Entras a la Escuela Nacional de Economía porque ya has imaginado tu destino: serás empleada de un banco —quizá llegues a ser la gerente de una sucursal—, te casarás con un hombre de buena posición, acaso militar como tu padre, usarás tacones y falda todos los días de tu vida en una ciudad esplendorosa que se apresta a ser la sede de los Juegos Olímpicos. Estamos en julio de 1968 y esas certezas son tan firmes y tan distintas como las que tendrás en menos de 10 semanas; sí, en menos de tres meses pensarás que la revolución está a la vuelta de la esquina; para entonces habrás cambiado la falda por los pantalones y, si acaso usas tacones serán solamente para ocultar en ellos recados y cartas que le llevas a los presos políticos que visitas en la cárcel de Lecumberri. Ya no querrás tener marido sino un compañero, una pareja que comparta tu deseo de transformar el mundo. Nueve semanas y media, que van del 23 de julio al 2 de octubre, serán suficientes para darte cuenta que puedes cambiar el rumbo de tu vida. Desde entonces te sentirás ciudadana de un país que tú misma construiste: un país que se llama Movimiento Estudiantil de 1968.

Eres una mujer de 18 años. Entraste en enero de 1968 a la Escuela Nacional de Economía de la UNAM en la Ciudad Universitaria, al sur del entonces Distrito Federal. La mayoría de los estudiantes son hombres. Las mujeres se sientan en las filas de hasta adelante, usan la falda debajo de la rodilla (ir de pantalón hubiera sido una locura, “como ir en bikini”), cruzan la pierna para afirmar su decencia. Deben soportar cada tanto el comentario misógino de algún profesor, incómodo con la presencia de las mujeres en las aulas universitarias. Aunque los tiempos empiezan a ser adversos para los machistas: la Escuela de Economía tiene por primera vez, desde 1967, a una directora, la maestra Ifigenia Martínez.

Josefina Alcázar y Amalia Zepeda entraron a Economía en 1968 y se encontraron con una escuela en donde había de todo: viejos grupos afines al PRI —algunos de tendencia porril— y el abanico de la izquierda revolucionaria: comunistas, troskistas y maoístas. Josefina Alcázar oyó que todos esos grupos se definían a sí mismos como materialistas, y desconfió de ellos porque pensó que sólo les interesaba el dinero, las cosas materiales. En poco tiempo se daría cuenta de que materialista se refería a algo muy diferente. A Josefina la hicieron comer croquetas de perro cuando entró a Economía. Era la novatada para los alumnos de nuevo ingreso, que se conocían como perradas. A ella le tocó ver desfilar, en el circuito universitario, a estudiantes en ropa interior embadurnados de plumas. No eran de Economía, quizá de Derecho e Ingeniería, en donde las perradas eran más duras.

A fines de julio el ambiente en la Escuela Nacional de Economía empezó a bullir. Los estudiantes de semestres más avanzados entraban a salonear: daban algún breve discurso a la mitad de una clase, o convocaban a reuniones en el auditorio. Entre ellos había uno muy peculiar, se llamaba Eduardo Valle y le decían El Búho por sus gruesos lentes de miope. El 24 de julio esos compañeros decían que hubo una represión muy fuerte contra los estudiantes de la Vocacional 5 del Instituto Politécnico Nacional en la plaza de la Ciudadela. Entraron los granaderos a la escuela, golpearon estudiantes —también a las mujeres— y jalaron parejo contra las trabajadoras, las secretarias y todo aquel que no alcanzó a escaparse de los macanazos.

A partir de entonces los acontecimientos se aceleraron para estudiantes como Amalia Zepeda. El 26 de julio acudió a la manifestación que conmemoraba el Asalto al Cuartel Moncada —el antecedente de la Revolución Cubana— que partió de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP), en la colonia Álamos, al Hemiciclo a Juárez. Era la primera marcha de su vida. Se fue a casa temprano, sin haberse enterado que, a unas cuadras, cerca del Zócalo capitalino, los granaderos cargaron contra todo aquel muchacho o muchacha joven: veían a alguien con un libro, un portafolios, y lo correteaban y golpeaban con saña. Ese 26 de julio era viernes. Transcurrió el fin de semana y el lunes 29 la Escuela de Economía era por completo diferente.

Los estudiantes contaban lo que había pasado en el Centro Histórico el viernes pasado. Además de la marcha para conmemorar la Revolución Cubana, otra manifestación había pasado a unas calles: estudiantes del Instituto Politécnico Nacional habían salido de la plaza del Carrillón, en el Casco de Santo Tomás. La marcha la había convocado la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos, la FNET, una organización controlada por las autoridades y cercana al PRI. Años después Francisco Pérez Arce escribiría: “la FNET convocó a la protesta porque no tuvo más remedio: el asalto granadero (en la Ciudadela) había sido tan artero, tan sin sentido, y la molestia estudiantil tan justificada, que lo menos que podía hacer era protestar, simular una respuesta enérgica y después aceptar la explicación de las autoridades, tomar por buenas las promesas de que se investigaría… y etcétera, etcétera. No buscaban empezar un movimiento sino, en todo caso, prevenirlo”III. Pero esa marcha se le salió de control a la FNET. Los estudiantes politécnicos, en la plaza del Carrillón, empezaron a gritar “¡Zócalo, Zócalo!”, y la FNET no pudo detenerlos; salió una marcha independiente que caminó por Avenida Hidalgo, San Juan de Letrán (hoy el eje central Lázaro Cárdenas) y se dirigió al Zócalo por la calle de Madero.

Hay que hacer un paréntesis histórico. Según un estudio de la organización Sin Tráfico, en la Ciudad de México hay unas dos mil 400 marchas al año, y 100 de ellas desembocan en el Zócalo de la Ciudad de México. Esa es la normalidad en nuestros días. Pero hace 50 años eso era inimaginable. El Zócalo era un símbolo sagrado del poder como sagrado era el ejército, el presidente y la Virgen de Guadalupe. El Zócalo le pertenecía al PRI, a nadie más. “Nadie podía ir al Zócalo, era impensable que un grupo no priista hiciera una marcha”, me dice Joel Ortega. Tomar el Zócalo sin el permiso presidencial era un delito de lesa majestad. En las costumbres del régimen priista, el Zócalo  era la plaza donde el pueblo agradecía al presidente cada primero de septiembre tras los larguísimos y aburridos informes de gobierno.

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Consejo Nacional de Huelga.
“¿Verdad que vas a decir la pura verdad?”
Hoja impresa. Cartel. 23 x 35.5 cm.
Archivo Ana Ortíz Angulo / http://www.ahunam.unam.mx

¡Zócalo, Zócalo! Era un grito de guerra, un desafío que el gobierno no iba a tolerar. “Vimos policías rompiendo parabrisas, agrediendo todo. En la marcha venían muchas mujeres que también eran agredidas y nosotros no permitimos eso; albañiles que estaban trabajando se unieron y comenzamos a defenderlas con lo que teníamos cerca: piedras, lo que fuera”, me contó Humberto Pozos, entonces estudiante de la Vocacional Wilfredo Massieu. El propio jefe de la policía, Raúl Mendiolea Cerecero, encabezaba las fuerzas de granaderos que cargaban contra cualquier estudiante y muchacho que pretendiera ir a la Plaza de la Constitución. No los iban a dejar llegar al Zócalo por ningún motivo.

En esa época el Centro Histórico era todavía el Barrio Universitario. La Preparatoria Uno de la UNAM tenía su sede en el antiguo Colegio de San Ildefonso. La tarde del 26 de julio fue para muchos jóvenes un bautizo político. Un portafolios con papeles, un libro bajo el brazo, eran motivo suficiente para que un granadero te agarrara a golpes. David Parra estaba en el auditorio de la Preparatoria 3 a punto de oír un concierto de música clásica. Se había dispuesto un piano para que uno de sus compañeros tocara La Polonesa de Chopin. Lo podemos mirar de traje oscuro y corbata, el cabello relamido y los zapatos recién boleados. Los chavos lo escuchaban, quizá para muchos era la primera vez que oían una pieza para piano. El recital de repente se interrumpió: un grupo de estudiantes reventó con gritos el concierto. Sus camisas blancas estaban manchadas de sangre, pedían ayuda, acusaban, corrían a refugiarse de los trancazos de la policía. “Así fue como empezamos el Movimiento”, recordaría David Parra 50 años despuésIV. Fue tan fuerte esa impresión que a los pocos días David sería nombrado representante de la Preparatoria 3 ante el Consejo Nacional de Huelga.

Esas eran las historias que se contaban en la Escuela Nacional de Economía el lunes 29 de julio. Josefina Alcázar y Amalia Zepeda las escuchaban con sorpresa. Les contaron que los estudiantes, perseguidos por los granaderos, se habían refugiado en San Ildefonso, y que la policía seguía afuera de la Preparatoria, amenazando con tomarla. Los días duran siempre 24 horas, pero en el calendario político hay días que equivalen a años. Eso ocurrió en el verano de 1968. Porque al día siguiente, martes 30 de julio, Josefina y Amalia amanecieron con una noticia que las dejó estupefactas, a ellas y al resto de la comunidad de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Politécnico Nacional.

El ejército mexicano había lanzado un bazucazo contra la puerta de la Prepa Uno, que residía en el Colegio de San Ildefonso. Los soldados entraron a la Prepa y desalojaron a los estudiantes. Retomo la narración de Francisco Pérez Arce: “a las once de la noche del lunes 29 salió la tropa del Campo Militar número Uno. A la medianoche recorría las calles del centro. Los estudiantes no enfrentaron al ejército, nunca lo hicieron, era una fuerza desproporcionada. Los estudiantes se recluyeron en sus escuelas. Pero los soldados no se conformaron con ocupar las calles, quisieron sacar a los jóvenes de su refugio, el viejo Colegio de San Ildefonso, y para ello derribaron el portón de madera tallada, de antigüedad colonial como el edificio, con el disparo de una bazuca”.

Una bazuca dispara un misil que es capaz de detener la marcha de un tanque de guerra. El disparo no sólo rompió una centenaria puerta de madera. También destruyó el discurso sobre el que se basaba el régimen del PRI: el de la paz social, de un gobierno emanado de la Revolución Mexicana que garantizaba el desarrollo del país sin conflictos sociales. Los periódicos publicaron la fotografía de un soldado, rodilla al piso, apuntando hacia la puerta. El ejército no estaba defendiendo al país de “masiosare”, el extraño enemigo que profanara con sus plantas tu suelo. Ese soldado disparaba su arma contra una preparatoria en donde no había más que muchachos desarmados y asustados, que no opusieron resistencia y se limitaron a cantar el himno nacional en la azotea mientras el ejército penetraba en su escuela.

Unos días antes Amalia Zepeda y Josefina Alcázar eran estudiantes sin mayor conciencia política. Ahora escuchaba la palabra huelga y caían en cuenta de que estaban por participar en un Movimiento. En los siguientes días aquellos anhelos de tantas alumnas como ellas, trabajar en un banco, ser una profesionista, madre de familia y vivir una vida sin mayores sobresaltos, estaban a punto de derrumbarse como un montón de piedras porque la revolución, decían todos, estaba a la vuelta de la esquina.

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“Hecho para México”
Hoja impresa. Cartel 21 x 33 cm.
Archivo Ana Ortíz Angulo / http://www.ahunam.unam.mx
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Escrito por Emiliano Ruiz Parra

Emiliano Ruiz Parra (Ciudad de México, 1982) es autor de los libros de crónica Ovejas negras (2012), Los hijos de la ira (2015) y Obra negra (2017), además de coautor de una decena de títulos, como The Sorrows of Mexico (Londres, 2016). Recibió el Premio Nacional de Crónica Joven 2016, el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en 2013 y fue nominado al Premio García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010. Licenciado en Literatura Hispánica por la UNAM y maestro en Teoría Política por University College London, fue reportero de política en el diario Reforma. Actualmente colabora en diversos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Gatopardo, en donde ha sido el autor más prolífico con una veintena de reportajes de largo aliento. Sus textos han sido traducidos a seis lenguas.

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