En el nacimiento de la Unión Europea había un propósito no sólo económico, sino sobre todo de fraternidad y de superar las heridas internacionales que dejaron las guerras mundiales. Y el instrumento debía ser la política como la capacidad de generar bienes comunes, no dejando todo el destino de los pueblos a los mercados.

Hay quienes al ver el mal testimonio de algunos políticos, desdeñan todo lo que tiene qué ver con el servicio público y juzgan parejo a quienes participan en esta actividad.

Evidentemente, el mundo está cansado de maestros y necesita de testigos. La política es algo noble y necesario, es sinónimo de servicio a la persona y a todo lo que le rodea. Uno de los hombres que creyó esto en lo más profundo de su mente y su corazón fue el quien logró una proeza que parecía imposible: La reconciliación entre Francia y Alemania y encontró los mecanismos para desterrar los odios y las rencillas. Hablo del padre de la Unidad Europea, Robert Schuman.

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Shuman nace en 1886 en Luxemburgo, de familia lorenesa y de lengua alemana. Realizó estudios de Filosofía, Derecho, Ciencias Políticas y Económicas. Fue un apasionado del tomismo y era capaz de discutir en latín la Summa Theologica con los mejores especialistas.

Se encontró muy joven con una vocación de servicio a la persona a través de la política que lo llevó a defender la libertad y, por lo tanto, a fustigar el nazismo y el fascismo. Por ello fue deportado hacia Alemania en los años cuarenta y desde las propias mazmorras de la Gestapo organizó uno de los sectores más importantes de la Resistencia Francesa y sentó las bases del MRP (Democracia Cristiana Francesa).

Fue Ministro de Finanzas entre 1946 y 1947 en la III República Francesa, Jefe del Gobierno Francés desde noviembre de 1947 a julio de 1948 y ministro de Asuntos Exteriores de diez gobiernos consecutivos de la IV República Francesa entre 1948 y 1952.

Siendo precisamente Ministro de Exteriores estaba convencido de la inutilidad del enfrentamiento entre Francia y Alemania y lo destructivo que eran para ambos pueblos los rencores frutos de las dos guerras mundiales (en especial de la humillante ocupación de París durante la segunda guerra), de la postguerra y de la guerra fría.

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Convencido de la unidad entre los pueblos europeos abrió de manera inteligente la oportunidad para la reconciliación: propició la creación de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) que conjuntó las necedades de seis países europeos (Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo) y que a partir de 1951 dio paso a objetivos políticos, expansión económica, desarrollo del empleo y bienestar social.

Este organismo fue el inicio de lo que hoy conocemos como la Comunidad Europea. Sabía que esto era posible sólo volviendo a los valores fundamentales de la persona y que son identidad de los países europeos: “lo económico y lo militar no iba a ser suficiente para reconstruir la paz, si a ello no se unía una resistencia espiritual capaz de suscitar el sentido de la responsabilidad, del sacrificio y del compromiso”.

Fue elegido por aclamación el primer presidente del Parlamento Europeo de 1958 a 1960. Obviamente tuvo qué sortear con paciencia las acusaciones de varios sectores franceses que lo acusaban de “germanófilo”.

Shuman, a pesar de los importantes cargos políticos que ocupó durante su carrera, jamás se llenó de soberbia ni de ambición. Jamás hablaba de sí mismo, como lo señala Miguel Ángel Velasco en su libro Santos de andar en casa). No levantaba la voz y en las discusiones mantenía su punto de vista sin mortificar jamás a quien pensara distinto a él.

Su guardarropa era muy sencillo y tenía pocos trajes. Como ministro de Asuntos Exteriores, permitía que los aduaneros revisaran su equipaje. E. Burne, uno de sus biógrafos, escribió que “su única ambición era la de hacer el bien, que es lo que menos se parece a una ambición”. Siempre fue solidario sin aspavientos con los más pobres, en ocasiones le ahorraba trabajo a su sirvienta lavando sus propias camisas.

Su profundo cristianismo que hizo de su vida un testimonio, fue motivo para que el Obispo de Metz (lugar donde vivió sus últimos años con paciencia y humildad), iniciara su proceso de beatificación, mismo que ya ha sido aprobado por la Santa Sede y que está muy adelantado.

Todas sus virtudes humanas, el espíritu de perdón y reconciliación en la circunstancia histórica que vivió, su convicción de una Europa unida y fuerte, su sencillez de corazón, su actitud ante la vida y profundo amor hacia la gente hacen de Robert Shuman un político humanista eficaz y valiente, digno de ser admirado. El futuro de Europa dependerá en mucho de escuchar el legado de hombres como él.

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Escrito por Gabriel Leal

Aprendiz de filósofo por accidente, docente por vocación y tapatío por nacimiento. Gusto por la literatura, la historia, la política y las tortas ahogadas.

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