Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

Ciclo B

7 de octubre de 2018

Jesucristo no se avergüenza de llamar hermanos a los hombres. Él, como autor, principio y guía de nuestra salvación, se ha hecho uno con nosotros, santificándonos con su propia santidad. Habiendo sufrido la muerte y coronado de gloria y honor, nos da por gracia tomar parte de su gloria, como hijos, cumpliendo así la voluntad de aquel de quien todo proviene y a quien todo se dirige. Hermanos de Cristo, hijos de su Padre, uno con él por el Espíritu Santo, orientados a que el universo entero se someta, por nuestra propia conciencia y alabanza, al señorío de quien nos asocia a su plenitud. El autor de la Carta a los Hebreos impregna de categorías vinculadas con la familia su explicación de la obra de Cristo. Acaso porque en ellas está lo más delicado de nuestra condición humana. Hermanos, hijos, fruto de la unidad, nuestra salvación no puede prescindir del modo como incorporamos a nuestra existencia los rasgos de la bendición humana primaria que es la familia.

El que nos santifica y los santificados somos uno. Como uno están llamados a ser el hombre y la mujer en el matrimonio. Desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso se unirá el hombre a su esposa y serán los dos una sola carne. Una sola carne, unida por Dios. Con razón el apóstol san Pablo vinculó también la unión esponsalicia de los seres humanos a la relación entre Cristo y su Iglesia. La salvación por obra de Cristo, el embellecimiento que él cumplió de su Iglesia –de nosotros, como Iglesia– nuestra santificación por la muerte y resurrección del Señor, es un acto de amor profundo, bello, fecundo, como el que une al hombre y a la mujer en el matrimonio. Por eso también el matrimonio se establece como un gran misterio, es decir, como un principio de santificación, porque refleja y actualiza la fuerza redentora del amor de Cristo por su Iglesia. Armonía perfecta, pasión consumada como entrega, apertura originaria a la vida que se perpetúa en el abrazo de la unidad, el matrimonio es signo e instrumento de la unión santificadora de Dios con nosotros.

La unión del amor humano no está a merced de nuestro capricho. Para que sea eficazmente principio de realización, requiere el seguimiento dócil de la huella que Dios mismo dejó en nosotros al crearnos hombre y mujer y al determinar el abandono del padre y de la madre para unirse como esposos y ser una sola carne. Es una unión que reclama exclusividad y fidelidad. Por eso Jesús corrige la permisividad del divorcio que había tenido lugar en las tradiciones mosaicas, haciendo ver que sólo eran resultado de la dureza de corazón. Su denuncia del adulterio no es el resultado de una intolerancia rígida, sino la orientación hacia el principio en donde el ser humano reconoce su origen y la forma razonable de su propia realización. Todo lo demás son trampas que irremediablemente conducen al fracaso. Sólo en el respeto comprometido con el orden de la propia condición se lleva a cabo el proceso de santificación.

Inmediatamente después de su enseñanza sobre el matrimonio, el evangelista san Marcos nos presenta a Jesús tocando con afecto a unos niños, tomándolos en brazos y bendiciéndolos imponiéndoles las manos. La santificación de la unión se verifica de manera palpable en la presencia de los niños. Jesús no se avergüenza de tratar como hermanos particularmente a los más pequeños, a los más necesitados de protección y cuidado, a los que más inmediatamente despiertan su ternura y solicitud. Impedirles acercarse a la fuente de la salvación sería un grave error, ante todo porque el Reino de Dios es de los que son como ellos, y para todos los hermanos de Jesús ellos son el ejemplo de cómo hay que recibir el Reino de Dios. Desde el vientre de su madre y en todas las etapas de su gestación y desarrollo, la vigilancia por su bien es la prueba indiscutible de la calidad humana, y lo contrario, el camino más elocuente de traición a nuestra humanidad.

La liturgia de la Iglesia es siempre actualización suplicante y oferente de la obra santa de Jesucristo. Es también, por lo tanto, ejecución amorosa de su misterio nupcial, en el cual nosotros mismos participamos vivamente. Elevemos conscientemente nuestra oración al Señor, y recibamos de él la bendición filial. Acerquémonos a Jesús como el niño que es tomado en sus brazos, y acojamos, conmovidos, su sacrificio por el cual nos consagra como hermanos suyos. Con María, seamos familia que adora, que confiesa, que confía, que espera y que ama. Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.

Lecturas

Del libro del Génesis (2,18-24)

En aquel día, dijo el Señor Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude”. Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre y así todo ser viviente tuviera el nombre puesto por Adán. Así, pues, Adán les puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo. Entonces el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño, y mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer. Se la llevó al hombre y éste exclamó: “Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada mujer, porque ha sido formada del hombre”. Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

Salmo Responsorial (Sal 127)

R/. Dichoso el que teme al Señor.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos:
comerá del fruto de su trabajo,
será dichoso, le irá bien. R/.

Su mujer, como vid fecunda, en medio de su casa;
sus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de su mesa. R/.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor:
“Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida”. R/.

De la carta a los hebreos (2,8-11)

Hermanos: Es verdad que ahora todavía no vemos el universo entero sometido al hombre; pero sí vemos ya al que por un momento Dios hizo inferior a los ángeles, a Jesús, que por haber sufrido la muerte, está coronado de gloria y honor. Así, por la gracia de Dios, la muerte que él sufrió redunda en bien de todos. En efecto, el creador y Señor de todas las cosas quiere que todos sus hijos tengan parte en su gloria. Por eso convenía que Dios consumara en la perfección, mediante el sufrimiento, a Jesucristo, autor y guía de nuestra salvación. El santificador y los santificados tienen la misma condición humana. Por eso no se avergüenza de llamar hermanos a los hombres.

R/. Aleluya, aleluya. Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. R/.

Del santo Evangelio según san Marcos (10,2-16)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?” Él les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”. Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Después de esto, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo. Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos.

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Escrito por P. Julián López Amozurrutia

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico.

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