de satisfacción por lograr la meta de descubrir el escondite.

También Dios se me descubrió una que otra vez en la presencia de algún otro. Es curioso, en esta casa donde viví el periodo romano, tan interracial y caótica, tan de todo y de nada y tan sin compromiso, vine a sentir los primeros “gracias” por las cosas más insignificantes de la vida que ni yo me daba cuenta que las hacía. Tengo tan presente aquel diciembre donde recuerdo puse algo en la capilla. aAlgo simple alusivo a lo que se celebraba en esos días, mismo que hizo venir a mí al hermano que seguramente menos me percataba de que habitaba en casa, así simplemente a decirme un: grazie di cuore (gracias de corazón), tan sincero y sin doblez, como libre de compromiso. Después de aquel noble sentimiento que me produjo, otro desconocido y estruendoso me lo borró al instante bajo aquello de: “con los tuyos haz hecho tanto y ni siquiera lo tomaron en cuenta”. Me quedo con el primero, porque sé que aquel hermano no va a leer esto y que –admito- es una forma de agradecerle, precisamente porque lo que no está comprometido es siempre más honesto.

Decía al principio que Dios tiene su propia forma de proceder. A nosotros nos gusta llamarle misteriosa, otros más aseguran conocerla porque la han teorizado y la han sufrido. Lo cierto es que la gran mayoría al no comprenderla viven cuestionándola con su queja constante. Recuerdo aquel viaje doloroso en el que dije a Dios como motivado por la altura y las nubes de un cielo que me sugería aún más su cercanía física: “Yo no cuestiono tu proceder, precisamente porque tú jamás cuestionas el mío”. En medio de toda esta trifulca te renuevo mi hágase.

(Extracto de mi publicación a título personal: “Los años en Roma”. Roma, 2017.)

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Escrito por Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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