Unos días antes Economía era una escuela como cualquiera, con maestros que van vestidos de traje a dictar cátedras y estudiantes que hacen sus tareas. Unos días antes uno de esos estudiantes, el Chale, no tenía ni idea de para qué servían los partidos políticos ni en qué se distinguían el PAN del PRI o el PPS. Y apenas unos días antes la mayoría de esos muchachos y muchachas no habían oído hablar de Vietnam, Ho-Chi-Min o la invasión a Checoslovaquia. Tras el bazucazo a San Ildefonso y la marcha del rector, los acontecimientos se precipitaron: las escuelas en huelga se tornaron escuelas de libertad y organización política. “El movimiento empezó hacia adentro: tratando de convencernos y politizarnos el uno al otro”, me dice el Chale. Lo primero: se instaló una asamblea permanente que se convirtió en una academia de formación política. Cualquiera se paraba y se echaba un rollo, aunque no supiera cómo terminarlo. Aunque ese cualquiera era excluyente: se refería sólo a los varones: “los hombres eran quienes se ocupaban de dirigir y las mujeres de hacer las compras para la comida… nunca intervenimos para hablar en la asamblea”, recuerda Josefina Alcázar, entonces de 18 años.

Y acaso nunca como en esas semanas la palabra escuela tuvo más sentido. Porque estudiar, discutir, leer, escribir, se convirtieron en tareas prioritarias. Se aprendía de la guerra de Vietnam, la Revolución Cultural china, la Revolución Cubana, los presos políticos, el sindicalismo independiente, el levantamiento y asesinato de Rubén Jaramillo. Circulaban y se comentaban libros de José Revueltas a Jean Paul Sartre, de los jóvenes autores del boom como Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, de los clásicos del marxismo: Marx, Engels, Trotski y Rosa Luxemburgo. Las novelas de Herman Hesse, como Demián, que le dejó una frase grabada a Josefina: “para nacer hay que romper un mundo”.

Se organizaron las guardias: algunos se quedaban a dormir en la Escuela, no en los salones sino en los sillones de las oficinas administrativas, que tenían sillones más cómodos. Y se formaron las brigadas, que volvían de la calle con los botes llenos de monedas. Se recaudaba tanto dinero que la asamblea destinó a uno de los estudiantes exclusivamente a la contabilidad. Imaginemos la escena: hay tres mesas repletas de cerros de monedas, ordenadas según su valor y tamaño, y al lado unos cien botes con las siglas del CNH que llegaban, los vaciaban y volvían a salir a una nueva expedición a las calles de la Ciudad de México, y un muchacho, de apellido Fuentes, que todo el día se dedica a contar el dinero y repartirlo para las tareas que encomendó la asamblea. Si al principio de la huelga había cierto desconcierto, en pocos días había ya comisiones para redactar e imprimir volantes, visitar otras escuelas, cocinar, salir a comprar comida. Muy pronto hubo escasez de papel y había que ir a conseguirlo a distintas papeleras en la ciudad, que les vendían papel a escondidas y arriesgando el pellejo, pues el gobierno les había prohibido surtirle al Movimiento Estudiantil.

En la Escuela de Economía, el Movimiento puso a cada quien en su lugar. En los últimos semestres había un grupo a quienes les llamaban “los toficos” por un comercial de dulces envueltos en papel plateado, que decía: “los toficos, ay qué ricos”. Los toficos eran Carlos Salinas de Gortari, Manuel Camacho Solís y María de los Ángeles Moreno quienes, dos décadas después, en 1988, ascenderían al poder, el primero como presidente de la República, el segundo como regente del Distrito Federal y la tercera como secretaria de Pesca. Los toficos, de buenas familias y con todas las palancas en el gobierno, de ninguna manera se involucraron en el Movimiento, simplemente dejaron de ir a la Escuela durante la huelga. Al mismo tiempo, la Escuela de Economía fue la ventana para el crecimiento político de montones de estudiantes, como Eduardo Valle Espinoza, el Búho. Era militante de las Juventudes Comunistas (un ala del Partido Comunista) pero en su Escuela había dos dirigentes más importantes de las Juventudes: Pablo Gómez y Joel Ortega. A Pablo y a Joel el Partido Comunista los había enviado al Encuentro Mundial de la Juventud en Sofía, Bulgaria, el 25 de julio y regresaron hasta el 14 de agosto, así que dejaron un hueco que llenó el Búho. Buen orador, la asamblea de Economía lo eligió su representante ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH) junto con Gustavo Gordillo.

En algún momento cundió la zozobra en la Escuela: el Búho no aparecía. “El Búho desaparece varios días y empieza a correr el rumor de que lo tenía la Dirección Federal de Seguridad (la policía política del gobierno). Un día, Gustavo Gordillo dice ‘compañeros, les tengo una gran noticia, en estos momentos nos están informando que ya está con nosotros Eduardo Valle’. La Escuela estaba enloquecida porque era el líder y alguien pregunta dónde está, responden que en Copilco, y sale toda la asamblea por él, y el Búho se aventó un discurso incendiario sensacional”, me cuenta José Luis Araiza. Y luego me revela la verdad sobre la desaparición de su compañero: “Supe que se desapareció porque decidió unir su vida con Rosa María, y se había ido a casa de un amigo a San Luis Potosí”. La luna de miel del Búho la entiendo, más que como un breve escape, como una expresión de la vitalidad del Movimiento: la vida es tan intensa que es el momento propicio para que dos jóvenes decidan compartir la vida ante la inminencia de la revolución y de la muerte. Momentos de libertad y goce.

“Queríamos una libertad que no se tenía; veníamos de una familia muy patriarcal donde los valores victorianos permanecían… ¿Cuántos no tuvimos que enfrentar a la figura paterna para estar en el Movimiento?”, me dice José Luis Araiza 50 años después. En su caso la figura paterna era nada menos que Luis Araiza, un líder sindical muy cercano al secretario de Gobernación Luis Echeverría. “Estás indigesto de marxismo”, lo regañaba su padre cuando José Luis se iba a las marchas y a las brigadas; “yo no quiero discutir con el Luis Araiza de hoy sino con el anarquista de los años 30”, le respondía su hijo, porque antes de disciplinarse a las filas del PRI, Luis Araiza había sido fundador de la Confederación General de Trabajadores, una central obrera de tendencia anarquista. Era “la ruptura de la inocencia, de la obediencia, de la sumisión”, me dice Josefina Alcázar.

La noche del 15 de septiembre, simbólicamente, el Movimiento Estudiantil fundó una nueva república. El profesor Heberto Castillo, de la Coalición de Maestros Democráticos, dio el grito de Independencia en la explanada de rectoría de la UNAM. La ceremonia del Grito estaba reservada al presidente, a los gobernadores, a los alcaldes, a los funcionarios del Estado que, sin excepciones, eran del PRI. De esa noche me dice el Chale: “Pensábamos que éramos libres, que éramos el núcleo de una nueva república donde los ciudadanos externábamos lo que queríamos ser”. Esa noche la explanada de rectoría albergó una verbena popular donde los estudiantes se sintieron libres no sólo para luchar sino también para amarse. Como en toda kermés, algunos jóvenes decidieron casarse y Heberto Castillo fungió como juez de esos matrimonios de mentiritas. El gobierno después uso esos matrimonios para acusar a Heberto de usurpación de funciones.

Acaso por eso apenas dos días después el gobierno mexicano irrumpió de nuevo en la Universidad. El 18 de septiembre el ejército invadió el campus de Ciudad Universitaria. Con tanques, soldados tomaron las escuelas, los auditorios, las explanadas. Los estudiantes salieron corriendo. “Alejandro López, el director del cine club de la Escuela de Economía, estaba tan encabronado que le aventó un ladrillo a un soldado, el soldado volteó a vernos y nos dijo: ‘chinguen a su madre’. Fue bueno que sólo nos ofendiera y no nos disparara”, recuerda Francisco Pérez Arce. De las garras del ejército había que salvar lo más preciado: el mimeógrafo. Pérez Arce recuerda a dos compañeras corriendo con dificultades porque cargaban el pesado aparato, que se había convertido en una de las armas políticas más eficaces del movimiento.

A ritmo de la guitarra de Jimmy Hendrix, de la voz de Janis Joplin, de los Beatles y los Rolling Stones, de los Doors, de Thelonious Monk, los estudiantes construían un movimiento democrático frente a un gobierno autoritario. Pudieron sentir que el Movimiento era su proyecto, la escuela era su casa, las calles y el país eran suyos durante ese corto verano de la libertad.

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Escrito por Emiliano Ruiz Parra

Emiliano Ruiz Parra (Ciudad de México, 1982) es autor de los libros de crónica Ovejas negras (2012), Los hijos de la ira (2015) y Obra negra (2017), además de coautor de una decena de títulos, como The Sorrows of Mexico (Londres, 2016). Recibió el Premio Nacional de Crónica Joven 2016, el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en 2013 y fue nominado al Premio García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010. Licenciado en Literatura Hispánica por la UNAM y maestro en Teoría Política por University College London, fue reportero de política en el diario Reforma. Actualmente colabora en diversos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Gatopardo, en donde ha sido el autor más prolífico con una veintena de reportajes de largo aliento. Sus textos han sido traducidos a seis lenguas.

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