Este texto es continuación de “¿Quién soy?

 

Prófugo de mi ser, que me despuebla
La antigua certidumbre de mí mismo.[1]

 

He retomado estas palabras de Octavio Paz en el envío anterior, ensimismándome en el misterio irresoluble que el yo es para sí mismo. Aun el yo protagonista, el que toma en sus manos la suerte que le ha tocado y las responsabilidades propias de su rol; incluso ese yo maduro y actuante que construye –habitar es construir y construyendo se construye el yo– llega un punto en que no es sino misterio no construido aún.

Frente a ese yo, dentro del mismo abismo de estupefacción, invito a continuar con Paz:

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
Y me levanto y piso con pies ciegos
Las piedras mudas y las hojas secas

Y alguien detrás de mí también las pisa:
Si me detengo, se detiene;
Si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.

Todo está obscuro y sin salida,
Doy vueltas y vueltas en esquinas
Que dan siempre a la calle

Donde nadie me espera ni me sigue,
Donde yo sigo a un hombre que tropieza
Y se levanta y dice al verme: nadie.[2] 

Una calle larga y silenciosa: la vida. Ante el misterio de mi yo, la calle es larga, es decir lejana. Silenciosa porque no dice de mí lo que preciso oír.

La calle así mentada no es precisamente camino. El camino tiene una dirección, la calle a que se refiere Paz, no; en efecto, doy vueltas y vueltas… que dan siempre a la [misma] calle. La calle es, entonces, apenas un sitio construido para caminar, urbanizado, dispuesto para estar fuera. ‘Calle” significa aquí simplemente un ‘estar fuera’, caminando, dando vueltas, corriendo, regresando… pero no necesariamente yendo [a algún lugar].

El construirme a mí mismo puede llegar a ser habitar la calle: construir urbe, estar fuera [de mí mismo]. Se podría decir (no se debe decir porque el poema no lo dice y un poema no se puede corregir), si se extendiera la metáfora de la calle, que aun el alumbrado de la calle caminada y vuelta a caminar –como dando vueltas en manzanas cuadradas– no es capaz de apagar la obscuridad.

En fin, ando con pies ciegos, en tinieblas y tropiezo y caigo.

Hay sin embargo, en la calle alguien tras de mí. Me sigue insistentemente y corre, parece, mi misma suerte: si me detengo, se detiene, si corro, corre. Camino y corro conmigo y tras de mí. Por las calles, en la circularidad de las manzanas que da siempre a la misma calle, en la obscura monotonía del correr y tropezar, me busco.

Me busco y no me encuentro: vuelvo el rostro: nadie… dice al verme: nadie. Soy yo el protagonista: el yo conciente o el yo inconciente, el yo externo o el interno, el exterior o el íntimo… en cualquier caso: “nadie”, como expresando una última incognoscibilidad. El yo no se construye a sí mismo.

Continuará


[1] Octavio Paz, La caída.
[2] Octavio Paz, La calle.

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Escrito por Hugo León

Oriundo de Chihuahua. Radico en CdMx desde hace siete años. Padre de cuatro, esposo de una. Filósofo de formación, educador por convicción y necesidad. Carpintero y escultor en mis tiempos libres. Intento de poeta.

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