El Movimiento Estudiantil de 1968 aceleró la liberación de la mujer. En enero, las mujeres llegaban de falda a la Escuela Nacional de Economía, con “taconcitos y muy monas”, como recuerda Josefina Alcázar. Con el inicio del Movimiento y la conquista de las calles, con la salida todos los días a las brigadas, la falda estorbaba. Josefina, como otras de sus compañeras, empezó usando pantalón debajo de la falda. Así se sentía cómoda para caminar, correr, tirarse al suelo, treparse a un banco y hacer una pinta, bajar de un brinco de un autobús. Hasta que un día, simplemente, no se la puso. Salió de su casa en pantalones y no volvió a ponerse falda.

Apenas empezó la huelga y la cómoda inercia machista asignó la división de trabajo por género. Un brigadista de la Escuela de Economía de la UNAM me dijo: “en la cafetería hacían la comida”. Ese impersonal hacían oculta tanto como revela: oculta que quienes hacían la comida eran las mujeres y revela que eso les parecía (y les parece) normal a los hombres. Por eso dos estudiantes de esa escuela, Josefina Alcázar y Amalia Zepeda, encontraron una manera de huir de la cocina: se especializaron en el mimeógrafo.

Hoy el mimeógrafo es una pieza de museo. En realidad atestiguamos el declive de la era del papel para asumirnos como una sociedad digitalizada. No desaparecerán los libros, pero quizá se acaben los periódicos y las revistas, o se sobrevivan algunos cuantos como artículos de lujo. Pero en 1968 no existían las fotocopiadoras ni las impresoras digitales, y de internet y redes sociales ni hablemos. Pero había mimeógrafo: un aparato capaz de reproducir cientos de copias de una página. Primero había que usar otro aparato que también ha desaparecido: la máquina de escribir. En lugar de una hoja de papel, a la máquina de escribir se le ponía un esténcil: una hoja de plástico transparente que se picaba con las teclas de la máquina, y ahí se redactaba el volante. Esa hoja picada era la plantilla, el original; se empapaba de tinta el mimeógrafo y se hacían copias con un rodillo que presionaba la tinta sobre el papel. Los mimeógrafos más modernos funcionaban con energía eléctrica y te liberaban de la manivela.

“En el mimeógrafo yo era soldado de la revolución”, me dice Josefina Alcázar. Esos aparatos abundaban en la UNAM, eran parte del inventario de cualquier escuela. Y había también algunas reservas de papel, pero éstas pronto se agotaron en la Escuela de Economía. Los boteos de las brigadas se usaron para comprar grandes rodillos de papel, que servían para imprimir otros miles de volantes. El Movimiento fue una rebelión no sólo política, social y cultural, fue, sobre todo, familiar. Josefina era hija de un químico de formación militar. Su padre, para impedirle que acudiera a la escuela en huelga, le dejó de dar dinero. “¿A qué vas al borlote?”, le increpaba su padre. Tenía que ganarse ese derecho, el derecho al borlote. La solidaridad social estaba a su favor: bastaba con pedir aventón para que algún automovilista te llevara a la UNAM. Los aventones se convirtieron en una manera cotidiana de ir a Ciudad Universitaria, porque el gobierno cerró las rutas de autobuses que llevaban hasta allá, así que Josefina y Amalia iban y venían diario a puros rides. A Amalia Zepeda le tocó una vez subirse a un coche muy lujoso, ¿no me reconoces, no me reconoces?, le preguntaba el conductor, no, no te reconozco, soy el Púas Olivares, (un famoso boxeador). Amalia ni idea tenía sobre ese famoso boxeador mexicano que esa mañana se solidarizó con el Movimiento al darle aventón a la brigadista.

Josefina: “La Escuela era como mi casa. Me llegué a sentir más cómoda que con mi propia familia, a quienes les gritaba ‘burgueses’ porque no me apoyaban”. La Escuela era su casa, aunque nunca se quedó a dormir en las guardias nocturnas. Según su recuerdo sólo se quedaban hombres, que se acomodaban en los sillones de la dirección con sus gruesas chamarras de borrega, como Jorge Martínez, El Chale. Aunque no pasara las noches en Ciudad Universitaria, Josefina era ya una profesional de la rebeldía: “me encantaba llegar a la casa con el overol lleno de tinta y que mis papás me miraran con una expresión de vergüenza”.

“Escogías a la Adelita porque la revolución estaba la vuelta de la esquina y necesitabas a la camarada que te iba a entender, a ponerse la carrillera y cargar al chilpayate”, me dice otro brigadista de Economía. Cincuenta años después veo que sí, que las mujeres avanzaron montones en ese corto verano de la libertad, pero los hombres acaso avanzaron menos: porque “cargar al chilpayate” se sigue viendo como una tarea femenina, como una división del trabajo que se da por hecha.

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Consejo Nacional de Huelga.
“Luto y protesta ¡Todos a la gran manifestación popular en silencio!”
Hoja impresa Cartel 24 x 34 cm.
Archivo Ana Ortíz Angulo / http://www.ahunam.unam.mx

 

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Escrito por Emiliano Ruiz Parra

Emiliano Ruiz Parra (Ciudad de México, 1982) es autor de los libros de crónica Ovejas negras (2012), Los hijos de la ira (2015) y Obra negra (2017), además de coautor de una decena de títulos, como The Sorrows of Mexico (Londres, 2016). Recibió el Premio Nacional de Crónica Joven 2016, el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en 2013 y fue nominado al Premio García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010. Licenciado en Literatura Hispánica por la UNAM y maestro en Teoría Política por University College London, fue reportero de política en el diario Reforma. Actualmente colabora en diversos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Gatopardo, en donde ha sido el autor más prolífico con una veintena de reportajes de largo aliento. Sus textos han sido traducidos a seis lenguas.

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