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De la mano de Netflix, la directora neoyorquina Nicole Holofcener (Una segunda oportunidad, 2013) compone una nueva pieza sentimental sobre los efectos de la separación y el divorcio tardíos: The Land of Steady Habits (2018) aborda la vida del divorciado, retirado y solitario sexagenario Anders Hill (Ben Mendelsohn) que, tras alcanzar todos los ‘éxitos’ de la vida cotidiana en los barrios privilegiados de Connecticut, decide abandonar la ruta de los ‘hábitos constantes’ para enfrentarse a un confuso escenario de trágicas elecciones.

A diferencia de Una segunda oportunidad (con la comediante Julia Louis-Dreyfus, Eleine en Seinfield), Holofcener desarrolla un humor más complejo y duro al presentar las dolorosas peripecias de Anders en la frontera de la responsabilidad de la edad madura. El protagonista experimenta la acelerada pérdida de sus principales relaciones humanas basadas en su proveeduría, su trabajo, el consumo, las obligaciones sociales y las expectativas de su comportamiento. Al abandonar esos hábitos constantes, Anders se siente como un nodo ausente en una gran trama que conserva su función y estructura a pesar de que ha sido arrancado de ella. Así lo confiesa en un bar ante un habitué: “Solía tener esa visión: Mi vida era como una telaraña. Mientras más líneas de esa telaraña salían de ti, se sostenían a ti, más importante eras. Pero, si desapareces, entonces la gente que estaba en tu vida ahora confía en alguien más. Y así la telaraña simplemente se reajusta por sí sola y continúa sin ti”.

The Land of Steady Habits (que también es uno de los lema del estado de Connecticut) es la adaptación de la novela homónima de Ted Thompson; “una propuesta narrativa sobre la dolorosa compasión de aquellos silenciosos solitarios y una mirada honesta a las tradiciones norteamericanas de los suburbios”, según afirma en el propio escritor en su blog. El filme, sin embargo, logra retratar esa angustia pre-navideña autodestructiva de Anders al permitir que su liberación de los hábitos constantes lo convierta en un confundido varón entrado en años que coloca excesivos adornos navideños en su modesta residencia de soltero, que inicia relaciones infructíferas y vergonzosas con desconocidas, que se permite un comportamiento auténticamente irresponsable y que, entrado en problemas, vuelve a la búsqueda de las comodidades del hogar que él abandonó. Anders vive una clásica sobrecompensación ante su desorientado estado anímico mientras su mujer Helene (Edie Falco) y su nueva pareja (Bill Camp), su hijo Preston (Thomas Mann) y las antiguas parejas en su estrecho círculo social le han cerrado las puertas de sus vidas, tanto las abstractas como las necesarias, pero no las de la costumbre.

El filme está construido bajo la clásica estructura de personajes en la tragedia griega: el protagonista es Anders, el marido; su hijo Preston es el deuteragonista y su exmujer, Helene, la tritagonista; pero Charlie y su madre -amiga de Helene- son los verdaderos facilitadores del drama. La amiga, inalterable y confidente, que ha ayudado en la nueva relación afectiva a Helene; y Charlie, el joven adicto a las drogas, que Anders reconoce en su propio hijo. Anders, Preston y Helene tendrán que padecer el tormento de los impulsos irracionales que cuestionan la formalidad del mundo racional.

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The Land of Steady Habits, junto a otras obras norteamericanas contemporáneas (Fourloughde Laurie Collyer; y la impecable Three Billboards Outside Ebbing Missouri, Martin McDonagh), forma parte de los esfuerzos de analizar los diferentes perfiles sociales y culturales de la Norteamérica profunda a través de personajes inusuales. Es el caso de estos “hábitos constantes” a los que está acostumbrada la clase media-alta privilegiada en Estados Unidos, que esconde tras los muros de sus perfectas residencias los problemas de sus familias: el individualismo, la posición económica, las adicciones, el hastío y el irreflexivo sentido de vivir en una falsa libertad.

Son filmes, sin duda muy diferentes en calidad cinematográfica, narrativa y actoral, pero en el fondo comparten el leitmotiv de sus agonistas: su nula sensación de origen, camino y trascendencia. Es quizá un reflejo de una cultura norteamericana ‘estancada’, de ignorancia etiológica que ya no reconoce ningún origen ni va a sitio alguno, que sólo acontece en una realidad sucedánea, padecer síntomas sin causas ni consecuencias. Anders está convencido de lo que dejar atrás en su vida y desea ya no formar parte de esos “hábitos constantes” (frente a los trenes de la tarde que llegan con los trabajadores de la ciudad, su colega del bar le pregunta: “¿En realidad quieres volver a eso?”); pero en lugar de emprender un nuevo camino permanece erosionándose, como un tronco viejo que ha perdido todas sus hojas en el invierno.
@monroyfelipe

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Escrito por Felipe Monroy

Periodista y escritor

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