Hace ya 18 años que trabajo en un aula, por lo que me siento con alguna experiencia en el contacto directo con gente joven, muchachos que comienzan a vivir con entusiasmo, dedicados a forjarse en sus carreras, abriéndose paso en nuestra sociedad. Puedo afirmar que la gran mayoría de ellos desean que su vida sea buena y, por si fuera poco, se saben poseedores de talento, tiempo y voluntad; sin embargo, muchos de ellos, si no es que la gran mayoría, habrán de ver pasar los años sin que sus más grandes anhelos cuajen. La rutina nubla más corazones que la tristeza, me queda claro.

Dejando por un momento de lado las dificultades impuestas por la vida moderna y sus obligaciones consumistas, estoy convencido de que la causa principal de la frustración de muchos adultos que, como mis alumnos, fueron jóvenes y tuvieron en la cabeza todos los sueños del mundo, es la incapacidad de resistir el desaliento, la frustración, la injusticia y la mala fortuna que en dosis más o menos distribuidas habrán de llegar a nuestra vida. Sé muy bien que no hay arma más poderosa para enfrentarse a los demonios naturales de este mundo que la habilidad de respuesta ante la adversidad.

Cuando los vientos de la adversidad hayan roto nuestras velas, para decirlo de manera cursi, es preciso creer de nuevo, remendar lo roto, reparar lo que se ha quebrado, comenzar a navegar nuevamente lo más pronto posible.

Esto es un lugar común, sobre todo porque día y noche se cacarea en los púlpitos motivacionales de la internet. Pero la verdad es que el llamado a la responsabilidad, es decir, a la resistencia, se pierde en la más antigua filosofía moral: todos los sabios han sabido siempre que la vida implica un compromiso diario que no debe obviarse en ningún proyecto educativo serio.

Se educa a la persona, no solamente al cerebro. Toda pedagogía que omita el carácter existencial de la enseñanza-aprendizaje está condenada a ser no otra cosa que un mero transvase de conocimientos. Descreo totalmente de esta manera de entender nuestra profesión; los que educamos lo hacemos con toda nuestra existencia, no solamente con nuestro instrumental intelectual. No estamos educando trabajadores, estamos educando seres humanos.

Estoy seguro de que sensibilizar a los más jóvenes acerca de la necesidad de una disciplina vital de esfuerzo y resistencia adquirida en la práctica cotidiana debe ser nuestra obligación más apremiante. Es lo que necesita nuestro país, es lo que necesita nuestro mundo. No es fácil ni rápido, pero no hay más alternativa que esta: no engañemos a los pequeños haciéndoles creer que no hay leones –y no pocos– esperando por nosotros allá fuera.

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Escrito por Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Poeta y escritor. En el mundo académico imparte cursos de lengua y literatura latinoamericana, así como un taller de composición para hablantes nativos durante las primaveras. A la fecha ha publicado cinco libros de poesía, uno de crónicas y un libro de ensayos: Las comuniones insólitas (ed. UNISON 1998); El vértigo de la canción dormida (Ed. UNAM 2000); Pantomimas (Ed. ISC 2001); Oros siempre lejanos (Ed. ISC 2008); Las sanciones del aura (Ed. ISC 2010); en crónica: Como si fuera verdad (Ed. ISC 2016). Su libro de ensayos se titula: Buenos salvajes –seis poetas sonorenses en su poesía. Ha sido ganador de premios de poesía a nivel local (Sonora) y nacional, como el premio Clemencia Isaura (1999), los Juegos Trigales del Valle del Yaqui (2001), mención honorifica en el premio Efraín Huerta de poesía (2001), así como los premios binacionales Antonio G. Rivero (1998) y Anita Pompa de Trujillo (2006). Sobre su obra poética, el Diccionario de escritores mexicanos dice: “La poesía de Álex Ramírez-Arballo se proyecta como una exploración dentro de los territorios del pasado, la oscuridad y la ausencia. Esta sensación de vacío surge porque los elementos verbalizados son definidos no por lo que son, sino por lo que un día fueron: la infancia, el amor, el lenguaje, etcétera. En sus poemas proliferan las imágenes relativas al fenómeno de la mirada, la enunciación poética, el inconsciente y los procesos del sueño”.

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