El afán de autonomía de la civilización occidental ha pretendido romper todo vínculo del hombre con la idea de Dios porque pensó ilusamente que con la ciencia, el poder o el dinero iba a resolver las inquietudes y problemas de la humanidad. ¿Quién de nosotros puede necesitar una respuesta “de fuera” (llámese trascendencia) cuando aspiramos a dominar incluso a la adversidad y la muerte?

El cristianismo se ha convertido así en una hipótesis que no corresponde con la vida de los hombres. Pareciera una pretensión imposible que un Dios salga de su eternidad para estar cercano con su criatura y salvarlo.

Luigi Giussani afirma que todas nuestras certezas en la vida sólo pueden tener sustento en este hecho irrefutable: ¡Dios ha roto cualquier distancia!

Los creyentes sabemos que nunca se ha ocultado ni se ha alejado de nosotros. Es absurdo que quien dijo: “Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos” se pierda en el silencio o que rompa esta promesa por cualquier acción humana. Aunque el hombre no sea fiel, Dios sí lo es a su palabra.

Por ello, como decía Juan Pablo II, no hay que tener miedo. Dios sale siempre a nuestro encuentro, no se cansa de buscarnos. ¿Y cómo identificar su voz? El asunto es estar atentos y tener el corazón dispuesto. No es un salto al vacío, como alguien decía. Es corresponder a un amor que nos supera.

Por todo ello, el cristianismo no es una cultura, no es una filosofía, no es una moral. No es cierto orden social. No, es un encuentro. Un encuentro con Alguien. Con alguien que tiene palabras de vida. Que permanece, que está presente en este pueblo, reunido en su nombre.

Alguien que narra su “distracción” en las cosas del mundo buscando lo verdadero, es San Agustín en sus Confesiones. Él busca en las cosas materiales aquello que sea significativo para su vida, pero todo lo que hay en su alrededor le grita que ahí no encuentra la paz que busca su alma. Dice el Obispo de Hipona que sólo hasta que vuelve a sí mismo, descubre la voz de Dios. Esa voz que siempre le había llamado, estaba ahí, al fondo de su corazón. Comparto parte de estos escritos bellísimos.

La búsqueda de Dios

Señor, te amo con conciencia cierta, no dudosa. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Pero también el cielo, y la tierra, y todo lo que en ellos se contiene, me dicen por todas partes que te ame. No cesan de decírselo a todos, de modo que son inexcusables (cfr. Rm 1, 20) (…).

¿Y qué es lo que amo, cuando te amo? No la belleza del cuerpo ni la hermosura del tiempo; no la blancura de la luz, que es tan amable a los ojos terrenos; no las dulces melodías de toda clase de música, ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas; no la dulzura del maná y de la miel; no los miembros gratos a los abrazos de la carne. Nada de esto amo, cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo, cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, alimento y abrazo de mi hombre interior allá donde resplandece ante mi alma lo que no cabe en un lugar, donde resuena lo que no se lleva el tiempo, donde se percibe el aroma de lo que no viene con el aliento, donde se saborea lo que no se consume comiendo donde se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.

Pero, ¿qué es entonces Dios? Pregunté a la tierra, y me respondió: «No soy yo»; y todas las cosas que hay en ella me contestaron lo mismo. Pregunté al mar, y a los abismos, y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: «No somos tu Dios; búscale sobre nosotros». Interrogué a los aires que respiramos, y el aire todo, con sus moradores, me dijo: «Se engaña Anaxímenes: yo no soy tu Dios». Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas, que me respondieron: «Tampoco somos nosotros tu Dios». Dije entonces a todas las realidades que están fuera de mí: ¡Decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de Él! Y todas exclamaron con gran voz: «Él nos ha hecho». Mi pregunta era mi mirada, y su respuesta su aspecto sensible.

Entonces me dirigí a mí mismo, y me dije: «¿Tú quién eres»; y me respondí: «Un hombre». En mí hay un cuerpo y un alma; la una es interior, el otro exterior. ¿Por cuál de éstos debía buscar a mi Dios, si ya le había buscado por los cuerpos, desde la tierra al cielo, a los que pude dirigir mis miradas? Mejor, sin duda, es el elemento interior, porque a él—como a presidente y juez—transmiten sus noticias todos los mensajeros corporales, las respuestas del cielo, de la tierra y de todo lo que en ellos se contiene, cuando dicen «No somos Dios» y «Él nos ha hecho». El hombre interior es quien conoce estas cosas por ministerio del hombre exterior. Yo, interior, conozco estas cosas; yo, yo alma, conozco por medio de los sentidos corporales (…).

Pero ¿no se muestra esta hermosura a cuantos tienen completo el sentido? ¿Por qué, pues, no habla lo mismo a todos? En efecto, los animales pequeños y grandes la ven, pero no pueden interrogarla porque no tienen razón que juzgue sobre lo que le anuncian los sentidos. Los hombres, en cambio, pueden hacerlo, porque son capaces de percibir, por las cosas visibles, las cosas invisibles de Dios (cfr. Rm 1, 20); pero se hacen esclavos de ellas por el amor y, una vez esclavos, ya no son capaces de juzgar. Las cosas creadas no responden a los que simplemente interrogan, sino a los que juzgan; no cambian de voz, es decir, de aspecto, si uno ve solamente y otro, además de ver, interroga, de modo que aparezca a uno de una manera y a otro de otro; sino que, mostrándose a los dos, es muda para uno y en cambio habla al otro. O mejor dicho, habla a todos, pero entienden sólo los que confrontan su voz, recibida de fuera, con la verdad interior.

San AgustínConfesiones, X, 6

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Escrito por Gabriel Leal

Aprendiz de filósofo por accidente, docente por vocación y tapatío por nacimiento. Gusto por la literatura, la historia, la política y las tortas ahogadas.

6 comentarios

  1. Admiro al obispo de Hipona desde que comencé a estudiar sociología de la religión, a pesar de que sé que la inteligencia no es patrimonio exclusivo del hombre moderno, me desconcierta la brillantez descomunal de esa mente en la Alta Edad Media. Dices que el cristianismo es un encuentro que sólo puede ocurrir interrogando a lo exterior a través de lo interior, concuerdo. Pero me pregunto, ¿cómo puedo yo acudir a un encuentro que pareciera ser inevitable, pero que cuanto más busco, más lejano me parece? Leo el Génesis, leo los Salmos buscando alimento espiritual y no lo encuentro. Recorro las palabras con la vista, creo también recorrerlas con el espíritu y espero que, cuando cierre el libro, alguna parte de Su Verdad arraigue en mi alma, pero llega un vendaval y las palabras se escapan de mí como arena en una tormenta. Pienso, ¿acaso es así porque soy esclavo del amor por el mundo? ¿necesito librarme de algo dentro de mí que ocupa el lugar que Dios podría ocupar? Soy un pecador, lo sé, maldigo, bebo, fumo, miento, traiciono, siento deseo y cuestiono todo cuanto llega a mis oídos. ¿Acaso puedo en verdad librarme de mis pecados? ¿Cómo puedo pretender vivir sin pecado en un mundo que más bien parece el sombrío valle del Salmo 23? Mi ser interior sufre, busco y sigo buscando algo, no sé qué es, me siento incompleto, pero desconozco que es lo que me hace falta. Decir “te hace falta Dios” resulta tan abstracto, tan misterioso, tan extraño… y sin embargo, sigo buscando.

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    1. Hola Stendhal. Gracias por leernos y compartirnos tu experiencia. Yo personalmente, me identifico mucho con lo que comentas. También tengo muchos pecados y mis debilidades son muchas. No, digno no soy. Y claro que la frase “te hace falta Dios” es muy abstracta! Entonces, qué es “tener a Dios”? Una vida moral intachable, cumplir ciertas normas, la ataraxia de los deseos, o una eterna consolación? Me parece que el enfoque que da el obispo de Hipona es centrar ese encuentro no en mi iniciativa, ni en mis faltas o virtudes: Sino en la Gracia, es decir, en su iniciativa. Voltea el santo a las cosas, ahí no está. Ve al fondo de sí mismo y encuentra ahí la voz De Dios, en su propio corazón. Nos hace falta cierto silencio para reconocerlo. Y cuando la descubramos, seguramente seguiremos maldiciendo, bebiendo, fumando, mintiendo, fornicando… Pero con una presencia y una amistad que nos transformará la vida. Incluso hasta de nuestras fallas y pecados. Es decir, no se parte de mí y de mi iniciativa, sino de la iniciativa de Otro, que me supera.

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      1. Suena hermoso, en verdad. El problema es que busco dentro de mí, trato de escuchar a mi corazón y sólo escucho sus latidos. Sé que como cristiano, partes de considerar que la Gracia habita en y está al alcance de todos. Busco dentro y afuera de mi alma y no siento a Dios. Seguiré buscando, seguiré escuchando. Gracias por responder. Un saludo.

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    1. Gracias por leernos, Ramón. Me parece que toda la vida es búsqueda y encuentro con Dios. Él nos halla siempre antes que nosotros a Él. Creo que lo dicho en las Confesiones por san Agustín señala que ahí estaba la voz De Dios y Él estaba distraído… Como podemos estarlo tú yo yo.

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