El 18 de septiembre el ejército tomó Ciudad Universitaria. Los estudiantes salieron por piernas y dejaron el campus a los tanques y batallones de soldados. Unos días después, el 23 de septiembre el gobierno quiso tomar el Casco de Santo Tomás, pero los politécnicos reaccionaron por completo diferente: resistieron. Muchos del Poli venían del interior del país, eran hijos de obreros o campesinos; en los casi dos meses de huelga el IPN se había convertido en su casa. No se trataba sólo de defender la huelga; había que defender la escuela, su nueva casa: sus bancas y laboratorios, sus bibliotecas y sus aulas, de las garras destructoras de la policía.

Esos días la Ciudad de México atestiguó dos batallas históricas. O una misma batalla librada en dos frentes. Los granaderos atacaron el Casco de Santo Tomás y se toparon con la resistencia de miles de jóvenes que respondieron con bombas molotov, piedras y cohetones lanzados con tubos de agua. Y entonces ocurrió uno de esos destellos de destreza militar que surgen de la gente de a pie. Los estudiantes de la Escuela Vocacional 7, la “Piloto Cuauhtémoc” (no porque Cuauhtémoc fuera piloto —era tlatoani—, sino porque era un proyecto piloto de una Vocacional que enseñara literatura, psicología y otras humanidades además de las materias técnicas) pensaron en cómo podrían ayudar a sus compañeros de Santo Tomás. La Voca 7 estaba en la Unidad Tlatelolco, se había construido ahí en 1965 para ofrecer a los jóvenes de esos edificios una opción de bachillerato de primer nivel. Los tlatelolcas, por lo tanto, la sentían suya, sus hijos eran sus estudiantes y se habían involucrado en el Movimiento Estudiantil y estaban dispuestos a defenderla. Estudiantes y vecinos se prepararon para la batalla: con cucharas, los niños arrancaron las piedras de las calles empedradas; los chavos armaron cientos de bombas molotov, y alistaron hondas con tuercas de desecho que les habían regalado los ferrocarrileros democráticos.

La idea no era defender el campus, sino atraer a los granaderos a la Voca 7; distraer a las fuerzas del gobierno del ataque al Casco de Santo Tomás. Los estudiantes salieron a prenderle fuego a automóviles y patrullas, a bloquear calles. Pero nada. El gobierno no mordía el anzuelo. Había que ir a un punto estratégico: el cruce de Paseo de la Reforma y avenida Insurgentes. Rompieron los semáforos y crearon un caos vial. Los granaderos no tuvieron de otra y a las 7 de la tarde llegaron a la Unidad Tlatelolco a enfrentar a los chavos de la Voca. Y ahí empezó la batalla. De las azoteas les llovieron piedras que les arrojaron niños y adolescentes. En esos años, a las casas de los chilangos había llegado un invento nuevo: el bóiler automático, que también se convirtió en un arma: las amas de casa regaron a los policías con miles de litros de agua hirviendo. A los tiras les lanzaron bombas molotov, tiros de honda y resortera. De la Voca 9 llegaron refuerzos: el equipo de futbol americano, con cascos y uniforme, fue a taclear a un grupo de granaderos. Los madrazos se extendieron a los barrios bravos del norte de la ciudad: de la Santa Julia hasta Tepito, los chavos banda, los chakas, los comerciantes, los mariguanos, los chambitas y los ninis de aquel entonces, resentidos con la policía porque los detenían y hostigaban a cada rato, se sumaron a los estudiantes en peleas físicas contra los policías.

La batalla duró hasta la medianoche, que los granaderos tomaron la Voca 7, pero con la sorpresa de que no había nadie ahí (a los estudiantes no les interesaba defender las instalaciones, sólo distraer a los granaderos). Y así como entraron, salieron. Al otro día, entre el humo de los gases lacrimógenos, la gente hacía recorridos para visitar la escuela, y asombrarse de los orificios de las balas. Se había cumplido el objetivo: el Casco de Santo Tomás sostuvo su resistencia durante días, y el gobierno tuvo que mandar, primero, a la policía montada y después al ejército a tomarlo. Cuando llegaron los soldados, los politécnicos ya no opusieron resistencia y se retiraron.

El gobierno se vengó. Cerró la escuela. Después del 2 de octubre la Voca 7 nunca volvió a abrir sus puertas en Tlatelolco. Movieron a los chavos a Zacatenco, luego a Iztapalapa, y sepultaron el proyecto de combinar humanidades con materias técnicas. La Voca 7 de hoy, en la Calzada Ermita Iztapalapa, lleva el mismo plan de estudios de las demás. Las autoridades del IPN cedieron al IMSS las instalaciones de la Voca 7 en Tlatelolco, que instaló ahí una farmacia y algunas oficinas anexas a una clínica. El último enterrador del proyecto fue el gobierno de Enrique Peña Nieto. En 2013 grúas y trascabos demolieron lo que quedaba de la heroica Voca 7, que le ganó una batalla militar al Estado mexicano en el verano de 1968.

EM-C-022_141
Cartel propagandístico del movimiento estudiantil
“Libertad.”
Serigrafía sobre papel, 48 x 35 cms, restaurado.
Archivo Ana Ortíz Angulo / http://www.ahunam.unam.mx
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Escrito por Emiliano Ruiz Parra

Emiliano Ruiz Parra (Ciudad de México, 1982) es autor de los libros de crónica Ovejas negras (2012), Los hijos de la ira (2015) y Obra negra (2017), además de coautor de una decena de títulos, como The Sorrows of Mexico (Londres, 2016). Recibió el Premio Nacional de Crónica Joven 2016, el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en 2013 y fue nominado al Premio García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010. Licenciado en Literatura Hispánica por la UNAM y maestro en Teoría Política por University College London, fue reportero de política en el diario Reforma. Actualmente colabora en diversos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Gatopardo, en donde ha sido el autor más prolífico con una veintena de reportajes de largo aliento. Sus textos han sido traducidos a seis lenguas.

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