Por JOSÉ DANIEL RAMOS ROCHA
Pontificia Universidad Antonianum
danyofm28@live.com.mx

La comunicación humana tiene sus bases en el lenguaje y éste en sus dos más comunes  formas de expresión: oral y escrita. El primero apuesta a la inmediatez y al uso, tan común como inconsciente, entre los seres humanos. El segundo, como un ejercicio de reflexión y responsabilidad con miras a ser compartido. María Zambrano, la así llamada por algunos “Filósofa de la palabra” propone desde 1943 una reflexión profunda desde la antropología y la metafísica, y esto en el marco  de una filosofía del lenguaje, con una cálida y sabrosa escritura musical, el rescate de la escritura y sus verdaderos objetivos que –a su ver- no deben cambiar con el transcurso epocal. La filósofa nos ofrece un perfil estructural del oficio del escribir como el del sujeto de éste a quien gusta llamar más que “escritor”, como “el que escribe” para establecer una invitación abierta a la aventura del perpetuar la palabra mediante la defensa de ésta frente a la violencia del tiempo, objetivo que responde a grandes rasgos su pregunta con la que titula dicho escrito: Por qué se escribe.

Introducción

Desde que existe el hombre sobre la tierra ha coexistido con él la capacidad de comunicarse. Esta capacidad hondamente arraigada con su ser y su desarrollo a través de la historia, es una de las que podemos considerar como más básicas e importantes desde una perspectiva amplia y sin reducir esta importancia solo al plano de lo físico (comer, beber, reproducirse…) sino desde una visión más extensivamente antropológica.
Comunicarse es saberse acompañado, es decir, no solo. Desde esta perspectiva inmediata podemos deducir que la necesidad de comunicación es una necesidad consecuencial, o sea, no “básica” en el sentido de la necesariedad vital como el caso del alimentarse. Necesidad que bien podría ser saciada en soledad o aislamiento como lo vemos en algunos seres vivientes que nos rodean  (animales, plantas…). Entonces la capacidad de comunicación requiere un otro, alguien que tenga la capacidad de entender lo que expreso y yo entender lo que me dice.

Sería absurdo tratar de establecer una fecha –incluso tentativa- para fijar el nacimiento de la comunicación por medio del habla entre los seres humanos. Se dice solo que los primeros intentos de comunicación escrita datan de 4000 años a.C., según los vestigios arqueológicos, aunque esto pertenece ya al ámbito de la comunicación escrita que nos arroja a una encrucijada inmediata: ¿Qué existió primero, el lenguaje oral o escrito?. Difícil  pregunta aún no respondida y que parecería casi imposible de responder.

El lenguaje humano

Hablar de comunicación humana es hablar de lenguaje, y abordar éste es bifurcar la reflexión en la realidad de su expresión oral y escrita. El hombre ha creado códigos de comunicación tan particulares que han sido configurados mediante su cultura propia y sus capacidades que le regala el entorno, esto lo vemos testificado en la multivariedad de lenguas, idiomas y dilectos que obedecen a ciertas características geográficas, físicas y sobre todo culturales. Diremos entonces que el hablar humano, vehículo más accesible de su expresión, tiene dos causes proporcionablemente usados hasta el día de hoy: el hablar y el escribir.
El hablar y el escribir van íntimamente ligados entre sí, normalmente se entiende que lo escrito es expresión de lo hablado como a su vez se dice que lo hablado es fruto de lo que se recibe mediante lo escrito. Hablar es, pues, expresar con palabras mediante la voz; vehículo sonoro que materializa las palabras para ser escuchadas y, por tanto, escribir, será en cambio, la acción de representar palabras (o ideas) sobre una superficie. Estas definiciones simples nos las ofrece cualquier diccionario.

Ahora, si pensamos estas dos realidades de la comunicación humana podríamos vernos dentro del ciclo infinito de la antigua pregunta –símbolo de la inexistencia de una respuesta-: “¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?”. Quizá la pregunta pudiera estar no planteada correctamente, sino que sería conveniente más bien no fijarnos tanto en la idea del origen de cada una, ni en la primacía de una sobre la otra, sino por el contrario, abordarlas de parte de cada una, estableciendo diferencias y similitudes, haciéndolas armonizar como ahora mismo yo lo estoy haciendo en este juego de lo que tengo escrito y –al momento- lo estoy hablando. Les propongo entonces expresarlos así: ¿Qué es el hablar y qué el escribir?

¿Por qué se escribe?

En 1943, en las páginas de la Revista de Occidente, en España, fue publicado el artículo reflexivo Por qué se escribe, de la filósofa y literata María Zambrano (1904, Vélez, Málaga-1991, Madrid) que posteriormente fue incluido dentro del libro Hacia un saber sobre el alma publicado en España en 1950, edición mediante la cual tuve acceso a su contenido y en la que me basaré para su exposición.

Ya lo dijimos: la realidad de la comunicación del hombre se basa en el hablar y el escribir. Pero, partamos utilizando la pregunta de arranque de Zambrano: Habiendo un hablar, ¿por qué el escribir?

El hablar es sin duda una cualidad exclusiva del ser humano que posee la capacidad de pensar, de percibir la realidad mediante sus cinco sentidos y de interpretarla con su capacidad racional. María Zambrano afirma: hablamos porque algo nos apremia, y el apremio nos llega de fuera. Este “venir de fuera” viene interpretado por la filósofa como una amenaza; latente, omnipresente y constante. Amenaza a la cual se enfrenta con la acción de hablar. Una pregunta en la calle, una respuesta ante una situación de peligro, el planteamiento de una petición cualquiera que sea de la vida ordinaria, e  incluso un “buenos días” o un “gracias” son esta manera de combatir aquello que “nos apremia” en la cotidiano vivir. Entonces hablar, es responder inmediatamente a lo que nos viene desde fuera. Es por lo tanto, algo de lo que íntegramente no nos hacemos responsables, porque no brota de la totalidad íntegra de nuestra persona; es una reacción siempre urgente, apremiante, asegura Zambrano.

Escribir, en cambio, es también una forma de hablar pero no desde la urgencia y la inmediatez sino desde aquello que nos afecta, por lo tanto de aquello que viene desde dentro y que es totalmente contrario a la circunstancia inmediata que nos apremia, al contrario, escribir será lo opuesto a lo urgente e inmediato. Por esto, hablar y escribir en Zambrano, serán dos cosas con notables puntos de diferencia y contraposición.

El hablar

En el entender común diremos que se habla en todo momento, es nuestra forma de expresión más común al punto de ser poco conscientes de su uso cotidiano y frecuente, casi equiparado con la importancia del respirar, del observar y escuchar. Hablar es la manera más inmediata de relacionarnos con los que nos rodean. En el entender zambraniano, diremos que hablar es por (mediante) la palabra hacernos libres, libres del momento, de la circunstancia atediante e instantánea. Esta realidad del uso del habla, Zambrano la dramatiza al punto de entenderla como un enfrentamiento o una batalla; enfrentamiento que viene superado por la victoria que nos da el lenguaje oral, que nos da soluciones y nos hace estar en un orden dentro de la realidad. Pero, eso viene a ser momentáneo y pasajero, ya que la palabra oral pronunciada viene disuelta por el tiempo, que en el entender zambraniano, muy en consonancia con la concepción agustiniana, el tiempo viene a ser también una realidad constatable mediante la capacidad humana de la memoria y de la imaginación, capacidades que nos ofrecen la posibilidad de un pasado (memoria) y de un futuro (imaginación). Sin embargo, esta “victoria” contra la situación externa cotidiana es solo algo momentáneo, ya que, dice la filósofa: vencemos por la palabra al momento, luego somos vencidos por el, momento que es fragmento del tiempo, entendido como solo un eslabón de esta gran cadena que en su andar va dejando irremediablemente aquel instante cada vez más lejano y arrojándolo al riesgo del olvido, como dice –simple y profunda- la letra de aquella canción italiana: “il tempo e imbattibile in velocità”, de modo que: Es una continua victoria que, al fin, se transmuta en derrota.

Ante tal realidad constatable a cada momento, Zambrano misma alienta: Y la victoria solo puede darse allí donde ha sido sufrida la derrota. La misma palabra oral llevada por el tiempo a la distancia viene a ser el lugar del resurgimiento que la vuelve a hacer cercana al presente y la fija para el futuro, este lugar es: las mismas palabras, éstas escritas.

El escribir

Más allá de la definición simple que hemos dado anteriormente a lo que se entiende comúnmente por la acción de escribir, con nuestra filósofa entendamos que esta acción del hombre es un acto que envuelve la totalidad del ser humano, que a su vez lo recoge y lo crea mediante un ejercicio de responsabilidad y conciencia.

Por ser entonces un ejercicio de conciencia, en el escribir, especifica Zambrano:

Hay un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas (…). Al escribir, se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a un ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja.

Aunque sigue siendo en esencia palabra, el escribir ya no es una defensa nuestradel ataque del momento, es decir, no es más un arma accesible para ‘salir del paso’ como decimos vulgarmente. En el escribir las palabras adquieren funciones y objetivos, de modo que dejan de ser justificantes para convertirse en interpretaciones. Desde la visión de María Zambrano, la palabra al ser escrita adquiere un inigualable poder que la hace convertirse en abogada de quien la escribe ofreciéndole su implacable defensa no solo en el momento de ser escrita, que se entiende propiamente como un presente, sino hacia el pasado y hacia el futuro.

El tiempo como enemigo

Decíamos que Zambrano va en la línea de Agustín de Hipona. El tiempo es tenido por ella en sentido kairológico es decir, opuesto a la forma de aquel cronológico (sucesión de momentos en forma lineal, cuantificable y medible, más de línea aristotélica). Esta manera de entender el tiempo incluye a la base al alma humana que se encuentra en el presente y está facultada para concebir en sí misma un pasado, es decir, un tiempo que ya no está (pretérito: praeterito) y un futuro (futurum) tiempo que aún no es. Esta manera de concebir el tiempo es entendida como una dilatación o “alargamiento” del alma (distentio animi).

Decíamos que la palabra oral es dicha y después arrastrada por el tiempo. Su única permanencia en el presente es posible en nuestra memoria, que como sabemos, es débil e incompetente para retener detalles de los sucesos pasados (más aún los más alejados en la medida del tiempo cronológico, es decir, es probable recuerde mejor la ropa que traía puesta ayer en la escuela que aquella que usé el día de mi graduación de la primaria, por citar un ejemplo simple). Esta incapacidad de la mente humana, Zambrano la entiende como desventaja en la batalla del diario vivir y en el uso del lenguaje. Tantas veces hemos escuchado el dicho popular : “Las palabras se las lleva el viento”, para significar el olvido de lo dicho, en contraposición con aquella otra expresión tomada de los evangelios “Lo escrito, escrito está” (Jn 19, 22). Esta  confrontación de frases que han llegado a ser muy populares hasta nuestros días nos ilustra ya en las diferencias entre aquello que se habla contra aquello que se escribe.

Se escribe entonces, según Zambrano, para eternizar, para que el viento fuerte del tiempo no se lleve lo que aquel que escribe busca decir después de haber encontrado secretos en su soledad que es el espacio de su reflexión. De modo que, el que escribe es un vencedor del tiempo. Un héroe que poco a poco desarrolla el arte de quitar la vaciedad y la vanidad de las palabras, sometiéndolas a la reflexión y selección para explotar su verdadero ser para lo que fueron creadas: para comunicar, más aún para crear comunidad.

Entonces, lejos de toda idea que tengamos en nuestros días sobre el oficio de escritor  o el intento de escribir, la única victoria de éste es la del lograr comunicar, victoria de un poder de comunicar, dicho con las palabras de la filósofa. Aquello escrito entonces, busca vencer al tiempo, dejando lo descubierto como testimonio de esfuerzos pasados y alentador de objetivos futuros. Escribir es pues, resistirse al tiempo, por eso se escribe para vencer.

El escritor es reconciliador

Hasta aquí, con el uso de las metáforas anteriores como: batalla, lucha, enemigo, victoria, vanidad y derrota, me queda el temor de dejar un sabor amargo a la idea que María Zambrano nos dio sobre la palabra, lo cual sería una verdadera ofensa a su persona y a su reflexión, al saberla autodefiniéndose como: con “vocación a la palabra” como se entendía a sí misma en su ejercicio filosófico y literario, vocación vital que entendía en íntima relación con el lenguaje oral y escrito, porque la vida necesita de la palabra, afirmaba.

Diremos que el que escribe debe buscar llevar a la palabra hacia su origen esencial que es el de la pureza de su necesariedad en la vida para comunicar a los hombres entre sí, para estrecharlos con los lazos de la verdad y facilitarles su estar en la vida. Imaginemos un mundo sin palabras, ¿sería posible?.

Esta misión del escritor es una misión de reconciliación, según la filósofa española. Esta re-conciliación debe entenderse siempre dentro de los límites de la misma palabra, es decir, la palabra debe reconciliarse consigo misma al ser escrita y leída. Quitarse toda la suciedad que pudiera cargar al ser usada para la mentira, la persuasión, la difamación o la vulgaridad. ¡Cuantas palabras hoy en día son usadas para degradar algunas realidades sublimes del hombre!.

El escritor funge como mediador entre la adulteración de la palabra y su realidad comunicacional original, de modo que debe siempre luchar por convertirse en un vencedor cuando reconcilie a las palabras y las despoje de su capacidad desarrollada para traicionar,  engañar y confundir. Debe siempre empeñarse, más que en hacerse leer por millones de personas, por liberar a las palabras de su vaciedad y ociosidad forjándolas con significados profundos cuando se unen entre ellas para formar frases y párrafos, quedando listas para ir a  aquellos que pudieran necesitarlas… y agradecerlas después.

Hablar es entonces opuesto a escribir, o debería serlo, al menos desde la perspectiva de los objetivos. Dice Zambrano: Porque hay que escribir hablando, el que escribe ‘como si hablara’; y ya este ‘cómo si’ es para desconfiar. De modo que, alguien que no logra distinguirse o marcar aunque sea una mínima diferencia entre lo que habla y lo que escribe, es digno de desconfianza. Miremos a nuestro alrededor, a nuestros conferencistas, a nuestros predicadores, a nuestros profesores y a nuestros políticos, bien valdría someterlos a esta “prueba de fuego” y conocerlos verdaderamente en su hablar y en su escribir, ¡Cuanta falsedad saldría a flote instantáneamente!. Seamos sinceros, uno de estos que he mencionado antes, si no logran la reconciliación entre sus palabras –ya habladas o escritas- mucho menos lograrán los objetivos que plantean en sus discursos que giran siempre entorno a la justicia, a la paz, a la igualdad y a la inclusión. Si alguno escribe “como si hablara”, es digno de sospecha ya que hacer una cosa ‘como si’ fuese otra, le resta y socava todo su sentido y pone en entredicho su necesidad, reprueba la filósofa.

Yo puedo escribir

Y es cierto, al menos yo también lo considero: hay cosas que son demasiado verdad como para decirse con la voz. De esta supremacía de las verdades dada en el interior del hombre donde conviven su sentir y su pensar nace la voluntad por escribir. El escritor quiere decir el secreto, dice Zambrano, mas lo debe hacer por escrito, precisamente porque ese secreto lo tiene por valioso y lo sabe importante al punto de querer compartirlo para beneficio de otros más que pudieran enterarse. Decirlo con la voz, sería un comentario más, un ruido más perdido entre aquellos de la ciudad, de la escuela o de la calle. Sería exponerlo a la dureza del tiempo que desgasta lo que encuentra a su paso.
Deseo que lo anteriormente leído, también a manera de secreto revelado, reflexionado y compartido, sea motivación para aventurarte al mundo de la palabra que nos rodea pero poco nos percatamos de ello. Que sea también una idea, aunque sea mínima, para proponer nuevas formas de liberar las palabras de su momentaneidad y desaparición, de su pasar por este mundo, para llevarlas hacia los terrenos de lo perdurable y hacerles recuperar su inocencia original al servicio de la comunicación entre los hombres en vías de una vida pacífica y siempre más y más digna.

Te invito con las pautas mismas de Zambrano a titularte de “escritor”: acalla tus pasiones y aplaca, sobre todo, tu vanidad. Solo eso es necesario. Cuando se escribe lleno de esto, la verdad revelada en la soledad y el silencio interiores viene empañada y oscurecida, llena de atributos que desdicen la acción del escribir. De modo que aquello que te invita a decir sin pensar una respuesta o a publicar en los medios de comunicación masiva aquello inmediato de “¿Qué estás pensando?”, atiéndelo con cuidado. Hoy en día es tan fácil llevar a millones y de manera instantánea la triste vaciedad de las palabras, ¡no seas parte de esta cadena contagiosa que parece irrompible!. Te lo recuerdo una vez más, si se escribe, debe ser para vencer.

Tívoli, Italia. Septiembre 2018.

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Escrito por Daniel Ramos

Mexicano y Jalisciense. Franciscano y sacerdote. En los andares de la filosofía y en el constante ir de la vida. En exilio italiano. Escribo para darle voz a la vida.

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