Por Sorel Camus

Los humanos tenemos una curiosa y virtuosa particularidad: la búsqueda constante por la eternidad.

Ya sea a través de construcciones de enormes proporciones como Torres de Babel alzándose sobre el horizonte, filmes espaciales que relaten la vida humana en el siglo XXVII o una simple y efímera historia de Instagram, siempre estamos buscando medios para transmitir lo que sentimos, tememos y anhelamos.

Tanto la arquitectura como el cine responden a nuestra necesidad inherente de preservación, ambas son producto de la industria, el arte y la tecnología. Buscan su propio lenguaje de belleza a través de los esfuerzos e ideas conjuntas de pensadores, escritores y artistas.

En cuanto a la integración de estás dos artes, podemos dirigir nuestra atención a dos bifurcaciones, la primera sobre cómo el cine ha trascendido hacia una dimensión que va más allá de la espacial y la segunda sobre como la arquitectura como fruto de un artista individual ha presentado emblemáticos conjuntos que han terminado por “pre-estilizar” la realidad.

En este artículo fijaremos nuestra atención sobre la primera.

La arquitectura se origina en un pequeño cuadro bidimensional, un dibujo, un bosquejo, un croquis.

Ese cuadro, al construirse, pasa a una tercera dimensión, su forma final. Este volumen estimula cada uno de nuestros sentidos con el fin de entender su contexto, es decir, un edificio nos “habla” constantemente de su significado a través de su forma, texturas, colores, materiales (o ausencia de ellos).

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El cine va un paso más adelante y absorbe una dimensión que para la arquitectura es imposible: el tiempo.

Es un concepto un poco difícil de entender, aunque en realidad lo hacemos todo el tiempo de forma inconsciente.

Piensen en la forma en que analizan un edificio cuando lo ven por primera vez (ya sea en dibujos o alrededor de él). Lo primero que vemos es su imagen y a partir de ese momento creamos una narrativa mental de lo que experimentamos, decidimos si nos gusta su forma, su color, sus materiales o si lo odiamos totalmente.

Sin embargo, estamos limitados únicamente a esa breve experiencia, no sabemos qué motivó al arquitecto a crear lo que tenemos delante nuestro y esto es en gran medida a que las convenciones de representación en la arquitectura no han cambiado en siglos, los proyectos siguen siendo presentados en dibujos, maquetas y planos que sólo los arquitectos parecen entender.

Estas representaciones deberían ser fluidas y accesibles hacia los usuarios que las aprecian, pero no lo son. La arquitectura tiene un lenguaje tan estructurado que ha terminado por aislarse de las personas a las que busca servir e inspirar.

La poca transmisión de ideas de la arquitectura hacia las masas nos recuerda al relato de la Torre de Babel, en donde los arquitectos y los constructores hablaban el mismo idioma, pero entre ellos no se entendían.

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El cine al dominar la dimensión del tiempo permite al espectador de una película crear su propia línea de tiempo para reconstruir lo que acaba de ver y lo que está viendo actualmente, creando así una nueva narrativa en la que el espectador forma parte de la película, es decir, el cine permite experimentar, generar y finalmente comunicar ideas a una gran audiencia sin importar si tienen o no experiencia en cine.

¿Será que los arquitectos deben aprender a utilizar esta dimensión? Definitivamente síComprender y utilizar la cinematografía como instrumento de comunicación permitirá a arquitectos, diseñadores y urbanistas acercarse a un público más amplio, invitándolos a su propio proceso de colaboración.

A pesar de que las ciudades y edificios nos rodean (literalmente) en todo momento, estas no se mezclan con otras representaciones artísticas como la moda, ni se entrelazan culturalmente como la música.

Parece que la arquitectura se sostiene en un pedestal artístico tan alto que las personas creen que se deben de educar en arquitectura para discutirla.

¿No sería increíble que los ciudadanos pudieran participar en la creación de sus ciudades, de sus plazas, de sus edificaciones? Darles la oportunidad de ser parte del diseño de la ciudad en la que se sientan integrados y no únicamente ser piezas de mármol atrapadas en un juego de figuras.

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Tal vez un enfoque cinematográfico sobre la arquitectura nos permitiría hablar tranquilamente sobre ella de la misma forma en que hablamos sobre la película que vimos el fin de semana pasado.

Es momento de experimentar, de cambiar, de abrir nuevos caminos en los que arquitectos, cineastas, escritores y sobre todo aquellos que no pertenecen a ninguna de estas profesiones transiten juntos para crear un arte para todos.

«Si uno no cambia, no evoluciona y termina por dejar de pensar».

― Rem Koolhaas
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Escrito por La Pluma Invitada

La Pluma Invitada es un espacio de colaboraciones para la Revista Humanum.

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