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Siento una admiración profunda por la persona. Nacemos sin pedirlo, luchamos durante años contra miles de obstáculos, dificultades y tragedias sabiendo que al final de la vida nos aguarda un abismo insondable del que nada podemos saber. Somos todos un auténtico milagro. Hemos sido capaces de construir un mundo imposible, maravilloso por sus logros sociales y tecnológicos, un mundo de progreso evidente, a pesar de los escollos de la historia y las inconsistencias de nuestro propio espíritu. Somos al mismo tiempo frágiles y tercos: a nuestra condición trágica contraponemos una infinita capacidad de soñar y hacer de esos sueños motor de vida.

Hoy más que nunca nos enfrentamos a un reto no esperado: el sistema que nos ha propulsado desde que vivíamos en las cavernas es el mismo que ahora se encuentra llenando de sufrimiento nuestra psiquis. Me refiero a los problemas de salud mental que no tienen como origen una causa endógena o exógena específica, sino que son la consecuencia directa de un sistema de valores competitivos que nos condenan a una permanente acumulación materialista. Es un mal del alma. Nos hemos convencido de que nuestra obligación más elevada es la de trabajar para adquirir riquezas; hemos hecho de esa fantasía un motivo dador de sentido. Como se puede ver fácilmente, todo esto es un absurdo. No somos ángeles, es verdad, y requerimos acumular materialmente todo aquello que nos permita asegurar nuestra subsistencia, pero esto no ha de ser un fin sino un simple medio. Nuestra condición humana consiste sobre todo en una insobornable vocación trascendente que nos empuja a salir de nosotros mismos para buscar el encuentro del otro, de lo otro. Si nos olvidamos de la comunión estamos encerrando nuestro espíritu en un oscuro calabozo sin esperanzas.

El pobrecito ser humano necesita cambiar su perspectiva, revolucionar su existencia entera si es que quiere liberarse de esta nueva pestilencia posmoderna: ansiedad, depresión, angustia, sentimiento de vacío, ideas suicidas y demás alimañas psíquicas. Esta es la gran paradoja de nuestro tiempo: es precisamente en el seno de las sociedades opulentas donde crecen como en ningún otro lado las hierbas más agrias de la locura.

Nuestros padres y nuestros abuelos vivieron a un ritmo mucho más lento que nosotros. Conocían desde jóvenes cómo sería su vida y, lo más importante, evitaron en todo momento llenarse la cabeza con las especulaciones delirantes con que nos ha engatusado el espejismo de la competencia. La nuestra es la sociedad de la incertidumbre. Se me ocurre pensar, pues, que la sanidad mental es hija de la aceptación, de la renuncia a una heredada obligación de combatir contra todo aquel que se oponga a nuestros planes. Seamos sabios como nuestros ancestros, es decir, bajemos la velocidad, durmamos más, caminemos más, conversemos más, no nos tomemos tan en serio, aceptemos nuestra fragilidad y, sobre todo, agradezcamos el misterio cotidiano de la vida. Lo digo en serio, no como una expresión retórica sino como la afirmación de un convencimiento profundísimo: nuestra existencia es un prodigio más grande que la capacidad que tiene nuestro cerebro de entenderlo. No somos héroes, somos un poco de barro y memoria. Nada más.

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Escrito por Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Poeta y escritor. En el mundo académico imparte cursos de lengua y literatura latinoamericana, así como un taller de composición para hablantes nativos durante las primaveras. A la fecha ha publicado cinco libros de poesía, uno de crónicas y un libro de ensayos: Las comuniones insólitas (ed. UNISON 1998); El vértigo de la canción dormida (Ed. UNAM 2000); Pantomimas (Ed. ISC 2001); Oros siempre lejanos (Ed. ISC 2008); Las sanciones del aura (Ed. ISC 2010); en crónica: Como si fuera verdad (Ed. ISC 2016). Su libro de ensayos se titula: Buenos salvajes –seis poetas sonorenses en su poesía. Ha sido ganador de premios de poesía a nivel local (Sonora) y nacional, como el premio Clemencia Isaura (1999), los Juegos Trigales del Valle del Yaqui (2001), mención honorifica en el premio Efraín Huerta de poesía (2001), así como los premios binacionales Antonio G. Rivero (1998) y Anita Pompa de Trujillo (2006). Sobre su obra poética, el Diccionario de escritores mexicanos dice: “La poesía de Álex Ramírez-Arballo se proyecta como una exploración dentro de los territorios del pasado, la oscuridad y la ausencia. Esta sensación de vacío surge porque los elementos verbalizados son definidos no por lo que son, sino por lo que un día fueron: la infancia, el amor, el lenguaje, etcétera. En sus poemas proliferan las imágenes relativas al fenómeno de la mirada, la enunciación poética, el inconsciente y los procesos del sueño”.

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