JOSÉ DANIEL RAMOS ROCHA
Pontificia Universidad Antonianum
danyofm28@live.com.mx

Se dice que el amor es ciego, que acepta cualquier cosa y que es prueba de autenticidad el resignarse a cargar con los defectos de quien se ama. Pero, si el amor es reciprocidad y empatía de ánimos, ¿no debería serlo también de cualidades y aspiraciones? El problema es que, el amor lo queremos ciego en el presente, pues el deleite inmediato corta los alcances futuros, los embarra de miel eclipsándolos de embeleco. Se olvida casi siempre que el amor es en el presente un sentimiento y para el futuro un ideal. Cuando se ama, se debe amar saboreando el presente pero con la idea fija de perpetuar dicho sabor hacia el futuro, colocarlo en los ideales de eternidad.

En 1925, María Zambrano escribiría al amor de su vida (que no fue ni su primer novio, ni su esposo) Gregorio del Campo con acento tajante: “Si quieres permanecer cerca de mí, vivir conmigo, haz de cultivar tu espíritu”. De aquí sigo a que entonces el amor no es tan, tan ciego, pues ni me queda duda este grande amor que se tuvieron estos dos personajes, ni mucho menos la autenticidad de estas palabras escritas en una carta fechada el 22 de abril de ese mismo año. Tiene entonces el amor de suyo ese derecho de aspirar, de proyectar, que conlleva lógicamente a exigir, motivar pues, diremos para no ser tan duros.

Para ubicarnos un poco más en esta exigencia que tiene su mística propia, desde María Zambrano el “cultivar el espíritu” se alimenta de una fuente inmediata, la lectura, es decir, el acceso a mundos distintos a las realidades que a cada uno nos ha tocado vivir. Un libro es entonces, una fuente, un lugar donde se obtiene este empuje que pudiera hacernos amar más por los otros, pues a quien se ama, se tiende a dar lo mejor.

Un libro, es sin duda un lugar. Para entenderlo así se debe poseer una cierta mística. Desde el entender de la filósofa española la mística viene expuesta como la actitud receptiva de la realidad circundante que se expresa y se hace leer e interpretar, el místico entonces es ese que vacía su ser para llenarse a sí mismo con toda intención.

Aquel que no busca ordenar el mundo mediante la estructuración racional sino que se deja aleccionar por lo que la realidad circundante le transmite siempre ayudándose de su capacidad de razonar y ésta movida por una actitud de fascinación ante todo aquello que se le presenta como indescriptible desde las categorías de la lógica y la razón.

Para Zambrano, es el libro también un lugar y como tal posee un sin fin de potencialidades y misterios tanto ya revelados como por descubrirse. Para Zambrano un libro es un ser viviente y naciente a un mismo tiempo, una consideración casi idéntica a su visión antropológica. El libro es un ser viviente en cuanto que posee una cierta vida que se manifiesta: “está dotado de alma, de vibración, de peso, número y sonido (…). Existe de por sí, lleva ser propio, tiene su hueco, tiene su esencia, tiene su amor. Recoge la voz y la irradia, recoge la indiferencia como si fuera un ser animado”. Más aún: “Nos acompaña su ausencia, nos sobrecoge su presencia, nos solicita”, es decir, se expresa y se hace desear. Es lugar ansiado donde el hombre, sobre todo el contemplativo y buscador incansable de la verdad de su ser, desea encontrar la respuestas a las preguntas de la existencia.

Como ser viviente, es lugar que ofrece realización, humanización y crecimiento integral, dice expresiva la filósofa veleña:

(…) también he escrito libros. Y qué temblor al ser entregados a quien debía de editarlos. He ido por las calles populosas y bellas con mi original entre las manos, no levantado, sino yo inclinada, pidiendo perdón por atreverme a escribir un libro. No me avergüenza; me conmueve haberme atrevido a escribir un libro y a soñar con una niña que, tal como yo era, guardó un libro en un cofrecito secreto en su cuarto, en espera de crecer, de ser mayor para poderlo leer.

También un libro es un ser constantemente naciente, lugar de una especie de manantial que hace brotar la conciencia de la necesidad de nacer constantemente. Esta es la manera en que Zambrano concibe también al hombre: como un ser nacido y naciente. En su perspectiva, un libro es el mejor recordador de su condición. Zambrano afirma que el libro es: “ante todo, buscado, saboreado, y despide un particular olor. Las casas, sean palacios, sean templos, quedan deshabitadas cuando en ellas no hay el respiro de un libro”. Un libro entonces ofrece las palabras que tienen un potencial creador y recreador.

Un libro simple, cualquiera que sea, mediante palabras ofrece tanto una fórmula para crear un suculento manjar en la cocina, como el reencontrar el sentido de la vida, de igual modo en la asamblea de fe de cualquier religión que se dirige a cualquier dios, de todos brotan las palabras que alientan y transforman. Es necesario decirlo: un libro es el cimiento de la fe de las grandes religiones de la humanidad. Por esto María Zambrano entonces considera: “¿No será que cuando uno se encuentra obligado a nacer, o ya nacido, tiene que escribir un libro en estado naciente? Diciendo lo que diga, mas en ese estado en el que el yo recobra su inocencia”. Por todo, libro es lugar vivo y dador de vida.

La lectura debería ser hoy en día una necesidad básica, casi al nivel de aquellas biológicas que nos acompañan en nuestro vivir. Jamás debe ser un lujo o actividad exclusiva de un cierto sector social o de edad promedio. Como hábito humano, y –mejor aún- como buen hábito, debe tener un inicio y una práctica constante que lo fortalezca. Estamos actualmente invadidos de información que nos viene por medio de infinitas fuentes, más ninguna ha llegado hasta hoy a ser lo que es un libro. Mientras que el internet se actualiza y la globalización digital se expande más y más, las bibliotecas y librerías siguen ahí, esperándonos siempre con la invitación a “cultivar nuestro espíritu”, enriquecerlo y llenarlo de vigor.

Un espíritu humano más cincelado a golpe de lectura será siempre un espíritu más atractivo, más deseable, más … amable (en el sentido de amar). Preparémonos para que nos amen más y mejor, no sea que la vida nos cruce con personas que, con espíritu más sublime, nos incluyan en sus historias personales con sentimientos sinceros y solidos planes, y nosotros probablemente confiando en nuestras cualidades efímeras y pasajeras, y pasará como advirtiera Zambrano a Gregorio del Campo: “nos alejaremos cada día más el uno del otro hasta que acabemos por ser unos extraños”. Eso sí sería una tragedia. Que, entonces el amor sea ciego, ¡pero de la ceguera subliminal del deleite entre espíritus amantes de la vida y su belleza!.

Tívoli, Italia

30 septiembre 2018

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Escrito por Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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