Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

Ciclo B

14 de octubre de 2018

Viva. Eficaz. Aguda. Penetrante. Capaz del juicio más certero. De mirada a la que todo se le transparenta, aún lo más profundo. Así describe el autor de la Carta a los Hebreos a la palabra de Dios. Su majestad es tal –lo entendemos en Cristo– que se identifica con Dios mismo. Es el pronunciarse de Dios al que nada se le escapa, para el que nada permanece oculto. El que desenmascara toda hipocresía y resuelve toda duda. El que vacía de pretensiones al rico y ofrece salvación al que suplica. El que pone en evidencia el bien e impulsa a su cumplimiento. El que es anhelado por el hombre sensato como preferible a cetros y tronos, más valioso que la salud y la belleza, luz superior a toda luz, porque su resplandor nunca se apaga.

Enséñanos a ver, Señor, lo que es la vida, y seremos sensatos, canta la piedad de Israel. Y la búsqueda del hombre honesto lo condujo también a Jesús, a quien de alguna manera reconoció también como maestro bueno, bueno con la bondad que sólo es de Dios. “¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Pregunta preciosa. Las personas y las culturas que la olvidan se ponen en peligro de sucumbir. La sabiduría eterna tiene, en el cosmos, su espacio de resonancia en el corazón del hombre. Pero podemos cerrarnos ante ella. Cerrarnos sofocando su gemido o no permitiéndole alcanzar su ímpetu. En efecto, aquel buen hombre que se había acercado a Jesús, el que había logrado formular la pregunta preciosa y lo había hecho ante el único que podía realmente contestársela, al escuchar el desafío al horizonte mayor del evangelio, se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Y Jesús, que lo había mirado con el amor de la palabra eterna que se reconoce reflejado en un corazón disponible, sentenció ante aquel fracaso algo que aún hoy nos desconcierta: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Y aún lo reitera ante los discípulos, que veían con ello desmoronarse muchas certezas: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

¿Acaso el Dios que engalanó de belleza el universo exige rechazar su admiración? O el mismo que sembró en el ser humano una pulsión inagotable, ¿se lamenta de que el deseo palpite en él? No. El problema no son los bienes ni el deseo, sino el corazón enfermo. El que se ha cegado al punto de no percibir los bienes mayores. El que renuncia a la tensión última del alma para quedar estacionado en lo efímero. La expresión del Señor no puede sino reflejar la compasión ante una vivencia humana que le había despertado amor. A pesar de ser tan clara la búsqueda, los peligros de la codicia son reales. Pero ante ellos pronuncia una frase esperanzadora: “La salvación es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Él puede cumplir el milagro de desencadenar los corazones esclavizados por la ambición, y de hacer ver la verdad a los ojos embotados por los reflejos fatuos.

Implorar la sabiduría, el ser eco de la palabra eterna de Dios, es algo que debemos repetir continuamente. No por haber vencido una vez la tentación hemos de considerarnos inmunes a ella. Ni siquiera por habernos ejercitado en el cumplimiento de los mandamientos y en la solicitud activa por el prójimo hemos de pretender haber alcanzado la plenitud. De hecho, la misma pregunta de aquel hombre implicaba una búsqueda ulterior, que Jesús reconoció, y por ello le planteó la única cosa que le faltaba. Romper las amarras y seguirlo era el salto que de una aparente riqueza lo llevaría a la plenitud, que en la aparente pobreza significaría la posesión del Reino. Un salto en el vacío que le otorgaría su tesoro. Aquel hombre no lo pudo dar. Y abrió ante Cristo un nuevo compás de espera, que no sabemos si un día concluyó.

Pero para nosotros quedó la enseñanza. La vitalidad y agudeza de una palabra que nos salva al juzgarnos. Aquí estamos hoy, una vez más, participando en el banquete de la vida, el banquete de los pobres al que todos estamos invitados, aunque no todos estemos en condiciones de apreciar su valor. Un pan sencillo se nos ofrece para saciar el hambre más demandante de nuestro interior. Y ese pan, precisamente en su sencillez, es el sobrado don del cielo que nunca se agota, que no cansa, que no defrauda. El alimento del espíritu que puede limpiar la mirada y hacerla contemplar con amor la verdad. El milagro de unos ojos limpios e inocentes a los que la riqueza no ha contaminado, en los que el camello atraviesa con agilidad de cierva el ojo de la aguja, y que nos abre a la esperanza, más allá de toda ambición. El milagro de la fe, en el que todo se renueva. El sobreabundante milagro en el que, por seguir a Jesús, se recibe de manera inesperada, en esta vida, el ciento por uno, sin olvidar las persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna.

Lecturas

Del libro de la Sabiduría (7,7-11)

Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino sobre mí el espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza. No se puede comparar con la piedra más preciosa, porque todo el oro, junto a ella, es un poco de arena y la plata es como lodo en su presencia. La tuve en más que la salud y la belleza; la preferí a la luz, porque su resplandor nunca se apaga. Todos los bienes me vinieron con ella; sus manos me trajeron riquezas incontables.

Salmo Responsorial (Sal 89)

R/. Sácianos, Señor, de tu misericordia.

Enséñanos a ver lo que es la vida,
y seremos sensatos.
¿Hasta cuándo, Señor, vas a tener compasión de tus siervos?
¿Hasta cuándo? R/.

Llénanos de tu amor por la mañana
y júbilo será la vida toda.
Alégranos ahora por los días y los años de males y congojas. R/.

Haz, Señor, que tus siervos y sus hijos
puedan mirar tus obras y tu gloria.
Que el Señor bondadoso nos ayude
y dé prosperidad a nuestras obras. R/.

De la carta a los hebreos (4,12-13)

Hermanos: La palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón. Toda creatura es transparente para ella. Todo queda al desnudo y al descubierto ante los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas.

R/. Aleluya, aleluya. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. R/.

Del santo Evangelio según san Marcos (10,17-30)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”. Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”. Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna”.

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Escrito por P. Julián López Amozurrutia

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico.

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