Comenzaré diciendo algo con toda honestidad: es muy probable que yo sea un idiota o un ingenuo, o las dos cosas. Reconociendo esto, no puedo evitar el siguiente razonamiento de cara a la realidad nacional.

Me sorprende enormemente la manera en la que los políticos se conducen en el espacio público. Es como si habitaran un mundo aparte regido por leyes que nosotros los simples mortales desconocemos. En ese mundo lejano donde ellos se desenvuelven, no existen principios sino obsesiones ideológicas y, sobre todo, un cinismo absoluto, sin fisuras. El juego consiste en hacerse del poder público y para conseguirlo echan mano de unas herramientas tan antiguas como eficaces: la propaganda, la manipulación, la mentira. Son las piezas de un tablero muy grande e intrincado que nosotros, los simples peatones, no podemos comprender enteramente, pero que intuimos esconde una maquinaria de control cuya sangre o cuyo combustible, para continuar con la metáfora mecánica, es el dinero o el capital. En ese mundo lejano cada quien ve por sus propios intereses mientras oficia los simulacros civiles que marca con precisión meridiana el calendario electoral.

Como soy hijo de la filosofía y no de la teoría política, me veo forzado a buscar comprender estas desviaciones morales. Me resulta claro que entre la llamada clase política no abunda la empatía, condición humana esencial para construir comunidades sólidas y con futuro. Es verdad que la retórica populachera que ellos emplean se refiere constantemente a la solidaridad, pero es solo eso, oratoria vacua con la cual endulzar los oídos de los votantes reciclables. Un análisis medianamente serio del discurso de los políticos bastaría para desenmascarar la vaciedad que los habita. No nos engañemos: son egoístas con delirios de grandeza. Se ven en el espejo y se sienten más grandes que su sombra. No tienen la estatura ética e intelectual para enriquecer la historia de sus comunidades con un compromiso eficaz y realista, humano. Son seres de espíritus inflamados por la soberbia. Los políticos, como el yogurt, deberían tener fecha de caducidad.

Ellos son los que conforman un Estado con apellido pomposo y falaz: benefactor. Aspiran a ejercer sobre nosotros una ascendencia paternal porque son ese ogro filantrópico que nos mostrara Octavio Paz, y que da palos y acaricia por igual; por increíble que parezca, hay muchas personas, millones de ellas que aspiran a esa paz tan salvaje e inadmisible de la estructura piramidal. En el fondo lo que quieren es una figura autoritaria que les resuelva problemas, por ello es que aspiran a que sea esa élite burocrática quien los mantenga con base en un sistema de limosnas institucionales. Todo es una falacia, una tragedia histórica cuya principal víctima es nuestra libertad.

Lo terrible no es todo esto, lo auténticamente terrible es que esta casta gobernante existe únicamente porque lo permitimos nosotros. No es posible un Estado de bienestar sino una sociedad de bienestar, y para construirla es preciso conjugar el esfuerzo diario y disciplinado de todos. No somos esclavos, aunque no nos demos cuenta.

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Escrito por Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Poeta y escritor. En el mundo académico imparte cursos de lengua y literatura latinoamericana, así como un taller de composición para hablantes nativos durante las primaveras. A la fecha ha publicado cinco libros de poesía, uno de crónicas y un libro de ensayos: Las comuniones insólitas (ed. UNISON 1998); El vértigo de la canción dormida (Ed. UNAM 2000); Pantomimas (Ed. ISC 2001); Oros siempre lejanos (Ed. ISC 2008); Las sanciones del aura (Ed. ISC 2010); en crónica: Como si fuera verdad (Ed. ISC 2016). Su libro de ensayos se titula: Buenos salvajes –seis poetas sonorenses en su poesía. Ha sido ganador de premios de poesía a nivel local (Sonora) y nacional, como el premio Clemencia Isaura (1999), los Juegos Trigales del Valle del Yaqui (2001), mención honorifica en el premio Efraín Huerta de poesía (2001), así como los premios binacionales Antonio G. Rivero (1998) y Anita Pompa de Trujillo (2006). Sobre su obra poética, el Diccionario de escritores mexicanos dice: “La poesía de Álex Ramírez-Arballo se proyecta como una exploración dentro de los territorios del pasado, la oscuridad y la ausencia. Esta sensación de vacío surge porque los elementos verbalizados son definidos no por lo que son, sino por lo que un día fueron: la infancia, el amor, el lenguaje, etcétera. En sus poemas proliferan las imágenes relativas al fenómeno de la mirada, la enunciación poética, el inconsciente y los procesos del sueño”.

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