Por Jorge L. Navarro

A veces tenemos la impresión de que entre las generaciones hay un muro infranqueable y que las generaciones adultas ya no entienden ni se entienden con las nuevas.

Ocurre esto, sobre todo, cuando los cambios generacionales son conflictivos. Pero el corazón humano es el mismo en todos los hombres, sus fibras más íntimas y su consistencia están tejidas con las exigencias y los deseos de felicidad, de verdad, de justicia y de amor que dan forma y dinamismo a la experiencia, cada cual dentro de las circunstancias tiene que hacer su vida y en ellas cada generación se expresa y muestra su propio rostro.

Las diferencias generacionales afloran pronto: cambian los gustos, las modas, las pretensiones y de esta manera las generaciones se separan y a veces se enfrentan. La separación es necesaria; la ruptura, no, aunque suele acontecer.

De vez en cuando se producen destellos que nos muestran que, en la diferencia y el contraste, el corazón es el mismo y persisten los mismos deseos, la espera de un cumplimiento, el estupor por la belleza y el anhelo de que la presencia del otro no sea la de un competidor o la del “lobo del hombre”, sino amistad y compañía.

Por casualidad me topé con la canción de una banda casi desconocida para mí (tengo que subrayar que lo es “para mí”, porque se trata de un “ídolo” de otra generación).

Me refiero a la banda de rock Bon Jovi. Su música y su trayectoria me son casi ajenas y su sensibilidad ya no es la mía. Es normal que los adultos nos vayamos deslizando por la inevitable pendiente de “todo tiempo pasado fue mejor”. Cabe decir que mi generación es la de los Beatles, Doors, Creedence, Simon and Garfunkel, Jim Croce, Janis y otros que todavía son sencillamente ¡insuperables!

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Bon Jovi es un grupo musical de finales de los ochentas que aún hoy se presenta en grandes conciertos, en los que pone a miles de asistentes a repetir sus estribillos.

Ver un estadio repleto, saltando y coreando a una voz es un espectáculo sorprendente, sin duda. Incluso se ha descrito a Bon Jovi como la banda de rock con los coros más alegres.

En el videoclip de un concierto me detuve a ver y a escuchar. Observé una banda en pleno “juego” con el público que corea con intensidad el estribillo “woah, livin’ on a prayer” (woah, viviendo en una plegaria).

En la filmación del concierto se capta de inmediato una especie de ritual, de un diálogo que no es debate ni confrontación, sino canto que incita una respuesta y que reúne una sola voz.

Me llamó la atención no sólo el corear de los asistentes, sino las palabras que, conscientemente o no, estruendosamente repiten: ¡viviendo en una plegaria! Seguramente algo similar ocurre en otros conciertos. ¿Una histeria colectiva?, ¿masificación?, quizá. Que lo digan la psicología y la sociología.

El corear despertó mi curiosidad: ¿qué es “vivir en una oración”? ¿qué dice esa canción?, ¿cuál es el contexto de ese estribillo? Y mi sorpresa creció.

La letra narra una historia de amor, sencillísima, muy trivial, la de cualquier “hijo de vecino” y profundamente humana. La canción inicia como un cuento: “érase una vez, hace no mucho tiempo…”.

Y continúa narrando la historia de una pareja. Tommy se ha quedado sin trabajo, en paro y en una situación difícil. Gina, su compañera, una mesera que trabaja todo el día para llevar su paga a casa… ¡por amor!

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No es la clase de amor que vuelve la situación color de rosa. No es el final feliz de un cuento, sino el vínculo de una promesa que es la gran razón para afrontar la dura situación.

Las palabras de Gina pueden ser desconcertantes y sin embargo, llenas de esperanza: “tenemos que aguantar con lo que tenemos”, “no se hace la diferencia si la hacemos o no”, “nos tenemos uno al otro y eso es mucho”, “por amor lo intentaremos”.

En estas palabras no hay resignación, pero sobre todo no hay ese lugar común tan americano de nuestro tiempo: “la vamos a hacer, seremos triunfadores”.

La disyuntiva no es la del triunfo o la derrota, que están ahí latentes. Lo que hace la diferencia es que tú estás conmigo y yo contigo… ¡y eso es mucho!

El contenido del estribillo –que une a todo el público– dice: “woah, estamos a la mitad del camino, viviendo en una plegaria, toma mi mano y lo lograremos, lo juro, viviendo en una plegaria, estamos a mitad del camino, viviendo en una plegaria”. ¡Woah, livin’ on a prayer!

Hace tiempo escuché a alguien decir que el afecto, el amor, hace que una relación se convierta en una historia y me parece muy acertada la afirmación.

El afecto une a las personas y las pone “en camino”. El sentimentalismo, en cambio, es un afecto que no mira al futuro, que busca satisfacción inmediata o nada.

Y el adhesivo, lo que sostiene la relación hacia el futuro, es una promesa, una alianza, no una regla ni un contrato. Y pareciera que lo que sostiene la promesa, el tenerse uno al otro en la dificultad, es seguir “viviendo en una plegaria”.

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Después, sigue la historia y Gina parece desfallecer, “quiere escapar, llora de noche”. Y ahora Tommy, toma la palabra para animarla, “nena, un día estaremos bien. Tenemos que aguantar con lo que tenemos…”. Y acaba repitiendo, las mismas palabras: “nos tenemos uno al otro y eso es mucho. Por amor lo intentaremos”. Se repite la promesa y el estribillo: “estamos a mitad del camino, viviendo en una plegaria”.

Y no puedo dejar negar mi asombro al descubrirme entusiasmado con el corazón de otra generación, con su sentido tan concreto del amor y con su sinceridad al reconocer su “incapacidad” de sostenerse en el afecto sin la petición, “viviendo en una plegaria”.

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Escrito por Jorge L. Navarro

Profesor de filosofía, ex director de la Escuela de Filosofía en la UPAEP (universidad en Puebla, México) en la que participa actualmente en el Centro de Estudios de Familia y Sociedad.

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