Son las cinco de la tarde del 26 de julio de 2018. Hace 50 años, en estas mismas calles, granaderos repartían macanazos a los jóvenes para impedirles que llegaran al Zócalo. Los estudiantes, sobre todo del Politécnico, rompían las alcantarillas —que eran entonces de cemento— y repelían a pedradas los ataques de la policía. Hoy, 50 años después, esas historias se cuentan en el patio de Xicoténcatl, en la antigua sede del Senado de la República. El Instituto Belisario Domínguez de la Cámara de Senadores ha convocado a una asamblea de brigadistas a discutir el Movimiento Estudiantil de 1968.

Todos ellos participaron en el Movimiento como brigadistas: tomaron las calles de la Ciudad de México, imprimieron y repartieron miles de volantes, defendieron sus escuelas de la policía. Y los corretearon los granaderos, o los golpearon, o los balearon, o los sometieron a horas de terror en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco aquel 2 de octubre que no se olvida.

Los brigadistas toman la palabra y brotan preguntas como flores: ¿el 68 ya terminó?, pregunta uno. No, le responden: continúa en los movimientos feministas y contra la discriminación. Fuimos derrotados en Tlatelolco, afirma alguien. No, a largo plazo nos llevamos la victoria, la prueba es que estamos aquí, añade otro. “El primero de julio los brigadistas tomamos el país”, afirma Pablo Arroyo, quien fuera brigadista de la (entonces) Escuela de Economía y ahora es el anfitrión de la asamblea, en tanto coordinador de investigación del Instituto Belisario Domínguez. Qué buena discusión: Paco Pérez Arce me dijo algo parecido: con la victoria de López Obrador cerraba el ciclo histórico que se había abierto en 68. José Luis Araiza pensaba más o menos lo mismo. Josefina Alcázar no compartía el optimismo: si algo imita López Obrador del 68 era el asambleísmo, pero el de menos calidad, el de la unanimidad a mano alzada; y su liderazgo era en realidad cacicazgo, me dijo.

Veremos qué pasa

Más allá de grandes interpretaciones políticas abundan las pequeñas y apasionantes historias, algunas ya escritas y otras pendientes de contar. La vida de la trovadora Judith Reyes, que le puso poesía y música al Movimiento. Las biografías de los mártires de Tlatelolco; el relato de los otros movimientos estudiantiles en los estados de la República y, sobre todo, las vidas de los brigadistas después de 68. Por ahí anda José Luis Alonso Vargas, Chelís, que se radicalizó después de Tlatelolco, tomó las armas y se metió de guerrillero. O las vidas de quienes me regalaron su testimonio para estas páginas. En primera fila, en esta asamblea, veo a Severiano Sánchez. Trae camisa de manga larga y por eso no se le ve la herida bala en el pecho y el brazo, del tiro que le dieron la marcha del 10 junio de 1971, en el halconazo de Luis Echeverría contra la primera gran manifestación estudiantil posterior al 2 de octubre. O de Mariángeles Comesaña, la que picaba poemas en el esténcil y ella misma se volvió poeta, editora y promotora cultural; no está por aquí Joel Ortega, articulista de un diario y estudioso del Movimiento de 68 (en su casa tenía más de 300 libros del tema); de Paco Pérez Arce, Paco Ceja (por las cejas tupidas), que se volvió un estupendo novelista e historiador. O de Josefina Alcázar, que se hizo especialista en performance (en nuestra conversación terminamos charlando de pornoterrorismo, la Congelada de Uva y Diana J. Torres); o el Chale, que fundó una escuela activa y fue secretario de transporte en la Ciudad de México. Tiene razón Paco Ceja: los brigadistas de 68 diseminaron las ideas de izquierda. Construyeron partidos revolucionarios, guerrillas, se fueron al campo, a las fábricas y a los barrios marginales (como Severiano, que se proletarizó y fue líder obrero), algunos se dedicaron al arte y la cultura. O bien se hicieron maestros y transmitieron a sus alumnos el valor de libertad que sembraron en el verano de aquel año inolvidable, como César Enciso, Ortega, Comesaña.

Los imagino a sus 18, 20, 24 años cuando tomaron las calles de la Ciudad de México y desafiaron el autoritarismo del PRI y el gobierno, con rasgos de dictadura, de Gustavo Díaz Ordaz. Abrieron el camino para el resto de los movimientos: la insurgencia obrera de los 70, la solidaridad social de los sismos del 85, la votación masiva por la oposición en 88, el levantamiento zapatista de 94, la alternancia en el 2000, el #Yosoy132 de 2012 y el repudio al PRI y al PAN del primero de julio de 2018. Los cambios han sido lentos, miles lo han pagado con su vida o su libertad y gracias a esas luchas México es hoy muy distinto al de hace 50 años. La asamblea de esta tarde no concluye, no se cierra, no termina. Y me queda claro por qué: porque la lucha sigue, hay que dedicar un día a celebrar las victorias y al día siguiente volver a tomar a las calles porque uno no sabe si lo conquistado hoy se coseche mañana, dentro de 20, 30 o 50 años, y porque nunca es tarde ni suficiente para cambiar el mundo.

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Escrito por Emiliano Ruiz Parra

Emiliano Ruiz Parra (Ciudad de México, 1982) es autor de los libros de crónica Ovejas negras (2012), Los hijos de la ira (2015) y Obra negra (2017), además de coautor de una decena de títulos, como The Sorrows of Mexico (Londres, 2016). Recibió el Premio Nacional de Crónica Joven 2016, el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en 2013 y fue nominado al Premio García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010. Licenciado en Literatura Hispánica por la UNAM y maestro en Teoría Política por University College London, fue reportero de política en el diario Reforma. Actualmente colabora en diversos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Gatopardo, en donde ha sido el autor más prolífico con una veintena de reportajes de largo aliento. Sus textos han sido traducidos a seis lenguas.

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