Entre los papeles de la abuela Anita hay varios carteles del Consejo Nacional de Huelga; volantes que llaman a la Marcha del Silencio del 13 de septiembre y a otras concentraciones más pequeñas, pero hay cuatro ilustraciones que me fascinan: los dos primeros se parecen entre sí: son tanques de guerra con soldados que se asoman por la escotilla, con cañones listos para disparar. Serían dibujos simples de tanques salvo por un detalle: las orugas de acero tienen la forma de los aros olímpicos. Uno de esos carteles retrata a un soldado que apunta a un estudiante y le grita “¡agresor!” El estudiante no dice nada y sólo se apresta a arrojarle un libro que dice “Ley”.

Los carteles me recuerdan unas líneas del investigador Arnulfo Aquino, también brigadista del Movimiento Estudiantil de 1968 y artista gráfico, que escribió: “En 68 se define la propaganda política y el diseño en su sentido contemporáneo (…) Se intervinieron las imágenes de la Olimpiada. De los aros olímpicos surgieron soldados a bayoneta calada, los señalamientos (de tránsito) fueron estampados con botas, granaderos golpeadores, macanas, pistolas, bazucas o tanques, hasta llegar a la paloma picassiana intervenida en vitrinas y paredes en la calle”.

Los otros dos carteles que me interpelan son también muy parecidos entre ellos. Denuncian a la prensa vendida de la época. El primero me asombra por su simplicidad: un rostro de perfil con los ojos vendados por un billete, el oído tapado con un corcho y la boca abierta, de donde sale una culebra. De fondo se asoma la silueta de una ciudad. Debajo hay una leyenda: “Prensa corrupta”.

El siguiente cartel es explícito. Una mano con la leyenda “Gobierno” embute billetes en la boca de un hombre de traje; en lugar de una pluma, de su sombrero sale un papelito con la leyenda: “prensa”. Entre la mano y el hombre hay un diálogo.

–¿Verdad que vas a decir la pura verdad?

–Yes, jefe.

El Movimiento Estudiantil de 1968 se enfrentó a una prensa que, con excepciones, actuaba como propagandista del régimen. Todas las noches Jacobo Zabludovsky en El diario Nescafé daba el reporte oficial de las noticias del país y del mundo, siempre apegado a la línea gubernamental. Los periódicos estaban controlados a través del monopolio del papel que tenía la empresa paraestatal Pipsa. Diversos medios aceptaron también la sujeción al poder a cambio de la publicidad oficial (o sea de dinero público que les daba el gobierno), por ejemplo, el diario El Universal. El 30 de julio de 1968, José Manuel Lanz Duret, presidente de ese periódico, le escribía al secretario de Gobernación, Luis Echeverría, una carta en donde aplaudía la represión a los estudiantes en el Centro Histórico de la Ciudad (o sea celebraba el bazucazo): “las medidas que usted, conjuntamente con otras autoridades, ha tomado, son verdaderamente acertadas y espero que la paz y el orden se restablezcan rápidamente”. Una semana después de la matanza del 2 de octubre, el gerente del mismo periódico, Juan Francisco Ealy Ortiz, volvía a escribirle a Luis Echeverría. Le pedía que le duplicara el pago de publicidad, con el pretexto del 52 aniversario del periódico, y “a fin de orientar al público sobre las realizaciones logradas por la Secretaría de Gobernación”.

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“¡No entendemos este lenguaje! Cese inmediato de la represión
del diálogo!
Hoja impresa. Cartel 35 x 23.5 cm.
Archivo Ana Ortíz Angulo / http://www.ahunam.unam.mx

Hoy, 50 años después, Ealy Ortiz es el presidente y director general de El Universal (tomo estas cartas de La otra guerra secreta, de Jacinto Rodríguez Munguía).

Las brigadas del Movimiento Estudiantil fueron una respuesta a este feroz control oficial. En una época en la que no existía el internet, las redes sociales ni los teléfonos celulares, los estudiantes salieron a establecer una comunicación cara a cara con el pueblo. Miles de jóvenes armados de volantes tomaban las calles, hablaban unos minutos ante cientos de personas que escuchaban entre sorprendidos y emocionados. El éxito de las brigadas se demostró en la respuesta masiva a las marchas que convocó el Consejo Nacional de Huelga los días 13 y 27 de agosto y 13 de septiembre: a pesar de que la prensa reproducía el discurso oficial y los retrataba como agitadores al servicio de una conjura extranjera, cientos de miles de personas acompañaron a los estudiantes en su camino al Zócalo del Distrito Federal.

¿Qué ha cambiado en 50 años para la prensa en México? Tantas cosas: con el internet y las redes sociales, los medios de comunicación perdieron el control de la información. Esta revolución tecnológica provocó una crisis en los medios de comunicación: la gente compra muchos menos periódicos —porque accede a contenidos gratuitos en internet— y se informa a través de sus redes sociales. Hablo desde mi experiencia como reportero: estuve en el diario Reforma entre 2004 y 2008 y, desde entonces, soy colaborador freelance de medios nacionales e internacionales. He visto el cierre de revistas, el despido de decenas de compañeros, la precarización de los salarios y las prestaciones de quienes generamos contenidos. México es además el segundo país más peligroso para ejercer el periodismo después de Siria: 13 periodistas han sido asesinados entre enero y agosto de 2018. Los medios de comunicación, 50 años después, se han guarecido de la tormenta debajo del paraguas de la publicidad oficial. De acuerdo con un análisis de la organización Artículo 19, el gobierno de Enrique Peña Nieto gastó, entre 2013 y 2017, 40 mil millones de pesos en publicidad oficial —el equivalente a un año del presupuesto de la UNAM— a un ritmo de casi un millón de pesos por hora. Los principales beneficiarios fueron Televisa (16 por ciento) y TV Azteca (9 por ciento). ¿Funcionó el derroche? Según las encuestas Enrique Peña Nieto dejará el gobierno con una aprobación de 20 por ciento, la más baja que se haya registrado.

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Consejo Nacional de Huelga. “Gran manifestación popular de luto y protesta”
Hoja impresa Cartel 25 x 37 cm.
Archivo Ana Ortíz Angulo / http://www.ahunam.unam.mx
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Escrito por Emiliano Ruiz Parra

Emiliano Ruiz Parra (Ciudad de México, 1982) es autor de los libros de crónica Ovejas negras (2012), Los hijos de la ira (2015) y Obra negra (2017), además de coautor de una decena de títulos, como The Sorrows of Mexico (Londres, 2016). Recibió el Premio Nacional de Crónica Joven 2016, el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en 2013 y fue nominado al Premio García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010. Licenciado en Literatura Hispánica por la UNAM y maestro en Teoría Política por University College London, fue reportero de política en el diario Reforma. Actualmente colabora en diversos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Gatopardo, en donde ha sido el autor más prolífico con una veintena de reportajes de largo aliento. Sus textos han sido traducidos a seis lenguas.

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