“Pensamiento y poesía se enfrentan con toda gravedad a lo largo de nuestra cultura. Cada una de ellas quiere para sí eternamente el alma en donde anida”.

– María Zambrano

Platón ha expulsado a los poetas de la ciudad, ellos no tienen cabida en ella, pues sus palabras no tienen el propósito de describir la realidad, sino que parece que la evaden a propósito y se dedican a describir apariencias, y ello ¿para qué? si lo que el filósofo quiere, y en general, lo que el hombre necesita, es conocer la realidad, para así poder vivir de acuerdo a la verdad; y a la poesía no le interesa ese conocimiento, sino que parece que conscientemente se aleja de ella.

“La poesía pues, va contra la Justicia. Y va contra la justicia, la poesía, porque va contra la verdad”

Por tanto, ¡es una mentira!, ¡los poetas nos engañan con sus palabras! ¡Ah! Pero hay que aceptarlo, si la poesía no es más que un conjunto de mentiras, ¡qué mentiras tan bellas nos han dejado los poetas!

Las reflexiones que hago sobre este tema se basan en el libro Filosofía y poesía de la filósofa María Zambrano (España, 1904-1991), y a lo largo del escrito incluyo pequeños fragmentos de dicha obra. Debo decir que aunque mi campo es la filosofía, soy una amante y profunda admiradora de la poesía, por lo que no pude evitar ciertos cuestionamientos, como los que ha continuación pongo a su consideración.

¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos ocasión de escapar, a veces, de la realidad? ¿Acaso la poesía es eso? ¿es un intento del hombre de eludir el conocimiento de la realidad para quedarse en la apariencias, como lo afirmaba Platón? ¿no es más que un intento fallido de describir la vida con palabras que no le corresponden en realidad, por no apegarse a la verdad? ¿o es, más bien, una manera de exaltar esa misma realidad ante la cual las palabras suelen quedarse cortas?

“¿Cuál era este poder dulce e inquieto que calma y no basta? Sabemos que se llamó poesía”.

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Cualquiera que haya conocido y disfrutado de la poesía en sus distintas expresiones y por medio de sus distintos, y también muy variados, exponentes, digamos, por ejemplo: Homero, Hesíodo, Sófocles, Sor Juana Inés, Gustavo Adolfo Bécquer, Amado Nervo, Octavio Paz, Enrique González Martínez, Mario Benedetti, Julio Cortázar, y tantos otros que a través de sus palabras nos han llevado a saber que no somos los únicos sintiendo, pensando o sufriendo lo que en su poesía relatan; podría decir que ella, la poesía, es algo que nos permite decir algo que tal vez, la filosofía con su rigurosa tarea de conocer las primeras causas y los principios de la realidad, no podría.

“El camino de la filosofía es el más claro, el más seguro; la filosofía ha vencido en el conocimiento, pues que ha conquistado algo firme, algo tan verdadero, compacto e independiente que es absoluto, que en nada se apoya y todo viene a apoyarse en él”.

Cierto, la filosofía ofrece orden, rigor, certeza, explicaciones de distintos fenómenos naturales y humanos, y por ello, su método racional ha llevado a muchos hombres a seguir sus senderos en busca de respuestas a las grandes interrogantes de la vida, y que solo ella, en sus distintas ramas, puede responder.

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Poesía y filosofía, cada una parece dirigirse a ámbitos de la vida muy distintos entre sí; el poeta vuela y se aleja de la realidad, y el filósofo hace todo lo posible por apegarse a ella, permanece con los pies y la cabeza más puestos en ella, pues permaneciendo cerca la puede observar y conocer mejor.

Pero, ¿no es cierto que a veces hay que alejarse de las cosas para poderlas ver y comprender mejor? ¿Que las palabras se quedan cortas para describir ciertos fenómenos?, por lo que el poeta recurre a metáforas, comparaciones, y se sirve de su imaginación para ir un poco más allá, quizá un poco más lejos de aquello que describe, pero que al alejarse se acerca, nos acerca más a ella, a la realidad. Y de pronto entendemos mejor el dolor, o el amor, o la belleza. Siguiendo “las apariencias”, nos acerca a la verdad sin que ese sea su propósito, porque además de pensarla, nos hace sentirla.

“De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra. Toda palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es, también, una liberación para quien la dice”.

Debo decir, que coincido con María Zambrano cuando escribe que entre tantas batallas que Platón libra en pos de la verdad en cada uno de sus diálogos, “la mayor quizá es la de haberse decidido por la filosofía quien parecía haber nacido para la poesía”. Quien ha leído a Platón sabrá de lo que hablo, él, el filósofo se vale de un armonioso y bello uso de las palabras, y cuántas veces se apoya en mitos y/o alegorías para llevar a su lector a comprender lo que quería transmitir.

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Dentro de su rigor, Platón parece también volar, y recurre también a la belleza de las palabras para llevarnos hacia donde él quería, y así, utilizando, por ejemplo, esclavos, aurigas, coches y caballos, nos enseña sobre nuestra naturaleza. ¿Qué tan distinto es esto de la poesía de Sófocles que con su Edipo Rey nos pone a pensar sobre el destino y la libertad? (Y que hoy por hoy, por ejemplo, utilizo en mis clases de filosofía).

La diferencia es que el filósofo está en busca de lo que es, del ser y su unidad, y el poeta pierde su camino, pues se olvida de lo que es para hablar y cantar sobre lo que no es, y ahí es en donde radica su error, pues el objeto del conocimiento, aquello para lo cual sirve el entendimiento, es el ser.

“Pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro. […] El poeta no le teme a nada”.

A lo largo de la obra de Zambrano se van exponiendo las razones por las cuales la filosofía y la poesía parecen irreconciliables, y ello, principalmente, como resultado de lo dicho por Platón, y como filósofa entiendo las diferencias a las que se refiere, pero también sé que “hay algo en el hombre que no es razón, ni ser, ni unidad, ni verdad”, y ese algo parece escapar a la filosofía.

Pero si ese algo también proviene del hombre, si las penas y alegrías, temores, añoranzas, emociones, sentimientos, esperanzas, deseos, pasiones, etc., son parte de su ser; no deberían resultar tan ajenos a la filosofía, ¿o sí?

“El filósofo desdeña las apariencias porque sabe que son perecederas. El poeta también lo sabe, por eso se aferra a ellas; por eso las llora antes de que pasen, las llora mientras las tiene, porque las está sintiendo irse en la misma posesión. Los cabellos negros de la amada blanquean mientras son acariciados y los ojos van velando imperceptiblemente su brillo y son por eso más amados, más irrenunciables”.

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Cierto es que muchas de estas reacciones humanas son provenientes del cuerpo, ese mismo cuerpo que fue descrito por Platón como la tumba del alma, y el cual nos ata a las apariencias y que con sus deseos, necesidades y pasiones, se aferra muchas veces a cosas materiales, alejando, entonces, al alma del conocimiento. Pero ese cuerpo también enseña, pues nos hace sentir, y ¿qué seríamos sin él?, si es en él, como lo afirmaba Aristóteles donde comienza el saber, pues en él comienza también el deseo, ese que nos mueve hacia lo que queremos, o nos aleja de lo que no.

¡Cuán interesante es esa lucha entre lo que proviene del alma y lo que proviene del cuerpo! ¡Cuánto se aprende de ella!

Y así la filosofía era, en palabras de Platón “un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser” y la poesía, en palabras de María Zambrano, “ha sido, en todo tiempo, vivir según la carne. Ha sido el pecado de la carne hecho palabra, eternizado en la expresión”.

Pero, ¿lo anterior significa que una y otra estén condenadas a estar separadas? ¿que una estorba a la otra? Si pensamos, como Platón, que somos la unión accidental del alma con un cuerpo, la respuesta, como ya hemos visto, será: sí, filosofía y poesía son irreconciliables; pero si entendemos al hombre como a un todo, como lo entiende Aristóteles, por ejemplo; como la unión substancial de materia y forma (cuerpo y alma); no podremos separarlas, pues ambas apuntan a aspectos distintos de la realidad que representa al hombre en sus distintas facetas, y en sus diferentes maneras de enfrentar, conocer y sentir la realidad.

Hablar, escribir y/o leer sobre amor y desamor, alegría y dolor, vida y muerte, conocimiento e ignorancia, no es exclusivo de una u otra, filosofía y poesía. Cada una de ellas tienen su manera de acercarnos a lo que somos, y a lo que no somos. Sé que el objetivo de la poesía no es decir la verdad, pero eso no significa que lo que un poeta dice no sea verdadero.

“El conocimiento no es una ocupación de la mente, sino un ejercicio que transforma el alma entera, que afecta a la vida en su totalidad”

Ambas, filosofía y poesía, nutren el alma, cada una a su manera. ¿por qué pelearlas, por qué el empeño en separarlas? Si de las dos se obtiene tanto, si como filósofa me sirvo de la poesía para ir más allá del rigor intelectual, para apreciar, disfrutar y también, ¿por qué no? Sufrir. Porque viviendo, sintiendo, imaginando, puedo entender un poco más esto que soy y esta realidad en la que vivo.

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“Quien está tocado por la poesía, no puede decidirse, y quien se decidió por la filosofía no puede volver atrás”.

María Zambrano

Yo me quedo con las dos…

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Escrito por Elsa Sepúlveda

Enamorada de la filosofía, docente por convicción y amor a la verdad. Una regia que escapó de la industria para encontrarse con las humanidades y la filosofía.

4 comentarios

  1. es como quiere bergson. hay, en esencia, dos funciones basicas en la mentalidad humana. la funcion fabuladora, y la funcion racional. asi que el poeta suele apelar en terminos generales a la funcion fabuladora de la mente humana, mientras que los filosofos solemos recurrir en forma preponderante a la funcion racional de la mente humana para darle vida a nuestras creaciones cientificas y filosoficas.

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      1. Saludos. Compartimos el gusto. Por aquí andaremos publicando sobre la cuestión. ‘Hay muchas auroras por lucir’.

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