Notas para entender la canonización de un excluido

Por Gerardo Cruz González*

Sin duda un hecho importante para la Iglesia latinoamericana será la canonización del obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero. Además de ser el reconocimiento a un pastor que estuvo del lado de los más pobres de su país, la canonización representa una forma de rectificar el camino para la Iglesia que muchos años mantuvo la vida de Mons. Romero desde la invisibilidad y la exclusión, hasta la injusta denostación. Para Juan José Tamayo, Mons. Romero vivió en una especie de “clandestinidad eclesiástica”, la exclusión desde las estructuras y sufrió también un “arrinconamiento” para que no fuera elevado a los altares.

Hacia atrás, la canonización representa la oportunidad de hacer memoria; hacia delante es responsabilidad y compromiso de ese legado y nos reta a la audacia para no hacer de “el Santo de América” un santo de estampita y devoción emocional.

Romero es un santo que va más allá de las fronteras del catolicismo. La Iglesia Anglicana, antes que la Católica Romana reconoció la santidad de Mons. Romero y su martirio. En la Abadía de Westminster, también conocida como la Iglesia Colegiata de San Pedro en Londres, fue colocada su figura junto a otros nueve mártires del siglo XX como Martin Luther King y el franciscano Maximiliano María Kolbe.

El Papa Francisco, quien ha sido un impulsor de la canonización de Romero, recibió una Iglesia anquilosada y en crisis. Su propuesta de reforma, como toda verdadera reforma, ha encontrado muchas resistencias de parte de quienes han vivido un cristianismo desencarnado, lejano de la historia. Un cristianismo al modo de aquellos que prefieren vivir centrados en sí mismos dando prioridad al culto y las expresiones sólo formales de los ritos que recubren las intenciones de ciertos privilegios de clérigos sobre el Pueblo de Dios. Esa Iglesia esclerótica no es la Iglesia del Vaticano II, ni la de Medellín, ni la del Papa Francisco, ni la de Romero.

Por eso Francisco ha entendido que modelos de vida como el de Mons. Romero son importantes para responder a las exigencias sociales que nos toca vivir. En el fondo se tocan preguntas que versan sobre el sentido de la historia y la responsabilidad histórica de la Iglesia y los cristianos. ¿Tiene sentido apostar por vivir e impulsar un evangelio encarnado en las realidades económicas, políticas y socio-religiosas o es mejor permanecer en la pasividad de una religión intimista?

Si se opta por la primera posibilidad, se carga de sentido el evangelio y se actualiza el mensaje del Reino que trajo Jesús, pero está el riesgo, para quien la asuma, del martirio y la incomprensión. En ese lugar están Francisco y Mons. Romero. Las verdades de la fe, aprendidas en la teología, permitieron a Mons. Romero reflexionar el mensaje del evangelio; pero no renunció por ello a acercarse a los pobres, a los excluidos y a las víctimas. Francisco, desde el inicio de su pontificado no ha estado en ningún momento lejos de esos mismos excluidos, de los que, según sus propias palabras, son víctimas de una “cultura del descarte”. En esas coincidencias es que podemos entender la importancia que reviste Romero para el Papa.

 

Mons. Romero, ha dicho el Papa Francisco, fue mártir pero no sólo por haber sido asesinado, sino porque fue difamado en vida y además, lo fue también después de muerto. Al recibir a una delegación de El Salvador en vísperas de la beatificación del obispo, dijo Francisco que siendo él un joven sacerdote fue testigo de las difamaciones posteriores al asesinato de Romero. A tal grado llegó la incomprensión que “su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado”.

En una carta enviada al Arzobispo de San Salvador, Mons. José Luis Escobar Alas –también con motivo de la beatificación de Romero–, Francisco dijo sobre el obispo salvadoreño que “tuvo la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo”. Eso mismo podríamos decir de Francisco. El Papa ha tratado de alzar la voz profética por los descartados y excluidos de este sistema socioeconómico que desecha seres humanos de diversas maneras, y lo ha hecho desde las víctimas.

En esta misma línea, Jon Sobrino dice que en la teología del Papa no hay tanta exégesis bíblica, ni crítica histórica. Romero, dice Jon Sobrino, tampoco la tuvo. Pero lo que sí tienen ambos personajes es una actualización del evangelio, más cercana y preocupada por las víctimas que de los dogmas. Esta intuición es de Juan José Tamayo.

No podemos hacer de Mons. Romero una devoción piadosa, un santo de estampitas. Tamayo, a propósito de su beatificación, escribió en El País de España, sobre el obispo Romero, que “urge recuperar su figura profética y liberadora, su teología de la liberación, su dimensión política subversiva”. Con la canonización nos conviene aprovechar su espíritu ecuménico, su voz profética que pone al centro a los pobres y reclama las más inhumanas injusticias aún a costa de la propia vida.

Bajo esta calve se puede comprender al verdadero Romero y también podemos entender lo que está pasando en la Iglesia y los ataques a Francisco. El Papa ha tocado de modo significativo las estructuras anquilosadas de una Iglesia aburguesada y esclerótica, autorreferencial y que no quiere tener una lectura de la realidad histórica, sino que se atrinchera en una Iglesia fuera del mundo. Lo que sigue para el Papa, como la experiencia de Romero lo puede confirmar, es la crítica y los ataques, la incomprensión e incluso la difamación.

La recuperación histórica de la figura profética de Romero tiene que ver con lo que dice el filósofo Carlos Díaz en el texto biográfico que sobre él escribió: donde abundó Auschwitz, [es decir la deshumanización más atroz], sobreabundaron Kolbe y Romero.

El reto para la Iglesia con la canonización es lo que vislumbraba el propio Romero: “nuestros muertos han de resucitar, y las tumbas de nuestros muertos que hoy están selladas […] un día serán como la de Cristo, tumbas vacías. Mientras tanto hay que luchar, hay que trabajar para que el mensaje de esa tumba vacía de Cristo ilumine de esperanza todo nuestro trabajo en la tierra” (Diario, 2 de abril de 1978).

* GERARDO CRUZ GONZÁLEZ es investigador en el IMDOSOC y cordina el Seminario de Teología del Acontecimiento.

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