Manuel Díaz Cid (1938-2018) fue un destacado politólogo poblano. Referente tanto para estudiantes, periodistas y políticos que asiduamente le buscaban por alguna orientación. Su reciente muerte nos permite detenernos a mirar sus aportaciones, como la fundación de la Universidad Popular Autónoma de Puebla (UPAEP).

El politólogo Alejandro Guillén, tan cercano a don Manuel, accedió a responder algunas preguntas para Humanum, las cuales fueron planteadas antes de su deceso y cuya respuesta se dio en días posteriores a su partida.

¿Cuál es el papel que don Manuel ha desempeñado en la ciencia política de Puebla e incluso a nivel nacional?

Don Manuel fue un apóstol del quehacer politológico. Sus análisis políticos eran leídos o escuchados, no sólo en Puebla sino también en el ámbito nacional, en un tiempo en que no se sabía exactamente qué es un politólogo. Su enorme preparación y sabiduría le permitieron comunicar con sencillez sus conocimientos a públicos de distinta índole.

Fue un despertador de vocaciones en la entidad.  En mi caso, fue a través de don Manuel como confirmé mi vocación y decidí estudiar Ciencias Políticas. Era el año de 1983 cuando él me impartía clases de Historia de la Filosofía en el bachillerato. En ese entonces, él era el director de la Escuela de Ciencias Políticas de la UPAEP. Después de entrevistarlo acerca de la carrera, ya no tuve más dudas sobre lo que quise estudiar. Así como yo, varios de los hoy colegas fueron influidos por don Manuel.

Él observó con claridad la transición mexicana y los cambios que se estaban dando en Europa del Este en la década de los ochentas del siglo pasado. “Asistimos, no a una época de cambios, sino a un cambio de época”, solía decir.

Para quienes lo seguíamos en esos años (estudiantes, académicos, empresarios, políticos profesionales y gente interesada en la política) a través de su interpretación de la realidad política, don Manuel nos tendió un puente que conectaba a la modernidad con la postmodernidad. De ahí la trascendencia de sus análisis políticos. Su voz era respetada y admirada en todos los foros donde él se presentaba.

Don Manuel dominaba distintas materias relacionadas con la historia, la filosofía y, por supuesto, la política. Sin embargo, en los últimos años, su avidez de conocimiento lo llevó a desarrollar el estudio de la geopolítica. De hecho, las cátedras que llevan su nombre han girado –hasta el momento– en torno a esta materia.

Ahora bien, don Manuel fue mucho más allá de la Ciencia Política. Su enorme cultura y gusto por la historia y la filosofía lo llevó a plantear problemas de la sociedad contemporánea, buscando dialogar con personalidades de distintas disciplinas y de distintas latitudes.

Los llamados “Encuentros de Centros de Cultura” llevados a cabo en la UPAEP desde finales del siglo XX y presididos por él, fueron eventos internacionales en los que el diálogo entre historiadores, filósofos, teólogos, científicos y personalidades de otras áreas del conocimiento humano enriquecieron la vida académica de la Universidad. Gracias a este esfuerzo, Díaz Cid fue nombrado por el papa Juan Pablo II consultor del Pontificio Consejo de Cultura del Vaticano en el año de 1998.

Escribió los libros La Revolución Francesa, Génesis y doctrina de la Francomasoneria, Ilustración e Independencia en Hispanoamérica, Sociedades de pensamiento e Independencia, Tormenta del desierto, Historia de la Participación de los Católicos en la política tomo I. Siglos XIII al XIX, Análisis político contemporáneo: herramientas selectas y México 68: ¡¿Otra historia?! Un ensayo politológico e histórico sobre el movimiento estudiantil de México.

¿Cuáles fueron las motivaciones que llevaron a don Manuel a dedicarse a la ciencia política?

El antecedente remoto fue la lucha por la autonomía universitaria y el conflicto estudiantil de 1961. En aquellos años, la polarización ideológica al interior de la Universidad de Puebla provocó que el conflicto tuviera tintes políticos. Aunque Don Manuel los intuía, la parcialidad con las que veía las cosas le impedía vislumbrar hasta dónde el gobierno tenía metidas las manos en la pugna entre los grupos. Las motivaciones definitivas vinieron a partir del año 1968, dos años después de haber fundado el Instituto de Investigaciones Motolinía. El movimiento estudiantil y el sexenio de Luis Echeverría hicieron pensar a Don Manuel y a sus fundadores que sus estudios debían pasar de  la problemática social o económica a la política.

¿Qué papel jugó la fe católica en el pensamiento político de don Manuel?, ¿cuáles son sus influencias?

Don Manuel fue un hombre de una fuerte formación religiosa. Los valores católicos fueron los pilares de su acción durante toda su vida. La defensa de su fe le motivó a formar parte del Frente Universitario Anticomunista (FUA). Pero, contrario a lo que mucha gente piensa, siempre fue un convencido de que los laicos son los que deben participar profesionalmente en la política y no los ministros religiosos; prefería un Estado laico a un Estado confesional.

Su concepción de libertad fue lo que le permitió conectar su fe católica con el mundo moderno y posmoderno. Don Manuel terminó siendo un defensor de la democracia, la pluralidad, la tolerancia, el diálogo y la participación política.

Entre los autores que influyeron en don Manuel se encuentran los filósofos San Agustín y Michel Federico Sciacca; su amigo, el filósofo y teólogo uruguayo Alberto Methol Ferré y, de alguna manera, hay una cierta relación de Don Manuel con los jesuitas (“El Yunque” es de inspiración jesuita) y con el papa Francisco (Jorge Mario Bergoglio estuvo cerca de la “Guardia de Hierro”, organización reservada ligada al peronismo y que opuso resistencia  a las dictaduras militares), aunque con este último no de manera directa, sino a través de Alberto Methol y su “Teología del Pueblo”.

¿Qué alumnos destacados fueron alumnos de don Manuel?, ¿con qué personajes sostuvo encuentros?

Pregunta de difícil respuesta porque el maestro tuvo muchos alumnos de distintas generaciones que han destacado en la vida académica, en la política activa, en los partidos, en la administración pública, en el periodismo y en la sociedad civil. Al decir nombres corro el riesgo de dejar fuera a alguien. ¿Con qué personajes sostuvo encuentros? Imposible de precisar por parte mía. Lo único que puedo decir es que siempre tuvo las puertas abiertas, tanto de la oficina como de su casa, para todas las personas que quisieran platicar con él. La generosidad de compartir su tiempo y sus conocimientos era un atributo de su personalidad.

Cuénteme una anécdota personal entre usted y don Manuel de la que haya aprendido algo que considere importante.

Te contaré la primera, en el tiempo, de tantas anécdotas personales.

Conocí a Don Manuel en el año de 1983. Yo cursaba el tercer año de bachillerato en la UPAEP y Díaz Cid impartía ahí la materia de Historia de la Filosofía. Desde el primer día en que asistí a sus cursos me impactó su personalidad. Su forma de dar clases trajo consigo sus primeras grandes enseñanzas: la manera de controlar a un grupo de adolescentes inquietos capturando todo el tiempo su atención, la forma de comunicar de manera sencilla algo que parecía complicado, su enorme bagaje cultural que le permitía hablar con nosotros sobre cualquier tema, el dirigirse con respeto a sus alumnos, nos hablaba de “usted”, por ejemplio.  En fin, a partir de ese momento don Manuel fue y será mi MAESTRO (con mayúsculas) de toda la vida; porque, siendo en esa época el director de Ciencias Políticas de la UPAEP, el director del Instituto de Investigaciones Motolinía, aunado a toda esa enorme capacidad de transmitir conocimientos, ¿qué hacía un hombre de su talento dando clases en un bachillerato?

Además de la humildad y la generosidad que le caracterizaban, don Manuel era un despertador de vocaciones.

Acudí a él para solicitarle información sobre una tarea que me habían dejado en una materia llamada “Introducción a las Ciencias Políticas” y tenía que informarme sobre qué cosa era la “Comisión Trilateral”. Amablemente me dijo que después de la siguiente clase que tuviéramos con él, me daría la información. Puntualmente, don Manuel me llevó una revista junto con algunos documentos que hablaban del tema, me explicó el ABC del asunto y ¡me prestó el material! El objetivo de la tarea estaba garantizado de antemano; aprendí sobre el tema, gracias, en primera instancia, a su generosidad de compartir conocimientos.

Antes de escoger la carrera que debía estudiar durante los siguientes cinco años, lo entrevisté para que me hablara de Ciencias Políticas y gracias a él quedé plenamente convencido de mi vocación profesional: estudiar Ciencias Políticas y, posteriormente, enseñar Ciencias Políticas. En síntesis, don Manuel Díaz Cid me ayudó a confirmar mi vocación. Esta fue la primera de tantas enseñanzas que aprendí de él desde 1983 hasta el día de su muerte el  7 de septiembre de 2018.

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Escrito por Víctor Vorrath

El gusto por contar historias me llevó al periodismo y la literatura; la pasión por la filosofía, a la docencia. Chilango que se mueve entre Puebla y Oaxaca.

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