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¿Quién soy? Con esta pregunta desperté en mi adolescencia y no me ha dejado más. Dice Octavio Paz:

Cantan los pájaros, cantan
sin saber lo que cantan:
todo su entendimiento es su garganta,[1]

Con el hombre no pasa igual: el hombre, la mujer, escapan a su gesto, se despegan de su acto y su querer, están más allá, mucho más lejos.

No es cierto. No es cierto que como dice Sartre el hombre sea su proyecto. Al menos no es sólo eso… ni su gesto, ni su lengua, ni su arte.

El espejo que soy me deshabita:
un caer en mí mismo inacabable
al horror de no ser me precipita. [2]

El proyecto que me he hecho, el proyecto que me ha hecho (porque es cierto que uno es “el modo en que habita”, como dice Heidegger), con ser premisa y condición de lo que actualmente soy (ante los otros, ante el mundo, ante mí), no soy yo.

El espejo que soy me deshabita y me hace caer. El yo íntimo de mí desploma por los abismos la pretensión de “esa construcción” de construirme definitivamente.

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,
niebla de mí, mentira y espejismo:
¿qué soy sino la sima en que me abismo,
y qué, sino el no ser, lo que me puebla?

La construcción que he construido es tan real que se palpa. No se resiste a las mediciones propias de las construcciones. Muy bien se pueden sopesar la solidez de sus cimientos firmes y considerar las formas estéticamente correctas, agradables a los ojos. Y, sin embargo, con su belleza y solidez son, de mí, mentira y espejismo. Y en la medida en que me mido respecto de ellas no soy sino la sima en que me abismo.

Ser o no ser, ¿he aquí la cuestión? No, la cuestión se plantea antes: ¿qué soy, quién soy?

Prófugo de mi ser, que me despuebla
la antigua certidumbre de mí mismo,
busco mi sal, mi nombre, mi bautismo,
las aguas que lavaron mi tiniebla.

Hay un punto que no me invento y ante el cual caigo rendido, que me expone ante el misterio de mí mismo, al misterio de mí mismo ante mí. Y este misterio se escapa a los límites que le impongo o en que lo enmarco o en que lo contextualizo: ¿Qué soy, quién soy? No sé responderme.

Nada queda sino el goce impío
de la razón cayendo en la inefable
y helada intimidad de su vacío.

El yo es un misterio irresoluble, así lo expresa el poeta. No hay razón que le exprese adecuadamente ni derechos que le abarquen ni construcción que lo defina o le alcance. Siempre está en fuga.

El hombre está habitado por silencio y vacío.
¿Cómo saciar su hambre,
cómo poblar su vacío?
[y además] ¿Cómo escapar a mi imagen?[3]

 

Continuará…

 


[1] Octavio Paz, Retórica.

[2] Octavio Paz, La caída.

[3] Octavio Paz, El prisionero.

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Escrito por Hugo León

Oriundo de Chihuahua. Radico en CdMx desde hace siete años. Padre de cuatro, esposo de una. Filósofo de formación, educador por convicción y necesidad. Carpintero y escultor en mis tiempos libres. Intento de poeta.

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