…continuación de “¿Quién soy?” y “Soy uno que se mira

estrellas

Prófugo de mi ser, que me despuebla

La antigua certidumbre de mí mismo.[1]

 

Son las palabras tomadas de Octavio Paz punto de partida del primer envío de esta serie de tres. Aún para el yo protagonista llega un punto en que no es sino misterio no construido aún.

En la segunda entrega tomamos otro poema en que el poeta custodia una mirada atenta del yo que desea construirse sobre el yo que desea ser construido. En la búsqueda de sí mismo, me busco y no me encuentro: vuelvo el rostro: nadie… dice al verme: nadie.[2] Soy yo el protagonista: el yo conciente o el yo inconciente, el yo externo o el interno, el exterior o el íntimo… en cualquier caso: “nadie”, como expresando una última incognoscibilidad. El yo no se construye a sí mismo.

El poeta es uno que vive intensamente y sin tapujos. Los poemas revelan cosas que quizás nunca revelaríamos y exaltan lo importante que se escapa a la mirada cotidiana. Por eso son tan importantes. Los que he puesto de Paz, revelan algo radicalmente cierto, que podemos y de hecho experimentamos todos en algún momento: el yo no se basta a sí mismo; es más, no se encuentra.

Hay que resaltar la belleza de la autonomía del individuo –he querido enfatizar en ella en los envíos anteriores–: que uno es el arquitecto de su propio destino, que uno construye el mundo y se construye a sí mismo. Junto al edificio construido, no obstante su belleza y solidez, adviene el sentimiento de incompletud del propio ser; esa dominante soledad kierkergaardeana. El hombre está habitado por silencio y vacío.[3]

Hay entre todos los poemas de Paz uno en que se le ve como en un estado apacible. Como si el conflicto irresoluble del sí mismo, encontrara por fin una solución.

Este poema es un destello, un encuentro. Un hecho imprevisto, una no-construcción.

Sólo es un poema. Un poema suelto entre muchos otros; quizás por eso sea tan importante y determinante.

Muchos poemas giran alrededor de esta pregunta: ¿cómo saciar su hambre / cómo poblar su vacío?

Este poema es una especie de saciedad de esa hambre. Momentánea, imprevista y no construida.

Por eso es tan importante.

He aquí el poema:

 

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en ese mismo instante

Alguien me deletrea.[4]

 

El poema, después del recorrido que hemos hecho, admite ya pocos comentarios (precisaría un tratado).

El yo es autonomía y construcción. Sin eso sería veleta.

Pero también es soledad y misterio. Con ello sería angustia.

Ambas son experiencias que entran en la dimensión religiosa: no se resuelven con teorías ni se vencen con argumentos ni se pueden eliminar de la existencia.

La que presenta Paz en este poema, es una experiencia absolutamente nueva, que no elimina la autonomía pero rescata al mismo tiempo de la pretensión –y angustia– de construirse el yo a sí mismo.

Es una experiencia no construible. El reconocimiento de un Otro que me ve y deletrea.

 

[1] Octavio Paz, La caída.

[2] Octavio Paz, La calle.

[3] Octavio Paz, El prisionero.

[4] Octavio Paz, Hermandad.

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Escrito por Hugo León

Oriundo de Chihuahua. Radico en CdMx desde hace siete años. Padre de cuatro, esposo de una. Filósofo de formación, educador por convicción y necesidad. Carpintero y escultor en mis tiempos libres. Intento de poeta.

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