Por Ángel Lamuño

Las nociones de comunicación, comunidad y comunión son distintas pero están íntimamente relacionadas.

Quizás la mejor manera de aproximarnos a la noción de comunicación es considerando la distinción entre lo propio y lo común: propio es lo que es mío o tuyo, común es lo que es mío y tuyo, lo que es nuestro. Comunicar es compartir lo que es mío contigo, hacer de lo propio algo común, hacer que lo que era solo mío sea ahora mío y tuyo, nuestro. El bien común es precisamente el bien compartido, el bien que ahora es mío en un sentido más pleno porque es nuestro.

Hay que notar que para compartir los bienes materiales hay que partirlos, y que la barra de pan que he partido, y de la que te he dado una parte, ya solo es mía en parte. No pasa lo mismo con los bienes espirituales: si yo comparto mi idea contigo, por medio de una explicación, la idea entera (y no solo una parte de la misma) llega a ser tuya sin dejar por ello de ser mía en su integridad. La fuerza de la comunicación es la fuerza del bien, que mueve al amor, y del amor, que quiere el bien para la persona amada y por eso comparte el bien propio con ella.

Los posesivos ‘mío’ y ‘tuyo’ apuntan a un yo y a un tú, y el posesivo ‘nuestro’ apunta a un nosotros. La comunicación que hace que lo que era solo mío sea ahora nuestro, nos constituye como comunidad: la comunidad de quienes ahora compartimos un bien común. Un bien puede ser compartido de muchas maneras y de acuerdo a órdenes distintos. Por ejemplo, los accionistas de una empresa son dueños de la misma, en parte, sin ser por ello dueños directos de los activos de la empresa. Una o más personas pueden compartir lo que es suyo de muchas maneras distintas y la constitución de comunidades puede ser un espacio para la creatividad.

Finalmente, hablemos de comunión. La comunión consiste en que los miembros de la comunidad disfruten juntos del bien común. A nadie le gusta comer solo; cuando como solo no disfruto plenamente. Por eso es que los amigos disfrutan comiendo juntos. Disfrutan de la comida y disfrutan viendo disfrutar al amigo, gozando de su presencia y compañía. En la comunión los amigos se dan ellos mismos, el uno al otro, por medio de los presentes que se hacen mútuamente y este intercambio tiene un efecto unitivo. A la gratuidad del dar corresponde la gratitud del recibir. La comunión es pues el ejercicio pleno del amor que, por su propia naturaleza, tiende a la reciprocidad.

Como conclusión diremos que la comunión es el ejercicio, la vida de la comunidad, y que la comunidad se funda en la comunicación amorosa motivada por el bien.

 

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Escrito por La Pluma Invitada

La Pluma Invitada es un espacio de colaboraciones para la Revista Humanum.

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