Dos de las causas de la crisis del cristianismo actual han sido la reducción de la fe a valores y el olvido del drama humano.

El cristianismo ha dejado de ser significativo para muchos hombres y mujeres que consideran que la fe no responde a nada en sus vidas cotidianas y es, a lo mucho, una enseñanza cultural del pasado.

Parece que la verdadera vida es donde se lucha todos los días en un mundo profundamente injusto y donde el dinero no alcanza para una renta y el sustento necesario.

Este drama es retratado en un diálogo de la película nominada al Óscar en 2018 Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Tres anuncios por un crimen). Este es un film británico-estadounidense que fue escrito, producido y dirigido por Martin McDonaghy protagonizada por Frances McDormand.

La película narra la historia de Mildred Hayes (interpertada por McDormand), una madre que alquila tres anuncios espectaculares para llamar la atención sobre el crimen sin resolver del que su hija fue víctima.

El pequeño pueblo de Ebbing Missouri apoya a los policías implicados y el sacerdote Montgomery (interpretado por Nick Searcy) visita a Mildred para persuadirla que baje sus anuncios.

El diálogo y el ambiente del encuentro pasa rápidamente de cordial a ríspido:

—Sé cuán difícil fue para ti el pasado año. Todos lo sabemos. Y si hay algo que necesites alguna vez, siempre estaremos ahí para ti. Pero la gente del pueblo también sabe qué tipo de hombre es William Willoughby. Y ellos están en contra de esos carteles tuyos.

—¿Hizo una encuesta, padre?

—Si no hubieras dejado de asistir a la iglesia, comprenderías mejor la profundidad de los sentimientos de la gente. Tuve una docena de personas que vino a mí el domingo. Así que sí, hice una encuesta. Todos te apoyan en lo de Angela. Nadie te apoya con lo de los carteles.

—¿Sabe en lo que pensaba hoy en la mañana? Pensaba en esas pandillas callejeras de Los Ángeles, “Crips” y “Bloods”. Pienso en las nuevas leyes que el gobierno tomó en los años 80 creo, para luchar contra esas pandillas callejeras, esas “Crips” y “Bloods”. Y si recuerdo bien, el núcleo de lo que las nuevas reglas decían era: Si te unes a una de esas pandillas y operas con ellos, y a una cuadra de ti una noche sin que lo sepas, tus amigos “Crips” o “Bloods” disparan a un lugar o apuñalan a alguien… Bueno, incluso si no supieras nada al respecto, y estuvieras en la esquina en tus propios asuntos… Las nuevas leyes dicen que eres culpable. Eres culpable por el hecho de unirte a esos “Crips” o “Bloods”. Lo cual me hizo pensar, Padre, toda esa situación es un poco como ustedes los de la iglesia, ¿no? Tienen su uniforme, tienen una sede… Son en otras palabras una pandilla. Y si fuma mientras lee la Biblia parado allá arriba mientras un compañero de pandilla se coge a un monaguillo abajo, entonces Padre, así como con “Crips” y “Bloods”… Usted es culpable. ¡Porque se unió a la pandilla, hombre! No importa si nunca hizo nada, vio algo o escuchó alguna cosa… Si te unes a la pandilla eres culpable. Y cuando alguien es culpable por la violación de un monaguillo o cualquier violación, porque sé ustedes le reducen el significado… Entonces ustedes perdieron el derecho de venir a mi casa, y decir algo sobre mí, mi vida, mi hija o mis carteles. ¿Así que por qué no acaba su té, Padre y se larga de mi maldita cocina?

El sacerdote reclama a Mildred que haya abandonado la Iglesia y en ningún momento muestra compasión o la menor empatía por el dolor que acaba de pasar. Ella no siente alivio, compañía ni paz en la Iglesia y no encuentra ahí las respuestas que busca, sólo quiere justicia.

Esto no lo entiende el sacerdote que va a la casa de Mildred por una cuestión que es mera política.

¿Lo hizo por la amistad con los policías? ¿Por defender cierto orden social en el pueblo? ¿Por evitar un escándalo mayor?

Lo que es un hecho, es que en este sacerdote no tuvo en el centro el encuentro cristiano abierto a todos.

Luigi Giussani decía en 1982 que «mientras el cristianismo consiste en sostener dialécticamente y también prácticamente valores cristianos, encuentra espacio y acogida en todas partes. Pero cuando el cristianismo es anunciar en la realidad cotidiana, social, histórica, la presencia permanente de Dios hecho uno de nosotros –Jesucristo presente en su Iglesia–, objeto de experiencia igual que la presencia de un amigo, de un padre, de una madre, horizonte total que plasma la vida, amor último, centro del modo de ver, concebir y afrontar toda la realidad, sentido y origen de toda acción, entonces no tiene patria».

Ante la reducción ética del cristianismo contemporáneo posicionado sobre “valores” cristianos, el camino siempre será el corazón de toda persona buscando la reconstrucción de una comunidad en esta realidad concreta de hombres y mujeres heridos.

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Escrito por Gabriel Leal

Aprendiz de filósofo por accidente, docente por vocación y tapatío por nacimiento. Gusto por la literatura, la historia, la política y las tortas ahogadas.

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