¿Somos buenos y nos han hecho malos o nos hemos hecho malos? o, ¿somos malos y de alguna manera muchos han conseguido dejar de serlo por las circunstancias o por una lucha personal por no serlo? ¿O más bien no somos ni buenos ni malos?

No pretendo dar respuesta absoluta a estos cuestionamientos, sino más bien dejarlos a ustedes con más preguntas que respuestas, pues de eso se trata la filosofía, ¿no? Veamos.

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Tema discutido en la historia de la filosofía ha sido el de la naturaleza buena o mala del hombre. La pregunta ha sido (y sigue siendo) si nacemos buenos o nos hacemos buenos o, por el contrario, si nacemos malos o nos hacemos malos. ¿Tendemos hacia el mal, más que al bien?

Filósofos como Rousseau y Hobbes tomaron posturas opuestas. Uno pensaba que el hombre se hacía malo al vivir en sociedad, que ésta lo corrompe de muchas maneras y el otro afirmaba que este el hombre es malo por naturaleza. Homo homini lupus es una frase que se le atribuye a Hobbes y significa “el hombre es el lobo del hombre”.

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En cambio, siglos antes (IV a. C.), Aristóteles escribió que el hombre no nace virtuoso (bueno) y, por tanto, tampoco vicioso (malo), sino que nace con la predisposición de adquirir determinados hábitos que después se asentarán en el hombre y determinarán su carácter. Por ello, la insistencia del Estagiritra en la importancia de la buena educación desde temprana edad; cosa que aprendió, a su vez, de su maestro Platón.

Aunque él afirmaba que tenemos una esencia dada que determina de alguna manera nuestra forma de ser (capacidad de llegar a ser), potencialidad no determinada es la que puede ser transformada por medio de las virtudes, las cuales Aristóteles dividió en dos grupos: intelectuales (sabiduría, arte, ciencia, intuición intelectual y prudencia) y morales (liberalidad, magnificencia, magnanimidad, mansedumbre, amabilidad, sinceridad, agudeza, justicia, amistad). Las primeras tienen como finalidad perfeccionar el intelecto y las segundas la voluntad, por tanto, el actuar.

Así, de acuerdo a la filosofía aristotélica, en la medida en que el hombre lleve a cabo actos buenos de manera libre y voluntaria poco a poco se convertirá en un hombre virtuoso (bueno) o bien, si los actos que acostumbra realizar son malos, se convertirá en un hombre vicioso (malo).

Sin embargo, lograr la virtud no es algo sencillo, y una buena educación no es garantía de ello, aunque sí disminuye en gran medida la posibilidad de que quien sea bien educado se dirija hacia el mal.

Educar en la virtud va más allá de la teoría, pues es llevar el conocimiento a la vida práctica, es exponer a las personas desde temprana edad a situaciones que den forma a su carácter, que ayuden a que sean capaces, por ejemplo, de dominar sus deseos y pasiones, a contenerse cuando sea debido, a ser pacientes, obedientes cuando aquello que debe hacer sea recto, a resistir en las situaciones difíciles y duras, es decir, a ser fuertes, pues haciendo cosas buenas es como aprenderemos a ser buenos.

Y si esto es así, si Aristóteles tenía razón y no nacemos siendo ni buenos ni malos, sino con la disposición de ser cualquiera de los dos, y si es en la educación en donde radica el resultado, entonces hemos de hacer otras preguntas distintas a las planteadas al comienzo.

La preguntas son: ¿en dónde estamos fallando? ¿estamos educando o mal educando, formando o deformando? ¿o el ideal aristotélico de vida buena y felicidad es algo enteramente utópico?

Cierto es que cada generación ve nuevos problemas en las nuevas generaciones, y decimos o escuchamos frases como: “cuando nosotros éramos niños”, “es que estas nuevas generaciones ya no saben lo que es el respeto”, o “vamos de mal en peor”. Pero ¿eso significa realmente que la humanidad ha ido decayendo?, ¿o será que siempre hemos sido iguales y lo que van cambiando son solo las circunstancias en las que nos desenvolvemos? ¿será que no hemos dado en el clavo en cuanto a educación se refiere?

Si es verdad que no venimos a la existencia totalmente determinados y la educación es fundamental en el camino que tomará nuestra personalidad y carácter, también es cierto que hay otros factores que afectan en gran medida tal desarrollo, por ejemplo las circunstancias. Ya lo decía el filósofo español José Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, pues ellas, incluso, van marcando la pauta de la educación, ya que ella depende a su vez de la familia, cultura, tiempo y situación geográfica. por mencionar algunas circunstancias.

Y entonces vamos adaptando la educación a las circunstancias particulares en las que nos ha tocado vivir, pero también, (y esto es lo que les quiero proponer para meditación) la educación (o la falta de ella) va modificando las circunstancias antes mencionadas. Es decir, la educación se ve afectada por las circunstancias, pero a su vez las circunstancias se van modificando por la educación.

Y entonces, ¿qué es lo que podemos hacer? ¿Irnos simplemente adaptando o acostumbrando a que así son las cosas, que así son los jóvenes de hoy, así también el estilo de vida (cómodo, acelerado, tecnológico, rápido, etc.) y el tiempo en el que nos ha tocado vivir? O bien, poner un alto y analizar crítica y detenidamente cuáles son aquellas circunstancias a las que realmente nos debemos adaptar y cuáles son aquellas a las que no, porque no son necesariamente buenas.

Parece que la educación se ha tenido que ir adaptando a todas las circunstancias, y ella misma se ha reinventado una y otra vez, porque hay que estar innovando constantemente, porque las generaciones nuevas necesitan otras cosas, necesitan por ejemplo estar entretenidas para poner atención, necesitan ser tratadas con menos exigencia porque parece que ya no soportan el estrés y, por lo mismo, no lo saben manejar; necesitan ser instruidos para obtener los mejores trabajos con los mejores sueldos y así ser “exitosos”; necesitan tantas cosas, pero muchas veces ni si quieran saben lo que necesitan y es ahí en donde se pierden y es por eso que necesitan una guía.

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Necesitan saber qué es lo que es bueno y malo, necesitan aprender a ser críticos, discernir, perseverar, trabajar, acometer, ser pacientes, etc., en otras palabras, necesitan, como ya lo habían dicho los griegos, virtudes. Y no la teoría sobre ellas, no necesitan saber qué es una virtud y cuáles son (aunque también eso es importante, pero eso vendrá después), sino que es algo que se enseña y aprende viviéndolo, haciéndolo, la virtud moral es un conocimiento práctico.

“Refugiándose en la teoría, creen filosofar y poder, así, ser hombre virtuosos; se comportan como los enfermos que escuchan con atención a los médicos, pero no hacen nada de lo que prescriben”. Aristóteles, Ética Nicomaquea, II, 4 1105b12-15.

Y es ahora cuando volteo a ver a la sociedad en general, a las familias, escuelas y universidades. ¿Qué estamos educando? O más bien ¿qué nos está faltando? Tal vez resistir o andar un poco más en contra de las circunstancias, es decir, por ejemplo, si es un asunto generacional que los niños y jóvenes no sepan manejar situaciones de estrés y por ello suelen abandonar constantemente las actividades a las que se dedican, para buscar otras nuevas con evidente facilidad, ¿la educación debe adaptarse a eso? O bien, ¿se debería reforzar la educación para enseñarles a ser fuertes, pacientes y perseverantes? Si todo lo quieren aquí y ahora, ¿debemos adaptarnos a eso? o ¿se debe enseñarles a esperar y luchar por lo que quieren?

Adaptarse a la circunstancias parece traducirse en darles todo lo necesario para hacerlos débiles y pusilánimes y luego ello desemboca en la ley del mínimo esfuerzo; y así será siempre más fácil que otros hagan, que otros batallen, que otros trabajen; bien se dice que “la pereza es la madre de todos los vicios”. ¿Quién quiere a los que no trabajan? ni los dioses, decía Hesíodo:

“Los Dioses y los hombres odian igualmente al que vive sin hacer nada, semejante a los zánganos, que carecen de aguijón y que, sin trabajar por su cuenta, devoran el trabajo de las abejas”. Hesíodo, Trabajos y días.

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Todo esto lleva al conformismo y a otros vicios que conducen a acciones de naturaleza malvada como la corrupción, el robo, la mentira, soberbia y la envidia.

¿Qué tal que educamos de verdad? ¿qué pasaría si exigimos cosas más y mejores a las personas? ¿qué pasaría si en lugar de buscar complacer cada deseo, hiciéramos que las personas luchen por lo que realmente quieren? Se valorarían más las cosas, las actividades, el trabajo mismo, ¿no? ¿Qué sucedería si en lugar de buscar en cada momento la comodidad que proporciona el estilo de vida moderno, a veces hagamos cosas distintas que requieren más esfuerzo, aunque parezcan antiguas o retrógradas? ¿por qué lo viejo debe ser sinónimo de malo? Si hay cosas que vale la pena rescatar del olvido del tiempo, si hay cosas que no cambian, cosas que vale la pena mantener aunque parezca que cada vez cuestan más.

“Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío”. Confucio.

Y esto es la verdadera educación, la que en esencia no cambia (o no debería hacerlo) con el pasar del tiempo, aquella que forja el carácter, que enseña que lo bueno no siempre es fácil y que lo malo, aunque se consiga con más facilidad y en principio, produzca placer, a la larga traerá consecuencias como las que siempre hemos sufrido, generación tras generación.

Este asunto de la maldad, de los vicios, de la mentira, corrupción, guerras, envidias no son signos de la generación actual, son problemas que han aquejado a la humanidad desde siempre, porque por difícil que parezca creerlo somos los mismos, no hemos cambiado, somos débiles, eso sí, y necesitamos hacernos fuertes.

Entonces, ¿somos buenos o malos? La respuesta es que somos lo que hacemos y ello se convierte en hábito y en la medida en que esos hábitos sean buenos, nuestra tendencia será hacia la bondad; pero en la medida en que esos hábitos no lo sean, la tendencia será hacia el mal. Aunque la lucha interna esté siempre presente, la buena educación, la de verdad, la que forma, encamina las decisiones y los actos.

Actos que se vuelven hábitos, hábitos que se convierten en carácter: bueno o malo. A su vez, una personalidad buena o mala, desencadena otras acciones, también, buenas o malas. Será, o un círculo vicioso, o uno virtuoso.

Las consecuencias de no educar o de hacerlo mal, finalmente, recaerán sobre nosotros mismos (Homo homini lupus), pues habremos de enfrentarnos a los problemas que esto conlleva; pero, igualmente, las consecuencias de educar bien se verán reflejadas en la sociedad, en todos nosotros.

Seamos insistentes, persistentes, fuertes y valientes para mantener y defender lo que vale la pena: lo bueno.

Termino con las palabras que Sócrates pronunció al final del juicio en su contra:

 “Les pido una sola cosa. Cuando mis hijos sean mayores, atenienses, castigadlos causándoles las mismas molestias que yo a vosotros, si os parece que se preocupan del dinero o de otra cosa cualquiera antes que de la virtud, y si creen que son algo sin serlo, reprochadles, como yo a vosotros, que no se preocupan de lo que es necesario y que creen ser algo sin ser dignos de nada” (Platón, Apología de Sócrates, 41e)

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Vámonos haciendo más buenos, pues…

 

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Escrito por Elsa Sepúlveda

Enamorada de la filosofía, docente por convicción y amor a la verdad. Una regia que escapó de la industria para encontrarse con las humanidades y la filosofía.

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