Preámbulo del ensayo: ‘Juan Rulfo y el sueño transformante de ser’. Centenario de un sueño llamado Juan Rulfo. Lectura del Pedro Páramo de Juan Rulfo desde la óptica de Los sueños y el tiempo de María Zambrano. Publicado en la revista Isidorianum de la Universidad de Sevilla. 

El viento fresco de aquel agonizante invierno, que como cada año, sin ser frío lo suficiente para recordar algún dato extraordinario ni tan tibio como para no merecer tal nombre como estación del año y escenario de navidades, sacudía los árboles de la plaza frontal de la catedral que identifica a la capital michoacana. El olor a café recién hecho se hacía sentir hasta los jardines aún secos de los andenes de aquellos portales decorados con uno que otro motivo navideño olvidado o más bien como esperando ser quitado con dignidad en los días de la fiesta de la candelaria o en las proximidades de la cuaresma. El sol tibio de aquella mañana de marzo de 1939 se presentaba tempranero con fuerza a la jornada de un transcurrir normal de la vida cotidiana de la ciudad. 

Estudiantes con libros bajo el brazo pasaban por aquellos portales a paso veloz mientras varios grupos de ancianos parecían conspirar envueltos en el torbellino del humo de sus cigarros baratos. Se dejaba también sentir el olor a perfume femenino; tal vez de las secretarias y oficinistas que no hacía tanto habían iniciado actividades en los edificios de gobierno y en los negocios céntricos. 

Me encuentro en el mismo lugar de siempre: la mesa aquella para dos personas en el rincón izquierdo delimitado con algunas macetas que cumplen malamente –para algunos- el oficio de ceniceros. Ahí desde donde se mira perfectamente la entrada al pasillo que lleva a la terraza y se escucha con claridad a doña Mari dar el “buen día” a los que apenas se van acercando. Es el café “Del Prado”, recinto del culto cotidiano al deseo de paz y la veneración a la bebida que pareciera contenerla: el café. Aunque debo decir también que este espacio es una capellanía de la literatura; de la que llega de fuera y de la que se produce dentro, porque me consta que no sólo el café aclara el paladar de tantos de los que en este momento observo a mi alrededor sino también seguramente les aclara el alma. Los veo lo mismo leer y suspirar, que escribir y ensimismarse. Cada quien en su espacio y en su propia historia, pero todos de frente a una taza que en poco se convierte en testigo de acontecimientos inimaginables, de pensamientos jamás habidos y de geniales luces nuevas que se encienden al ritmo de los sorbos. Cada quien, pienso, viene a escribir aquí un capítulo de su vida, y si no lo escribe, entonces lo pide o lo invoca, lo cierto es que aquí se siente uno nacer, como tomar parte del mundo sacudiendo las raíces. 

Desde que comencé a narrar esto no he despegado la vista a aquella mujer, que desde su llegada llamó mi atención por su gran cuello largo y pelo recogido. Aquella del cigarro que se consume si fumarse. Cada que suena la campana del reloj de la catedral mira a todos lados como esperando a alguien. No la reconozco entre los frecuentes a este lugar donde todos nos hermanamos y nos damos de tal manera espontánea y efusivamente el saludo y despedida, como igual nos sabemos de memoria el cómo se bebe el café cada uno. Me parece que es extranjera, no me resulta familiar su semblante. Quisiera escucharla hablar para comprobar lo que pienso, aunque creo está ahorrando palabras para el encuentro que seguramente tendrá y que ya está a este punto retrasado. ¡Bah!, menos mal se acordó del cigarro, o de lo que queda de este, una bocanada y… “¡Perdón, una disculpa, no lo vi entrar!”, le dice tirando el humo por la boca al joven que de pie frente a la mesa le extiende la mano. “No se preocupe doctora Zambrano. Es un placer conocerle en persona. Juan Pérez Rulfo para servirle”. Estoy perplejo. Que bella sincronía formada por frases tan triviales entremezcladas con un notable acento español y mexicano. Me viene otra vez esa sensación desconocida de tanta familiaridad para con ambas maneras de hablar, como si algo desde lo más hondo de mí recordara algo pasado que no tiene rostro presente, ni palabra para describirlo, ni forma alguna de expresarlo.  

La forma de hablar de aquel joven me resulta familiar, de hecho me vienen a la mente algunas personas de rostros conocidos pero que no tienen nombre. “Nací en Apulco, pero fui criado en San Gabriel, al sur de Jalisco”. Interrumpió el jovencito con tono presuntuoso y algo en mí se conmueve, no sé por qué. 

Llevan más de hora y media hablando en la mesa aquella lejana a donde me encuentro y hay demasiado ruido en el lugar. Han sido ya tantos cigarros fumados como tazas de café recogidas por el joven mesero que los atiende con afán. Hablan de proyectos personales no obstante haberse apenas conocido. Ella dice sentirse en un mundo ajeno al suyo e impuesto por fuerza pero aceptado con gusto y agradecimiento. Él habla de sus estudios actuales, de sus sueños universitarios de manera institucional y de sus tendencias hacia la literatura, las cuales las está expresando por escrito en un proyecto de novela que acaba de ser publicado hace meses y en sus ya hasta el momento bastantes cuentos dados a algunas revistas para su difusión. Ella le dice estar casada y en compañía de su marido quienes se autonombran como exiliados por causas que prefiere mejor no compartir, como si la herida del hablarlo estuviera demasiado abierta aún. Presume tener también ya publicado un libro completo en su país, España. “¡Otra taza de café, por favor!”, -dice alzando la mano con voz escandalosa aquel joven-, “también para la señora”, mientras guiñe el ojo a doña Mari que está delante de la gran máquina del café. “Tengo un proyecto editorial ambicioso. Un sueño dentro de un sueño”. Balbucea con palabras entrecortadas mientras da el primer sorbo a la taza de café que le entrega en la mano el mesero. “No se debe ambicionar al escribir, más bien se escribe sólo para que la vida se exprese”, replica ella con tono seguro, como corrigiendo. Suenan fuerte las campanas de la catedral a forma del ángelus, o al menos así parece, aunque al poner atención me doy cuenta que se ha hecho de noche y no parece haber un alma a nuestro alrededor. ¿No era hace poco la mañana?. Me pregunto. 

Mientras los sigo mirando platicar se me pierden sus voces, probablemente sea el sonido de las olas del mar y el viento que a esta hora ha comenzado a soplar. Alcanzo después a escuchar una voz suave que me trae el viento y que dice: “Tuve un sueño; es un viaje al interior, a los misterios del encuentro conmigo mismo, entre los pasadizos de las alegrías y las cavernas del temor. Lo voy a llamar ‘Pedro Páramo’ y quiero que sea realidad”. El agua del mar me alcanza los pies y me encuentro solo, en la noche, y con más incertidumbres que certezas de cómo sé los detalles de ese diálogo y a dónde se había ido ese lugar que para ese año que he recordado ni siquiera existía. Doy un sorbo más al café ya frío de la taza que traigo en mis manos y que está manchada con el mismo lápiz labial de color tenue de aquella mujer de gran personalidad que esperaba en aquella cafetería citadina. El café está frío y en la taza está escrito con letra rústica: “Recuerdo de Comala”.   

Realismo mágico y Razón poética: literatura y filosofía en armonía propositiva que revela el origen de ambos proveniente de la misma semilla del ser. Juan Rulfo y María Zambrano nos enseñan que hay encuentros más profundos y reales que aquellos sólo históricos. 

JOSÉ DANIEL RAMOS ROCHA

Pontificia Universidad Antonianum
danyofm28@live.com.mx
Tívoli, Italia. Octubre 2018

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Escrito por Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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