Hay una forma de violencia que permanece todavía invisible, la que pasiva o activamente ejercemos hacia nosotros mismos. Somos nuestro peor verdugo. Nos demandamos actos que van más allá de nuestras fuerzas porque deseamos estar por encima de los demás, en quienes vemos contrincantes o abiertos obstáculos en nuestro camino de acceso a un paraíso imaginario que la sociedad sistematizada de la productividad infinita ha forjado en nuestra mente. No necesitamos ahora de un vigilante que nos obligue a hacer tal o cual tarea, somo nosotros mismos tiranos y esclavos: nos fatigamos hasta la extenuación, descansamos y al día siguiente comenzamos nuevamente este ciclo del absurdo y el salvajismo psíquico.

Hemos transitado de un estado de mansedumbre forzada a uno de sumisión auto ejercida. Los hombres del pasado tenían al menos la esperanza de la rebelión para liberarse de los grilletes que alguien, haciendo uso de la fuerza, les había colocado en las muñecas y los tobillos; pero nosotros no podemos aspirar a ello porque nuestra cárcel no es material sino mental y espiritual: hemos sido entrenados para no bajarnos nunca de esta rueda de rendimiento urgente en la que las fuerzas de un entorno competitivo nos han arrojado. Creemos sinceramente que estamos haciendo lo correcto, sin percatarnos de que nos encontramos retenidos por un mecanismo de auto explotación que tiende a la aceleración y el delirio.

Hoy que afortunadamente vamos siendo más conscientes de muchas formas de violencia que en el pasado nos eran del todo invisibles, la violencia reflexiva avalada por los apetitos prometeicos de nuestro tiempo permanece, como se dice hoy en día, completamente normalizada; aun más, se le considera virtuosa. Nadie parece cuestionar un modelo de vida basado en la negación de la pausa, la alienación atroz y la exacerbación neuronal que produce masivamente enfermos de ansiedad y depresión. Sufrimos porque nuestro cansancio es mucho, pero no renunciamos a nuestra esclavitud porque el demonio de una culpa interior nos lo impide: estamos muertos, aunque respiremos.

Estamos habitando un mundo en el que el sinsentido ha conseguido por primera vez en la historia de la humanidad cubrirlo todo. Es preciso reaccionar y enfrentar este vacío desde la particularidad de nuestra propia experiencia; en lo personal, considero -en esto sigo a la logoterapia- la intervención de tres virtudes humanizadoras: la creatividad, la contemplación y la actitud. En otras palabras, busco crear cotidianamente como una forma de juego y exploración gratuita del mundo. Lo segundo: la distancia contemplativa, que consiste en una separación de la rutina, una suerte de vagabundeo sin otro fin que el desplazamiento placentero; estoy seguro de haber caminado miles de millas en este afán reflexivo-explorador. Por último, la actitud de resistencia es fundamental y debe partir de una toma de conciencia y un deseo de actuar en nuestra vida, que nunca es algo dado o determinado. Existe un poder de transformación liberadora en cada uno de nosotros; pero, atención, no hablo de abstracciones sino de cosas muy concretas: el sentido del humor, la solidaridad, la resistencia, el compromiso trascendente, entre otras tantas posibilidades humanas.

En fin, era solo eso, compartir con todos ustedes esta señal de alerta. Si pudieras quedarte con algo de todo lo que he dicho, que sea con esto: el rendimiento es un concepto aplicable a las máquinas, no a las personas. Nunca es tarde para liberarte, sin pudores y sin culpas, de los prejuicios que tus padres y tus maestros te heredaron.

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Escrito por Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Poeta y escritor. En el mundo académico imparte cursos de lengua y literatura latinoamericana, así como un taller de composición para hablantes nativos durante las primaveras. A la fecha ha publicado cinco libros de poesía, uno de crónicas y un libro de ensayos: Las comuniones insólitas (ed. UNISON 1998); El vértigo de la canción dormida (Ed. UNAM 2000); Pantomimas (Ed. ISC 2001); Oros siempre lejanos (Ed. ISC 2008); Las sanciones del aura (Ed. ISC 2010); en crónica: Como si fuera verdad (Ed. ISC 2016). Su libro de ensayos se titula: Buenos salvajes –seis poetas sonorenses en su poesía. Ha sido ganador de premios de poesía a nivel local (Sonora) y nacional, como el premio Clemencia Isaura (1999), los Juegos Trigales del Valle del Yaqui (2001), mención honorifica en el premio Efraín Huerta de poesía (2001), así como los premios binacionales Antonio G. Rivero (1998) y Anita Pompa de Trujillo (2006). Sobre su obra poética, el Diccionario de escritores mexicanos dice: “La poesía de Álex Ramírez-Arballo se proyecta como una exploración dentro de los territorios del pasado, la oscuridad y la ausencia. Esta sensación de vacío surge porque los elementos verbalizados son definidos no por lo que son, sino por lo que un día fueron: la infancia, el amor, el lenguaje, etcétera. En sus poemas proliferan las imágenes relativas al fenómeno de la mirada, la enunciación poética, el inconsciente y los procesos del sueño”.

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