Roberto Betanzo: el afecto que cambia a los presos

Roberto Betanzo es un filósofo norteamericano de raíces mexicanas que comenzó sus estudios de seminarista en la Compañía de Jesús, en donde estuvo 14 años. Durante esta época de su vida fue enviado a Japón para dar clases sobre Martin Heidegger, ya que el profesor titular, quien era discípulo directo del pensador alemán, iba a retirarse por su avanzada edad. Allí vivió durante siete años hasta poco antes de su ordenación, la cual no consumó por motivos personales. Tras dimitir, volvió a México y trabajó para la compañía IBM. Más tarde inició un negocio que luego vendió.

Después de la muerte de su esposa, Roberto comenzó a dar clases en la Universidad Anáhuac e ingresó en la Confraternidad Carcelaria, que es una organización civil que busca humanizar a presos a través del cristianismo. Desde hace 12 años se dedica a contruibuir a la regeneración de los presos.

La Confraternidad, que cuenta con 300 voluntarios, tiene presencia en cárceles de la Ciudad de México, Estado de México, Michoacán, Jalisco y Sonora. Además piensan iniciar proyectos en Nuevo León y en penales federales.

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Roberto Betanzo y su equipo en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México.

¿De dónde surge tu interés por los presos?

Cuando me salí de Jesuita y me vine a México, después de 14 años de vivir bajo regla, me aloqué un poco. Entonces un sacerdote llamado Sergio, que era hermano de un amigo mío, me volvió al redil. Era del clero secular, pero su personalidad se me quedó en el subconsciente. Él venía de una familia muy adinerada de Tabasco y tras la muerte de su padre se viene con sus seis hermanos a la Ciudad de México. Su hermano mayor, que era mi amigo, vendía zapatos detrás de Catedral junto con él. El hermano mayor, con lo que sacaba, después de dárselo a la familia para que viviera, se pagó su carrera en la universidad.

Sergio se hizo carterista y regenteaba prostitutas, por lo que cayó en el reformatorio al ser menor de edad. Ahí lo convirtió un sacerdote y cuando salió pasó al seminario de vocaciones tardías, en Texcoco; lo mandaron a estudiar teología en la Universidad Gregoriana, en Roma, y lo ordenó el papa Pablo VI. Sacó su doctorado de teología por la Universidad de Salamanca y él fue el que me volvió otra vez al redil, además de mi mujer, que influyó mucho. Pero él fue el que hizo que me reencontrara con mi mujer, me dijo: “¿para qué andas perdiendo el tiempo?, mira lo que tienes aquí al lado, una muchacha muy buena”.

¿Podríamos decir que es un afecto lo que a a ti te recupera?

Sí, definitivamente, así es. El afecto del padre Sergio y el afecto de mi esposa. El hecho de que la vocación del padre hubiera salido de una cárcel yo creo que se me quedó en el subconsciente. Una de las señoras que fundó la Confraternidad Carcelaria en México hace 14 años, cuando perdí a mi mujer, me dijo: “¿no me vienes a ayudar?”. Entonces pensé, si este señor salió adelante, quiere decir que es muy posible convertir a los presos.

Actualmente vemos una tendencia, que quizá no es nueva, de una sociedad que se empeña en destruir a quien ha cometido un delito. Recientemente hemos tenido linchamientos en varios puntos del País, por ejemplo. Y justamente esto último que dices es la pregunta que te quería hacer: en tu experiencia, ¿el cambio en una persona es posible?

Te voy a dar casos. En la penitenciaría de Santa Martha Acatitla, donde estuve siete años, antes de que me nombraran director de la Confraternidad, había una persona que me dijo una vez en tono de broma: “Roberto, a mí me salió barato estar aquí”. “¿Cómo, estás loco”, le dije, pues le habían dado 120 años de prisión. “Es que estoy por cuatro muertes y debía 15”. Era un hombre que cada vez que iba un sacerdote, se confesaba. Él no iba a salir de la cárcel, cuando lo conocí tenía 50 años, pero había llegado con 30 años de edad, sin embargo, lo que decía no lo hacía por impresionar a nadie, hacía verdaderamente la comunión.

Y como ese, tengo muchos más casos. Pero lo que te quiero decir es que sí, verdaderamente las personas se pueden recuperar. Cuando empezamos en la penitenciaría íbamos a los módulos de alta seguridad, donde los presos estaban en celdas separadas, pues no se pueden juntar. Íbamos una hora al día durante dos años. Y allí, en un módulo, se confesaba y comulgaba un hombre, y en el otro, otro hombre, y así. Después de una Semana Santa, la cuenta de presos llegó incluso a los 90.

Hay un lema que dice: “mata al criminal y rescata al hombre”. Por eso te digo que sí es posible la recuperación, lo he visto durante 14 años y he estado como voluntario en el Reclusorio Norte, en el Oriente, en Santa Martha, en el Sur y ahora en Tenango del Valle, en el Estado de México.

Si consideramos que el hombre no puede ser redimido solamente desde el exterior, como dice el papa Benedicto XVI (Spe Salvi, 25) y que la vocación del hombre es hacia Dios, ¿es posible una verdadera regeneración de la persona excluyendo el factor religioso?

Nunca lo he visto, pero la posibilidad puede existir. Nosotros vamos a evangelizar y las personas que vemos que se convierten, que rescatamos, son por factor religioso. Ahora, yo nunca he visto que alguien se convierta por puro factor natural. No lo he visto, pero no quiere decir que no lo haya.

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Voluntarias en el Centro Preventivo y de Readaptación Social de Tenango del Valle, Estado de México.

¿Cómo ha incidido tu aproximación a Heidegger en el abordaje de los presos?, ¿es un abordaje existencial?, ¿en qué elementos te apoyas y cuál es la respuesta que recibes?

Más que Heidegger es Rahner, pero él era su discípulo, por lo que va incluido. Heidegger se queda solamente en la parte natural y estamos hablando de la parte sobrenatural. El hombre lleva en sí la imagen de Dios, pero la imagen de un Dios hecho carne, de un Cristo encarnado. Esta idea no es mía, sino de San Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo de Esmirna, que a su vez fue discípulo de San Juan. Dirían los gringos, from the horse’s mouth. El hombre es así imagen de Cristo, pero es una imagen con poca semejanza. Tú tienes que ir labrando esa semejanza, hasta llegar como San Pablo y decir “ya no soy yo el que vive, ya es Cristo el que vive en mí”. Realizando tu esencia , como diría Heidegger, a través de tu existencia. Podríamos nosotros decir: realizar la imagen de Cristo a través de la propia existencia.

Los presos se convierten, pero se les tiene que dar seguimiento, haciendo que esa imagen de Cristo que ellos descubren de sí mismos se vaya perfeccionando cada vez más, y para esto necesitas acompañamiento. Esto es lo que buscan los programas que tenemos en la Confraternidad, como el método APAC y el programa Árbol Sicomoro. La conversión no entra por los oídos, entra por los ojos. Entonces, si tú muestras esa imagen de Cristo que llevas, eso es lo que convence, y no lo que les puedas decir.

Tengo el caso de un reo apodado El Diablo que siempre estaba drogado; era de una zona de alta seguridad, pero luego lo dejaban salir de esa zona. A veces nos abrían las celdas contiguas para que salieran los presos a oír la misa y él iba. Una conocida, Maurita, le hablaba y él no respondía. Hasta que le dije “no te entiende, está perdido, ¿qué haces allí?”. Pues El Diablo se convirtió. Y fuertemente; no por lo que le haya entendido a Maurita, sino porque veía con qué cariño ella se sentaba a platicar con él. Un día, cuando El Diablo ya estaba convirténdose y ya estaba menos drogado, me dijo: “oiga, ustedes son diferentes”. Y posteriormente se confesó.

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Voluntarios en el penal de Almoloya de Juárez, Estado de México.

¿Cómo ves el sistema penitenciario en México?, ¿cuáles son sus fortalezas y sus debilidades?, ¿qué hay que mejorar?

El sistema penitenciario en México no existe. Existe el sistema de la Ciudad de México, el del Estado de México, el de Morelia… y luego el federal. Las mejores prácticas que yo me he encontrado han sido en el Estado de México, definitivamente. Aunque hay que mejorar en todos lados, obviamente. Donde más hay que mejorar, donde yo veo, es en la Ciudad de México. Los principales problemas son la sobrepoblación y la corrupción, que es muy alta.

En el Estado de México hubo un funcionario que decidió limpiar el sistema y empezaron a hacer reclusorios más chicos. Comenzó a certificar ante la Asociación Americana de Prisiones, que tienen unos estándares muy altos. Los sucesores han seguido por esa línea de tratar de limpiar el sistema, no ha habido retroceso. He oído de otros sistemas penitenciarios que son muy buenos también, por ejemplo en Chihuahua.

Donde hay reclusorios certificados es donde las cosas van bien. En Estado de México hay nueve o diez centros certificados, en Chihuahua creo que hay dos o más, en Guadalajara un par. Se están certificando y eso habla muy bien de la administración. Pero también hay que re certificar cada dos años y constantemente tienen auditorías de la Asociación Americana de Cárceles.

¿Qué le dirías a una persona que tiene que convivir con una persona que ha salido de prisión?

Que no lo deseche, que lo valore. Pero hay que entender que muchos no salen de prisión regenerados. Con todo, lo que le pediría a la gente es que no lo rechace, que vea de dónde viene. Ahora que fuimos con la gente de la Anáhuac a Tenango, veníamos en una camioneta y el chofer era un ex presidiario. Cuando salimos nos lo confesó con lágrimas en los ojos y nos dio las gracias por ir con él, porque no lo tachábamos y lo desechábamos. Él dice que se las vio duras para empezar a trabajar.

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Autor: Víctor Vorrath

El gusto por contar historias me llevó al periodismo y la literatura; la pasión por la filosofía, a la docencia. Chilango que se mueve entre Puebla y Oaxaca.

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