¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
-Sor Juana Inés de la Cruz

Hoy que gozamos de una aparente libertad para hacer, decir, estudiar o dedicarnos a lo que cada uno decida; hoy, que poco a poco se comienzan a ver los frutos de una lucha de siglos por la equidad de derechos entre hombres y mujeres; hoy, que parece que más que nunca hay un desprecio por el saber, especialmente en ámbitos relacionados con las humanidades (filosofía, literatura, arte, historia, etcétera); hoy, viene a mi mente alguien que para mí representa el más puro amor al conocimiento: Juana Inés de Asbaje y Ramírez (1648-1695), mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz.

Es una autora que conozco desde niña por su famosa Redondilla V (“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…”), pero que hasta hace un par de años comencé a profundizarla.

Conocerla me ha llevado inevitablemente a admirarla, no solo como mujer, sino como una gran pensadora. Como muchos otros que han amado el saber, tuvo que enfrentar dificultades, pero ninguna de ellas tan grande como para detenerla en su afán de conocer.

No puedo olvidar que hace un par de años, estando en el Museo Internacional del Barroco en la ciudad de Puebla, me paré frente a una pantalla que exponía a famosos representantes del barroco, y una joven de aproximadamente 20 años, señalando la imagen de Sor Juana, se refirió a ella diciéndole a quien la acompañaba: “ella se me hace conocida, ¿quién es? ¡Ah, claro!, es la del billete de doscientos pesos”, pero no sabía su nombre, realmente no sabía quién era, solo reconoció su rostro. Me sentí sorprendida, quería decirle: “¡es Sor Juana!”.

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Es sorprendente cómo un gran número de personas, ¡de mexicanos!, y sobre todo de generaciones más jóvenes no saben quién es. Y no como un mero personaje histórico y literario de México, sino como alguien que tenía muy claro lo que era importante y que hoy no parece serlo: el amor a la sabiduría, al conocimiento, que nos lleva a saciar esa curiosidad natural que vamos perdiendo con el tiempo; también la capacidad de sorprendernos, de buscar, de descubrir. Ella quería hacer todo eso, a pesar de todas las contrariedades que por ser mujer en el siglo XVII tuvo que enfrentar.

Sor Juana fue una mujer decidida, consciente de sus capacidades, con un hambre de saber que se dejó ver desde que era una niña de tres años, pues engañando a la maestra que enseñaba a su hermana mayor a leer, se colaba en sus clases para aprender ella también.

“Me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, le dije que mi madre ordenaba que diese lección”.

Cuando era un poco más grande decía: “podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños”. Esto es excepcional, sin duda.

Tiempo después se enteró de que existían lugares (universidades y escuelas), en donde los hombres mayores podían estudiar, pero ella no. No solo por su edad, sino por ser mujer. Por ello le sugirió a su madre la dejara asistir vestida con ropa masculina; por supuesto que no logró convencerla, así que un poco inconforme con la idea de no poder estudiar, se volvió autodidacta.

“Yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones a estorbarlo”.

Nada la detenía.  Y así comenzó a leer cuanto libro tenía a su alcance. Autodidacta como era, aprendió latín, historia, teología, filosofía, poesía y algunos estudios recientes apuntan a que también estaba aprendiendo griego, entre otras cosas.

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Se sabe que era una joven muy hermosa, sin embargo, le preocupaba poco la belleza exterior, tanto que se imponía objetivos medibles de aprendizaje y si no los lograba se imponía consecuencias que afectaban directamente su apariencia:

“Yo me cortaba de él [cabello] cuatro o seis dedos, midiendo hasta donde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de rudeza: que no me parecía que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno“.

La primera vez que leí todo lo que ella hacía por estudiar, ¡y a tan corta edad! (lo que relata ella misma en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz), no pude evitar recordar todas la veces que me quejé porque yo tenía que hacerlo, por lo pesado que puede llegar a ser tener que leer aunque sea unas cuantas páginas, y ya no se diga un libro entero.

Esto me hace pensar en el poco interés que, en general, mostramos como sociedad hacia el conocimiento, en especial hacia las humanidades, que a muchos parecen inútiles comparadas con otras ramas del saber que tienen resultados más “tangibles” y “medibles”.

Muchos de los que tenemos acceso a los libros y a los estudios no los aprovechamos. Y Sor Juana tuvo que optar por la vida religiosa como la única posibilidad de acceder al estudio, la soltería no era una opción. ¿Casarse?, ¡impensable! Su marido no le hubiera permitido estudiar, pues habría tenido que dedicar su vida a ser la señora de la casa, además de que su condición de bastarda le haría más difícil conseguir un buen arreglo matrimonial. En la vida consagrada tenía la posibilidad de estudiar, pero en el fondo, ella quería vivir sola para dedicarse a eso que tanto amaba: sus libros.

Sus aficiones, talentos e inclinaciones no estuvieron nunca exentas de tribulaciones y obstáculos. El ser mujer no era su única dificultad, pues al no tener más maestros que sus libros, no le fue nada fácil aprender por ella misma, pero ¿qué puede haber que impida que uno haga lo que realmente le apasiona?

“Ya se ve cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y explicación del maestro; pues todo este trabajo sufría yo muy gustosa por amor de las letras”.

Además del empeño y la perseverancia, son admirables sus intereses, pues ella misma dice que no se inclinaba por un saber en particular, sino que quería conocerlo todo, en la medida de lo posible. No se limitaba a la poesía y el teatro, áreas en las que se destacó, sino que en cada aspecto de su vida ella encontraba cosas nuevas que aprender y llevar a su mente inquieta y después a su pluma.

“Casi a un tiempo estudiaba diversas cosas o dejaba unas por otras; […] mientras se mueve la pluma descansa el compás y mientras se toca el arpa sosiega el órgano, […] pero se ayudan dando luz y abriendo camino las unas para las otras”.

Esa mente inquieta, tal vez algo ambiciosa, sabía que había tanto que aprender, que no se conformaba con nada. Ya pasaba tiempo con sus instrumentos científicos, llevaba las cuentas del convento o por su rebeldía pasaba su tiempo de castigo en la cocina, que dejó de ser un castigo para convertirse en otra oportunidad para aprender, pues incluso se sabe que llegó a escribir un recetario, y tanto aprendió en la cocina que llegó a afirmar que “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”, como diciendo: no hay lugar, no hay aspectos de la vida, incluso los más cotidianos, de donde no podamos aprender, y así lo hizo.

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Su curiosidad, su hambre de saber, su talento y su talante no pasaron desapercibidos ni en el convento ni fuera de él. Fue bien conocida en la Ciudad de México, apreciada por los virreyes y envidiada y perseguida por la Iglesia de su tiempo, pues los hombres no veían correcto que una mujer se tomara las atribuciones que ella se tomaba. Consideraban su atrevimiento de querer saber como una afrenta. Bueno, hasta llegó a departir con otros intelectuales de la época como el escritor Carlos de Sigüenza y Góngora.

¿Cómo detener a esta mujer? Ni la enfermedad, los castigos o prohibiciones expresas de que usara sus libros lograron que su espíritu se sosegara, pues el sosiego y la paz solo los encontraba en ellos, en sus libros, y si se encontraba despojada de ellos, siempre encontraba la manera de seguir estudiando.

“Aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal”.

Cómo no admirar a una mujer que con todo en contra nunca dejó de conocer y compartir conocimiento.

Fue mujer, poeta, literata, compositora, contadora y administradora, políglota, cocinera, filósofa, científica, incluso algo tenía de pintora y arquitecta. Todo ello en una época en la que no podía ni debía serlo.

Paradójicamente, ella encontró su más grande alegría y al mismo tiempo, la causa de su pesar en una misma cosa: en sus ansias de saber. Tanto fue así que llegó a pedir a Dios que apagara la luz de su entendimiento “dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer”.

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Mujer adelantada a su época, considerada rebelde y problemática solamente porque buscaba algo distinto de ser esposa y madre, por ser inteligente, curiosa, talentosa, por ser y hacer cosas diferentes a las esperadas de una mujer.

Ya Octavio Paz resaltó, en su obra sobre Sor Juana: Las trampas de la fe, el hecho de lo extraordinario que resulta que en una época en que la literatura era producida y leída por hombres, haya sido una mujer la escritora más importante de la Nueva España. Y ello no pudo haber sido sencillo para ella, y de hecho no lo fue,  pues finalmente la presión que sufrió llegó al límite, y un día se vio obligada a renunciar a su más preciado tesoro: sus libros y su poesía.

Habrán podido desprenderla de eso, pero no era posible que arrancaran de ella su espíritu, que a gritos siempre le pidió más, y ello no podía detenerse ni por fuerza. Solo la muerte, que la encontró el 17 de abril de 1695, pudo detenerla.

¿Qué diría, qué pensaría, cómo actuaría, Juana Inés, si viviera el día de hoy? Quiero pensar que sería la misma mujer apasionada por el conocimiento y que se tendría que enfrentar a otro tipo de problemas, pues no hemos cambiado del todo, y seguimos señalando, y condenando, en cierta medida, a aquellos que se atreven a ser distintos; pero, seguramente su espíritu inquieto prevalecería ante todo, como lo hizo hace más de trescientos años.

¿Habrá sido una precursora del feminismo como se ha especulado? No lo sé, pero lo que no se puede dudar ni negar, es su valor para mantenerse firme en sus convicciones, para defender aquello que ella sabía que no podía ser algo malo. Fue mujer y no renegó de ello, sino de la sociedad que las orillaba a evitar dedicarse a cosas que elevaran su espíritu más allá de lo que podrían la costura, el bordado o la cocina. ¡Se atrevió a alzar la voz a través de sus letras!

Lo curioso es que el legado de su pensamiento y de su vida prevalecieron a pesar de que muchos quisieron impedirlo, ¡sigue vivo!, y está en los libros que ella tanto amaba, pero hay que buscarla para conocerla.

Ella no puede ser para nosotros solo “la que aparece en los billetes de doscientos pesos”, ella es Sor Juana Inés de la Cruz, la “Fénix de América”, la “Décima Musa”, una mujer mexicana que debe ser modelo e inspiración, no solo para otras mujeres, sino para cualquiera que quiera ser más sabio, más humano.

“Y no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida;
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades”.
-Sor Juana Inés de la Cruz
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Escrito por Elsa Sepúlveda

Enamorada de la filosofía, docente por convicción y amor a la verdad. Una regia que escapó de la industria para encontrarse con las humanidades y la filosofía.

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