Dice María Zambrano en El hombre y lo divino que desde hace muy poco tiempo «el hombre cuenta su historia, examina su presente sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino».

Agrega que esta actitud es tan habitual que «aún para comprender la historia de los tiempos en que había dioses, necesitamos hacernos cierta violencia».

La mejor aproximación a la creencia, es decir, a la fe, entendida no como «fórmula cristalizada, sino como viviente hálito» la expresan los “arriesgados novelistas” y los “ambiguos pensadores”. Ellos son capaces de recrear y acercarnos algo de la “vivencia” religiosa.

Tal es el afortunado caso del novelista inglés Graham Greene, quien en El poder y la gloria nos acerca desde el interior de un cura innominado a la vivencia del catolicismo en un México de la primera mitad del siglo XX que aún es mayoritariamente fervoroso, rasgo que poco a poco va quedando desdibujado y del cual hoy nos quedan, salvo escasas excepciones, fórmulas que derivan a veces en pietismo o moralismo, aspectos que para nada expresan la autenticidad del cristianismo.

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Escena de la película The fugitive (1947), en donde Henry Fonda interpreta al sacerdote de El poder y la Gloria y Dolores del Río a una mujer indígena. Fotografía: Gabriel Figueroa.

Es un cura sin nombre el protagonista, quien destaca de una pléyade de personajes que viven bajo el yugo de un gobierno tiránico emanado de la Revolución Mexicana en el que son delitos igualmente condenables consumir alcohol y ser católico. Pues el cura es ambas cosas: un pater-whisky.

En la historia hay precio por la cabeza del cura y de un gringo acusado de asesinatos. Por este motivo, el sacerdote andará a salto de mata en todo el relato, atormentado por sus pecados: el haber procreado a una niña con una mujer de una comunidad quien, pese a todo, lo defendió en un aprieto; su debilidad por el alcohol; su orgullo…

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Henry Fonda estuvo bajo la dirección del cineasta John Ford y de Emilio, El Indio, Fernández. Forografía: Gabriel Figueroa.

Para este cura, la fe no está en duda, sino que es una certeza que está más allá de su voluntad. Es un don, una gracia. El problema con él es su pasado, del que no puede descansar puesto que no hay otro cura que lo confiese, sobre todo antes de ser ejecutado.

Es interesante ver en la novela cómo para el personaje los sacramentos de la Iglesia son eficaces independientemente del sujeto pecador que los administra. Él tiene la confianza de que cuando otorga la comunión pone a Dios mismo en la boca del otro.

Y es justamente el sacramento también el horizonte de la esperanza para el propio sacerdote. Vive esperando ser perdonado incluso en el momento en que es apresado y cuando sabe que sus días acabarán en el paredón de fusilamiento. Su vida no se entiende sin la relación con Dios.

Privado de la posibilidad de absolución, intentará un acto de contrición conmovedor que nos hace sentirnos identificados con él. Seguramente por este tipo de gestos una lectora de Greene pidió en sus oraciones por el alma de este sacerdote cuando visitó México.

Todo esto lo sintetiza bien el siguiente pasaje de El poder y la gloria:

—Bien, nosotros también tenemos ideas —iba diciendo el teniente—. No más dinero para rezos, no más dinero para construir edificios donde rezar. En su lugar daremos alimento al pueblo, le enseñaremos a leer, le daremos libros. Procuraremos que no padezca.

—Pero si quiere padecer… —Un hombre puede querer raptar a una mujer. ¿Vamos a consentírselo porque lo quiere? El sufrimiento es también un delito.

—Y usted sufre de continuo —contestó el cura observando la cara desabrida de indio, detrás de la vela encendida. Después añadió—: Parece magnífico, ¿no es así? ¿Piensa también el jefe de ese modo?

—Oh, nosotros tenemos también nuestra gente mala.

—¿Y qué ocurrirá después? Quiero decir después que todos hayan comido bastante y leído los buenos libros… los libros que ustedes les dejen leer.

—Nada. La muerte es un hecho. No intentemos alterar los hechos.

—Estamos de acuerdo en una porción de cosas —repuso el cura esparciendo los naipes con indolencia—. También nosotros tenemos hechos que no tratamos de alterar: que todo el mundo es desdichado tanto si uno es rico como si es pobre, a menos que sea un santo, los cuales no abundan. No vale la pena preocuparse por un poco de dolor aquí abajo. Hay una creencia que usted y yo compartimos: la de que dentro de cien años habremos muerto todos.

Trató de barajar, pero se le doblaban las cartas; sus manos no estaban firmes.

—Pues, con todo, le preocupa el «poco de dolor» ahora.

—Pero yo no soy un santo —arguyó él—. No soy siquiera un hombre valiente—.

Levantó la vista con aprensión: la claridad volvía; la vela ya no era necesaria. Pronto estaría el tiempo bastante despejado para emprender el viaje de vuelta. Sintió el ansia de seguir hablando para demorar, siquiera unos minutos, el momento de partir. Agregó:

—Hay otra diferencia entre nosotros. No sirve de nada que usted labore para su plan si usted mismo no es buena persona. Y no siempre habrá buenas personas en el partido de usted. Entonces volverán el hambre y los malos tratos, aumentados quizás. En cambio, no importa gran cosa que yo sea un cobarde… y todo lo demás. A pesar de ello, puedo depositar a Dios en la boca del hombre y puedo darle el perdón de Dios. Y esto sucedería igual aunque todos los curas de la Iglesia fuesen como yo.

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Escrito por Víctor Vorrath

El gusto por contar historias me llevó al periodismo y la literatura; la pasión por la filosofía, a la docencia. Chilango que se mueve entre Puebla y Oaxaca.

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