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PIOLA, Domenico (Génova, Italia, 1628-1703), Job y sus hijos, óleo sobre lienzo, 175,5 x 220 cm.

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Ciclo B

21 de octubre de 2018

Sufrimiento. Pregunta inmensa que desafía incluso nuestra aspiración a Dios. Único escollo capaz de poner en crisis la idea de un Dios bueno y misericordioso. Grito potente que la conciencia humana lanza al cielo, y al que no parece recibir más respuesta que el silencio. Látigo violento contra las pretensiones y arrogancias. Y no consiste solo en el dolor. Es el dolor consciente, que se experimenta y que se conoce, el propio y el ajeno, el actual y el virtual, sombra acechante que, escondida en los matorrales, parece esperar el momento propicio para saltar y hacernos daño.

¿Calla, en verdad, Dios ante el sufrimiento? No. Pero la suya es una respuesta que no esperábamos. Y aunque la ha expresado con solidaria claridad y la Iglesia no ha dejado de proclamarla con asombro, cada vez que la volvemos a escuchar, nos desconcierta. Es Cristo, el Hijo, el siervo, el único perfectamente justo, el mismo que, sin embargo, cargó sobre sí nuestros males y nos curó con su amor. El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Con sus sufrimientos, nos justificó. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Dios nos responde con una figura, no con  una explicación. Pone ante nuestros ojos a Jesús crucificado, y nos pide recogernos ante él, dejarnos tocar por la compasión que despierta y descubrir que Él está ahí, que no nos deja solos y que Él mismo ha sentido el vacío desgarrador de nuestro sufrimiento. No nos dice que no suframos. Nos dice que Él sufre con nosotros. Y con ello adelanta algo más grande que el sufrimiento: su abrazo compasivo, que sella un amor infinito. Una promesa inmensa, que nos advierte que Él está dispuesto a todo por nuestro bien. El suyo no es un argumento, sino un testimonio. Una declaración de amor. Y entonces aún el sufrimiento, por atroz que sea, se transfigura. No lo entendemos, pero adquirimos la certeza de que puede ser bendito, si el mismo Dios lo ha hecho suyo.

Ciertamente, el sufrimiento no tiene la última palabra. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Con el lenguaje que tenía a la mano, el profeta habla de vida y fecundidad después de la muerte. Y el autor de la Carta a los Hebreos lo puede expresar con más precisión: Jesús, el Hijo de Dios, ha entrado en el cielo. El sufrimiento no es un punto de llegada, sino un camino por el que se transita. Lo ratifica Isaías: por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará. La fatiga es real. Pero después de ella hay luz y saciedad.

También Jesús ante la solicitud de los hijos de Zebedeo dirige su atención al sufrimiento de la cruz. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado? Ellos confirmaron la voluntad de hacerlo, y el mismo Señor les dio la razón. Pero salvó su pretensión del peligro de la soberbia. Buscar el honor y el poder arruina el amor. Seguir a Cristo e incluso dar la vida sin volcar en ello benignidad gratuita, vacía el Reino. De ahí la urgencia de asumir con seriedad su enseñanza: “El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”. Servir y dar la vida: esa es la médula del testimonio de Cristo. Para eso lo contemplamos con devoción. Sólo evitamos la necedad de procurar grandezas huecas o de discutir por sandeces si descubrimos el verdadero significado de la plenitud humana, que Cristo nos manifiesta. No nos convencerá con palabras, sino con su ejemplo, un ejemplo conmovedor y provocador, que ensanchará nuestros horizontes llevándolos más allá de la soberbia y la envidia.

Al celebrar estos misterios, mantengamos firme la profesión de nuestra fe y acerquémonos con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno. El mismo Señor al que alabamos nos muestra el secreto de la vida plena y feliz. No evade el sufrimiento, sino lo convierte en signo de amor e instrumento de paz. Y nos enseña a vivirlo también adheridos a él, cargándolo de sentido. Rindámosle el homenaje de nuestra gratitud y reverencia, y permitamos que la imagen preciosa de su cruz nos selle hasta que se reproduzca en nuestro corazón. El Señor se muestra bondadoso. En Él está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo.

Lecturas

Del libro del profeta Isaías (53,10-11)

El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos.

Salmo Responsorial (Sal 32)

R/. Muéstrate bondadoso con nosotros, Señor.

Sincera es la palabra del Señor
y todas sus acciones son leales.
Él ama la justicia y el derecho,
la tierra llena está de sus bondades. R/.

Cuida el Señor de aquellos que lo temen
y en su bondad confían;
los salva de la muerte
y en épocas de hambre les da vida. R/.

En el Señor está nuestra esperanza,
pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo.
Muéstrate bondadoso con nosotros,
puesto que en ti, Señor, hemos confiado. R/.

De la carta a los hebreos (4,14-16)

Hermanos: Puesto que Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo, mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno.

R/. Aleluya, aleluya. Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos. R/.

Del santo Evangelio según san Marcos (10,35-45)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Él les dijo: “¿Qué es lo que desean?” Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les replicó: “No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?” Le respondieron: “Sí podemos”. Y Jesús les dijo: “Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quien está reservado”. Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos los oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

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Escrito por P. Julián López Amozurrutia

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico.

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